15.De igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad.Ro.8:26
Esta es una de las señales características de los hijos de Dios: Nuestra debilidad. Es algo por lo cual nos reconocemos. Y aquí el apóstol dice: “Nuestra debilidad”, incluyéndose a sí mismo entre los que sufren esa debilidad. En efecto, cuanto más tiempo permanecemos bajo la disciplina del Espíritu, más sentimos nuestra debilidad, de modo que acabamos diciendo: “Dentro de nosotros todo es debilidad”.
Dios es totalmente diferente, y también lo que Él hace. Pero dentro de nosotros no hay sino debilidad. Y esto lo sentimos intensamente en las cosas que nos son más estimadas e importantes, como ser en nuestro conocimiento espiritual, en nuestra fe y esperanza, en nuestro amor y piedad cristiana, en nuestro velar y orar. En todas esas cosas sentimos intensamente nuestras deficiencias.
Aunque Dios nos dio un nuevo conocimiento espiritual, a veces todavía nos comportamos como si fuésemos ciegos. No podemos ver la enseñanza aún mas clara en la Palabra. Hay muy sólidos fundamentos de aliento frente a nuestros ojos, justo lo apropiado para pobres pecadores sin solución, pero es como si no los viésemos. Nos comportamos como una persona que está frente a un muro, pero no lo ve. No sólo creemos que Dios está presente en todas partes: también lo sentimos en nuestras conciencias. Sabemos que Él ve aún nuestros pensamientos más secretos. No obstante nos comportamos durante horas y días como si Dios no existiese. No le tememos en momentos de tentación ni nos consuela su presencia en el momento de la aflicción. ¿Cómo explicar esto? Estas cosas deben calificarse indudablemente como “debilidades”.
Si bien Dios nos reveló a su Hijo, de modo que no conocemos nada más grandioso y precioso que Cristo, a veces todavía nos conducimos como si Cristo no existiese, y como si tuviésemos que comparecer ante Dios con nuestra propia justicia. Si bien Dios nos ha dado muy sólidos fundamentos para nuestra esperanza de salvación, muchas veces mostramos tan poca esperanza y expectativa, que pasamos largos períodos sin pensar para nada en la eterna gloria hacia la cual estamos encaminados. Esa esperanza a veces no nos parece más que una ilusión del corazón o de nuestros anhelos. Nos comportamos como si para nosotros todo habrá terminado, cuando esta vida llegue a su fin.
Si bien Dios despertó un nuevo amor en nuestros corazones, notamos que muchas veces pensamos sólo en nuestro beneficio personal. Si bien es cierto que gracias a que Dios nos adoptó como hijos nació el Espíritu de oración en nuestros corazones, (y la oración debiera ser siempre el privilegio más querido para los hijos de Dios), en ocasiones nos sentimos cansados de orar, y si oramos, en medio de nuestra oración tenemos malos pensamientos. Todas esas cosas, sin duda, son debilidades.
Y cuando no sólo notamos y reconocemos, sino que también experimentamos que nuestra debilidad es algo muy grave, queremos desesperarnos. Pero entonces el apóstol nos dice: “¡No se desesperen! ¡Tenemos un Consolador! El Espíritu mismo…” Este Espíritu es el gran Consolador, Guía y Abogado a quien nuestro Padre celestial -por los méritos y la intercesión de su amado Hijo- encomendó la tarea de guiar y atender a sus hijos, o sea a los cristianos, durante su peregrinaje por este mundo.
A pesar de lo que Dios nos dio en Cristo, de los Medios de Gracia, y del trabajo del Espíritu en nuestros corazones, podría ocurrir que no podamos superar todos los peligros y las dificultades que tenemos por delante, si el Espíritu mismo no nos asiste, dirige, advierte y alienta. El Señor Jesucristo les sugirió esto a sus discípulos cuando los preparaba antes de su partida. Justo en esos momentos les repitió muchas veces la promesa del Consolador (Jn.14:16,26; 15:26; 16:7).
Además les dio otras promesas sumamente gloriosas. Les aseguró que aunque los dejaba, no los dejaría sin consuelo. Con toda seguridad lo volverían a ver, y recobrarían un gozo, que ya nadie más les podría quitar. Les aseguró, que en la casa de su Padre había muchas mansiones, y que Él iría a prepararles un lugar; que ellos conocían el camino, que era Él mismo; y que Él volvería y los llevaría consigo. Les explicó que todavía no estaban completamente seguros contra todo peligro. Por eso agregó la promesa de que les enviaría otro Consolador, el Espíritu de la verdad; y que ese Espíritu moraría en ellos para siempre, los guiaría a toda verdad, y les recordaría todas las cosas que Él les había enseñado.
Tenemos que recordar siempre que no estamos abandonados a nosotros mismos, a nuestro propio cuidado, y que nuestra victoria no depende de nuestras propias fuerzas (en cuyo caso estaríamos completamente perdidos) sino que el Espíritu mismo nos ayuda en nuestras debilidades. El verbo “ayudar” en el texto original significa literalmente “dar una mano al que uno quiere ayudar o servir”. Así, el propio Espíritu Santo suple nuestra debilidad, no tanto para quitarla, sino como para dirigir o suplirla, de modo que su poder se manifestará en nuestra flaqueza, y acabaremos admirando y alabándolo a Él, por su sabiduría, fidelidad y poder.