15 de mayo 2026

    15.Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe que predicamos.Ro.10:8

    ¡Observemos bien este texto! Aquí está el secreto de la fe. Aquí hay verdadera sabiduría. El texto dice: “Cerca de ti está la Palabra”. Quien desea encontrar a Dios y a Cristo, sólo necesita adherirse a la Palabra. Es ahí, donde Dios nos quiere encontrar y donde encontramos a Cristo. No necesitamos recorrer el mundo y buscarlo en lugares desconocidos o en sentimientos conmovedores, tampoco en las alturas ni en las profundidades. Lo tenemos muy cerca, en la Palabra, en la Palabra de fe, que es capaz de crear la fe en nosotros. El Evangelio está para que lo creamos. Si guardamos “la Palabra de fe” en el corazón, tenemos a Cristo allí. Y tenemos todo lo que la Palabra dice y promete. No hace falta que volemos con nuestros pensamientos de aquí para allá diciendo: “¡Ojalá sólo supiese lo que Dios en el cielo piensa de mí y quiere hacer conmigo! ¡Ojalá pudiese saber, si mi nombre figura en el Libro de Vida o no! ¡Ah, ojalá Dios se nos revelara y nos hablara de alguna forma!” ¡No pienses así! Porque el Señor ya hizo todo eso.

    Ya se ha revelado y nos dio una palabra válida para todos y para cada uno de nosotros. Y puedes tener la seguridad de que Él no hace distinción de personas; que los decretos de la gracia anunciados por Él, son igualmente válidos para todos.

    Cuando rige una ley civil para cuestiones terrenales, no necesitamos hablar con el presidente del país para saber si tenemos ese derecho. ¡No! Sabemos de antemano que la ley garantiza ciertos derechos a todos los ciudadanos. Pues bien, lo propio ocurre con la Palabra de Dios. Se debe sólo a la debilidad de nuestra fe en las Sagradas Escrituras que no sepamos lo que Dios piensa de nosotros. Él ya lo declaró en su Palabra. Ahí vemos que estamos bajo el juicio y condenación si no queremos honrar al Hijo de Dios, y preferimos vivir licenciosamente con el mundo impío, haciendo lo que le place a nuestra naturaleza corrupta, practicando el pecado y viviendo en libertinaje.

    Por otra parte, si trato de conquistarme el favor de Dios por medio de mi propia justicia, conforme a la Ley, debo saber que la condición es: “¡Cumple todo, y vivirás!”. O sea, si cometo el mínimo pecado, inmediatamente caigo bajo maldición. Por el contrario, si creo que la Ley ya me juzgó y sentenció “en Cristo”, me vuelvo verdaderamente humilde y busco mi salvación únicamente en el Hijo de Dios, en su sacrificio expiatorio. Ya no puedo vivir más sin Él y sin su Evangelio. Entonces sé que estoy revestido de su justicia y registrado en el Libro de Vida, aunque parezca que todo está en contra mía y aunque me sienta realmente mal. ¿Cómo sé todo esto? Lo sé por la Palabra del mismo Dios. ¿A quién habría de creer, sino a Dios mismo, que nos reveló en las Sagradas Escrituras todo lo que necesitamos saber para nuestra salvación?

    Debemos imprimir profundamente en nuestros corazones lo que aprendemos allí. Pues es un arte sumamente difícil perseverar siempre en la fe durante las numerosas tribulaciones que nuestras almas tienen que soportar en este mundo. Nuestra carne está llena de pecado, nuestra conciencia, de legalismo.

    El dolor de las almas temerosas de Dios es a menudo como el de una herida abierta. Y la gracia de Dios muchas veces es muy extraña y se halla profundamente oculta. Así el diablo, el enemigo de nuestras almas, tiene abundantes oportunidades y ocasiones para acosarnos, mientras estamos en este mundo.

    Necesitamos un refugio en nuestra desgracia. No para proteger lo que somos, pensamos o sentimos nosotros, sino para mantenernos firmemente adheridos a la eterna Verdad de nuestro gran Dios y su Palabra.

    Acerca de este precioso arte Lutero dio esta clara explicación: “Una cosa es sentir, y otra cosa es creer. Por eso debemos dejar de lado los sentimientos, captar con el oído la Palabra y atenernos solamente a ella, en la forma exacta en que nos habla. Hemos de grabarla y guardarla en nuestros corazones, aun cuando no parezca para nada que hemos sido librados de nuestros pecados, y tengamos la impresión de que todavía están con nosotros”.

    Es así para que la fe aprenda a adherirse tanto más a la Palabra de Dios y a perseverar en la misma, diciéndose: “ Siendo que el propio Dios, Creador del cielo y de la tierra, declara: ”Vivo Yo, Jehová el Señor, que no quiero la muerte del impío, sino que se vuelva de su camino, y que viva” (Ez.33:11), ¿quién, por más miserable pecador que fuese, no confiará en esa Palabra y no acudirá a Él para vivir?”

    Con cuántas solemnes palabras y claros ejemplos nuestro glorioso Dios reveló, desde el principio del mundo, su plan para salvar la humanidad perdida por medio de su unigénito Hijo, ¡que habría de quitar el pecado y satisfacer la Ley! Una gran hueste de evangelistas, profetas y apóstoles fueron instrumentos del Espíritu Santo en la tierra para declarar lo que Dios haría y ha hecho para nuestra salvación. Y el propio Señor Jesucristo afirma: “Yo soy el primero y el último; y el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos. Al que tuviere sed, Yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida” (Ap.1:17-18; 21:6). ¿Qué pobre pecador no confiaría en esas palabras y no se presentaría ante el trono de gracia lleno de confianza? ¿Qué cristiano angustiado no buscaría descanso para su afligido corazón en tales promesas, a pesar de todas sus tentaciones y dudas? La Palabra, la Palabra de Dios mismo “está cerca de ti, en tu boca y en tu corazón”, y entra a tu corazón por la fe. Ahí tenemos a Cristo y su salvación: Sólo en y con la Palabra.

    Publicado por editorial El Sembrador