15.Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos.Ro.5:19
Todos los descendientes de Adán nacieron pecadores, por la desobediencia suya. De igual modo se declara justos a todos los cristianos, por la obediencia de Jesucristo. “Por la obediencia de uno” –dice el texto-. ¿En qué consiste la justicia de Cristo? Es su obediencia, el cumplimiento de toda la voluntad de su Padre.
La caída fue por la “desobediencia de uno”. Y debió ser remediada por “la obediencia de uno”. Toda la vida de Jesús en la tierra, desde el pesebre hasta la cruz, fue pura obediencia. “El amor es el cumplimiento de la Ley”, dice el apóstol (Ro.13:10). Nuestro Señor Jesucristo observó un amor perfecto, tanto hacia su Padre, como hacia sus hermanos humanos. Fue por pura piedad hacia nosotros y por amor a su Padre que Jesús vino a este mundo, y se hizo hermano nuestro. En el mismo amor y en la misma obediencia anduvo por este mundo, hizo el bien y ayudó a los necesitados. Por amor a nosotros y por obediencia a su Padre, también “quiso gustar la muerte por todos”, y “fue obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (He.2:9; Fil.2:8).
Y nada menos que esa sublime y perfecta obediencia pudo salvar a la humanidad de la condenación que le había sobrevenido por la desobediencia de un hombre. En esta perfecta obediencia de Cristo podemos ver la justicia que ahora cubre la continua desobediencia de todos nosotros. Todos los fieles se afligen y todos los santos lamentan porque no pueden obedecer correctamente a Dios, y siempre lo siguen ofendiendo. Donde el espíritu está dispuesto y es santo, la depravación innata es tanto más penosa y activa, siempre tendiendo hacia la desobediencia. Todo pecado en el corazón o en la vida; en pensamientos, deseos, palabras y obras es siempre desobediencia a Dios. Su santa Ley prohíbe toda clase de maldad. Eso alarma a los creyentes, les duele y asusta darse cuenta de su desobediencia a Dios.
Frente a toda esa desobediencia nuestra, Dios colocó la obediencia de su Hijo. Este texto dice: “Por la obediencia de uno, serán justificados muchos”. Cuando Dios envió a su Hijo al mundo, lo sometió expresamente a la Ley, para redimir a los que estaban oprimidos bajo la Ley (Gá.4:4-5). Dios vio a todos los seres humanos caídos en el pecado y la condenación, tan corruptos y depravados que nadie podía obedecer o cumplir perfectamente su Ley. Entonces, en su inmensa piedad resolvió remediar todo eso Él mismo. Su Hijo llegaría a ser un verdadero ser humano, pero perfectamente obediente a su Padre. Él cumpliría la Ley, y siendo totalmente inocente, no obstante se sometería a su maldición en nuestro lugar. Así nosotros, los que por la desobediencia del primer antecesor nos volvimos pecadores, seríamos justificados, sólo por la obediencia de nuestro mediador.
Es precisamente esta perfecta obediencia de Cristo la que llega a ser nuestra propia justicia, con la que nos presentamos ante Dios. Bien declararon los reformadores del siglo XVI en la “Fórmula de la Concordia”: “La fe mira a Cristo, que fue puesto bajo la Ley por nosotros pobres pecadores, y volvió a su Padre habiendo cargado nuestro pecado, y habiéndole mostrado perfecta obediencia. De ese modo Él ha cubierto la desobediencia que mora en la naturaleza de todos nosotros, y se revela en nuestros pensamientos, palabras y obras. De modo que nuestra desobediencia no se nos imputa para condenación, sino que se nos perdona todo, por pura gracia, sólo por amor de Cristo”.
¿Quieres ser un cristiano y creer en la gracia de Dios? ¿Te sientes frenado y presionado por tu gran desobediencia? Entonces, tómate en serio este mensaje consolador, y di: “La obediencia de Cristo es mía. Mi propia justicia y obediencia no existen en absoluto.
Si Dios me juzgase según la Ley, debería desesperar completamente, y nunca más pensar en la salvación eterna. Pero mi Señor Jesucristo se sometió a la Ley y la cumplió perfectamente, a fin de “redimir a los que estaban bajo la Ley” (Gá.4:5). Él no tuvo necesidad propia de obedecerla, pero le prestó obediencia por nosotros, que la debíamos obedecer. Él cumplió todo en nuestro lugar y para nuestro beneficio”.
Ésa es nuestra única justicia; es decir, no nuestra obediencia, sino la de Jesucristo. Cuando mi nuevo hombre quiere mostrarse agradecido y obediente, mi vieja naturaleza todavía está llena de rebelión y desobediencia. Por eso mi único consuelo es que Cristo fue obediente en mi lugar. De esta forma podemos aplicar este texto bíblico, tan rico en consuelo, a nuestras pobres vidas.
Pero, si la obediencia en la que confías no es la de Cristo sino la tuya, estás eternamente perdido. Aquí en nuestro texto el apóstol del Señor nos asegura que es “por la obediencia de uno” que los muchos seremos “constituidos justos”. Por lo tanto, grabemos estas preciosas palabras en nuestros corazones con todo cuidado y seriedad: “Por la obediencia de uno”. Porque nuestros sentimientos y pensamientos; nuestra conciencia y nuestras dudas siempre seguirán llevándonos de un lado a otro, como el mar embravecido lleva a los barquitos. Por otra parte, qué bendita tranquilidad y seguridad es para el pobre y angustiado pecador poder descansar en esta firme roca: ¡La perfecta obediencia de Cristo!
Este es el mensaje de Dios para nuestra salvación: Así como por la desobediencia de una persona -Adán- todos nos volvimos pecadores, así también por la obediencia vicaria de una sola persona -Jesucristoseremos justificados.