15.Temamos, pues, no sea que permaneciendo aún la promesa de entrar en su reposo, alguno de vosotros parezca no haberlo alcanzado.He.4:1
Puede ser que alguien diga: “¡Ese es exactamente mi temor! Tengo la gracia de creer en Cristo, pero… ¿Cómo podré perseverar hasta el fin? Tantos abandonan la fe y se pierden…” Esta es la respuesta: Jesús dice: “Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas, y las mías me conocen…mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen; y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano” (Jn.10:14,27,28). Ningún cristiano debe desesperar pensando en su permanencia en el Reino de Cristo. Nadie necesita perderse; nadie puede ser arrebatado de la mano de su buen Pastor. A nadie se lo puede separar del amor de Dios en Cristo Jesús. Esto es lo que Dios nos promete en su Palabra, respecto a nuestra salvación.
Algunos no están satisfechos con eso de confiar en Cristo, y quieren tener la seguridad de que nunca perderán su fe. La Palabra de Dios no nos da ninguna seguridad de ese tipo, al contrario, nos advierte contra el peligro de caer. Así nos deja siempre recelosos en cuanto a nosotros mismos, para que siempre confiemos únicamente en el Señor. Eso es muy saludable. En eso insiste expresamente la Palabra de Dios. San Pedro exhorta: “Conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación” (1 P.1:17). El salmista exclama: “¡Servid a Jehová con temor, y alegraos con temblor!” “Temed a Jehová, vosotros sus santos; pues nada falta a los que le temen!” (Sal.2:11; 34:9).
¿Qué nos asegura Cristo? Que Él, el Hijo de Dios, dio su vida por nosotros y que Él es nuestro Buen Pastor. Su amor y fidelidad para con nosotros es tal, que por nuestra causa Él vino al mundo y se hizo nuestro hermano, “tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (He.2:17; 4:15). Él dio su vida por sus ovejas (Jn.10:11-17). ¿Qué es lo que no podemos esperar de Él? Él es el omnipotente Dios. ¿Qué enemigo puede hacerle daño a la oveja que descansa en sus hombros, oyendo su voz y manteniéndose cerca de Él? Es nuestro consuelo que Él, nuestro buen Pastor, alimentará a sus ovejas. O sea, mantendrá en todo tiempo nuestra fe por medio del evangelio; fortalecerá y alentará nuestra confianza y nuestro gozo en Él; nuestro amor, nuestra paciencia y nuestra esperanza. Buscará la oveja perdida y recuperará la extraviada. De modo que aun cuando nos hayamos extraviado y desviado del camino recto, Él no nos abandonará. Irá tras la oveja que quedó atrás, la buscará y la llamará.
Y ni bien ella vuelva a escuchar su voz, la pondrá sobre sus hombros y la llevará gozoso. Aún más, también vendará a la que sufrió alguna fractura; restablecerá y confortará las almas severamente afligidas por Satanás, y les restituirá su paz y su salud. El Señor Jesucristo fortalecerá a la oveja débil y alzará a los corderos incapaces de seguir a la manada. Los alzará con su brazo y los llevará en su regazo. En fin, atenderá a todas sus ovejas en la forma en que haga falta.
Pero, ¿no deben hacer algo para su seguridad también las ovejas? Lo único que el Señor dice es que ellas “oyen su voz”. Es lo mismo que decir que “confían” en Él. No esperan cosa mejor, que lo que Él les ofrece. En sus desgracias, los cristianos tratan de oír la voz de Aquel, en quien depositan todas sus esperanzas.
Oír significa prestar atención, reverenciar, hacer caso, y distinguir la voz de Cristo de las voces extrañas. Y esto es todo lo que hace falta. Porque el buen Pastor nos preserva para la vida eterna por medio de su voz.
Entonces, con tan solo oír su voz, todo queda solucionado. Sólo la voz del Buen Pastor (la Palabra de Cristo) puede protegernos contra los terribles ataques de Satanás, contra las fuertes tentaciones de la carne, contra las seducciones del mundo, contra nuestra debilidad, incertidumbre, frialdad, arrogancia…en fin: Contra todo lo malo dentro y alrededor de nosotros. Ningún cristiano es tan fuerte, tan entendido, tan piadoso, tan firme que la maldad no lo pueda atacar, tentar y herir. Entonces, todo depende de adoptar la actitud correcta, dejando que la Palabra de la verdad lo decida todo; que pese más que nuestros propios razonamientos y sentimientos, permitiendo así que ella nos corrija, reprenda y aliente, según el caso. Esto es “oír la voz del Pastor”. Así se puede solucionar todo.
Los mismos discípulos del Señor no llegaron a ser tan sabios, sobrios y fuertes como para dominarse, creer y conducirse siempre como debían hacerlo. No, todos los días cometían faltas mayores o menores. Pero a pesar de todo perseveraron y crecieron en la gracia, porque se mantuvieron cerca de su buen Pastor; siguieron escuchando su voz y se dejaron corregir diariamente por Él.
Dejaron que Él los advierta, amoneste y consuele. Y con eso todo volvía a quedar arreglado. Así supieron cada vez mejor lo que necesitaban saber. Por el otro lado, ¿cuál fue la razón por la que el miserable Judas se perdió?
Nada más que su negativa a oír la voz de su buen Pastor. Cuando el diablo le sugirió a su corazón la maldad de traicionar a Jesús por 30 monedas de plata, no hizo caso de las advertencias del Señor. Y después, cuando despertó y tuvo terrores de conciencia, tampoco dejó que el evangelio de la gracia lo consuele. Con sólo haber prestado atención a la voz de su piadoso Pastor, todo se habría resuelto favorablemente. Por eso, mientras podemos oír la amorosa voz de nuestro Pastor, el evangelio de Cristo, amémosla y aprovechémosla diligentemente, para adquirir de ella fuerza para nuestra fe, ¡para nuestro amor y temor de Dios! ¡Escuchemos atentamente a este fiel Amigo, que nos acompaña y nos habla en su Palabra! En tanto que andamos con Él, aunque no lo veamos, y en tanto que lo oigamos hablando a nuestros corazones, ningún poder enemigo podrá separarnos del amor de Dios, que disfrutamos por medio de Cristo Jesús (Ro.8:38-39). Porque el Señor Jesucristo, que es mayor y más poderoso que cualquier enemigo, declaró solemnemente a sus ovejas: ”yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano” (Jn.10:28).