15 de marzo 2026

    15.Pusiste sobre mí la carga de tus pecados, me fatigaste con tus maldades.Is.43:24b Ni nuestros pecados, ni nuestra piedad, deciden nuestro perdón. En el “Mar Rojo” de la sangre de Cristo quedaron sumergidos tanto nuestros pecados como nuestros méritos.

    Desde que Dios entregó a su propio Hijo en propiciación por nuestros pecados (Ro.8:32), no existe nada por lo que su celo se encienda más ardientemente que por la gloria de su Hijo. Desde que Dios vio la aflicción y escuchó el clamor de su Hijo en la cruz, no soporta que algún pecador pretenda ganarse el cielo por sí mismo. Por eso, observa por favor estas palabras: “Pusiste sobre mí la carga de tus pecados”. “Sobre mí… la carga sobre mí”. ¡Piénsalo bien! Él la soportó. Le costó muy caro al querido Señor salvarnos de nuestros pecados. Si quieres saber lo que significan las palabras: “Pusiste sobre mí la carga de tus pecados”, sólo necesitas mirar al Getsemaní y al Calvario. La santa Ley de Dios no es algo para hacer bromas.

    Que los seres humanos se atrevan a despreciar y a suprimir la santa Ley de su omnipotente Creador; que el hombre acepte las múltiples bondades de Dios, pero pisotee su voluntad y sus Mandamientos; que no lo ame sobre todas las cosas, y por el contrario, lo menosprecie e idolatre a los que no son dioses; que no lo tema sobre todas las cosas, antes lo ofenda y provoque ligeramente; que no confíe en Él, sino en sí mismo y en otros seres mortales; que tampoco ame a su prójimo como a sí mismo, antes piense mayormente en sus propias ventajas; y que viva en toda clase de transgresiones y excesos, desobediencias, odios, rencores, fornicaciones, injusticias, mentiras y engaños… todo eso es algo muy grave.

    A nuestra frívola naturaleza carnal puede parecerle poco importante, pero no así al santo Dios. El juzga de otro modo. Eso nos lo muestra el atormentado Cristo, cuando el debió pagar por nosotros.

    El Fuerte comenzó a angustiarse, temblar y sufrir de tal modo, que su sudor vino a ser como grandes gotas de sangre que caían a la tierra (Lc.22:44). ¡Oh hombre insensible! Cuando oyes esos desgarrantes suspiros en el huerto de Getsemaní y tienes presente que provienen de la majestuosa persona que con su sola palabra calma la tempestad, expulsa demonios y resucita a los muertos, tienes que detenerte por un momento y reflexionar en lo que eso significa. ¡No borres esa imagen con indiferencia! ¡Tiene que ver contigo! Es tu Salvador, al que invocas en oración, el que te rescata aún de la muerte, el que juzgará a las naciones. Y si le preguntas por qué se estremeció de tal manera, Él te responde: “Pusiste sobre mí la carga de tus pecados”. Si nuevamente le preguntas: “¿Por qué es rojo tu vestido, y tus ropas como del que ha pisado en lagar?” Él contesta: “He pisado Yo solo el lagar, y de los pueblos no había nadie conmigo” (Is.63:3). No me serviste tú a Mí; por el contrario, “me fatigaste con tus maldades. Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo” (Is.43:25). Si luego ves a tu Salvador tan agraviado, herido y maltratado que hasta se podían “contar sus huesos” (Sal.22:17), el profeta lo explica: “Más Él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre Él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Is.53:5).

    Si finalmente lo contemplas sufriendo el castigo y la maldición de la cruz, el apóstol te aclara: “Cristo nos redimió de la maldición de la Ley, hecho por nosotros maldición; porque escrito está: Maldito todo el que es colgado en un madero” (Gá.3:13).

    Esto te resulta bien conocido. Ya lo sabes desde hace mucho tiempo. Pero ¿sufre tu corazón por ello? ¿Te conmueve recordar cómo torturaron a Jesús por ti? Si el Espíritu de Dios pudo abrir tus ojos y glorificar a Cristo en tu corazón, te sentirás indigno y a la vez reconfortado; sí, pobre, pero no obstante bendito, y las palabras de Is.43:24-25 cobrarán nuevo valor para ti: “Pusiste sobre mí la carga de tus pecados, me fatigaste con tus maldades. Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo”. Pero. ¡Ay! del que ve a su Salvador atormentado y agonizante y sin embargo desea permanecer en su vida libertina, al servicio del pecado y del mundo. ¡Ay! del que prefiere seguir disfrutando sus inmundos placeres, cuando su Salvador debió transpirar sangre por expiar sus pecados, ser ultrajado por redimirlo y ¡morir en la cruz con gran clamor y lágrimas por su propiciación!

    ¿Y qué pasará con el mundo temerario e impío el día en que se le exigirá responder por la sangre inútilmente derramada por él? ¿Qué pasará contigo, si siempre supiste de la pasión y muerte de Cristo, y celebraste el Viernes Santo, pero jamás deseaste unirte completamente a Él, llegar a ser suyo, y vivir bajo Él en su Reino? Si una vez tras otra comulgas en memoria de la muerte de Cristo, y recibes su cuerpo y sangre, ¿pero luego vuelves en seguida a tu mala compañía, a satisfacer tus malos deseos? ¿Qué crees que ocurrirá contigo? Si los que transgredían la Ley de Moisés no pudieron escapar, y tuvieron que morir sin lástima, “¿cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de gracia?” (He.10:29).

    Publicado por editorial El Sembrador