15.¡Hágase tu voluntad!Lc.11:2
Esta petición demanda un corazón totalmente enamorado de Dios, un corazón realmente dedicado a agradarle. Requiere el corazón de un hijo bueno, que no insiste en complacer su propia voluntad, sino que únicamente desea lo que quiere su padre. Demanda el corazón de un niño al que no hace falta explicarle la razón de esta o aquella medida. Sino que le basta saber que es del agrado de su padre. Miles de personas pueden amar lo que les parece bueno, noble, útil o necesario. Pero eso no es lo mismo que amar la voluntad de Dios.
Hemos de amar a Dios, y por causa de Él, amar cualquier cosa que le agrada a Él, aun cuando parezca equivocada o difícil de cumplir, como cuando Dios le ordenó a Abraham a sacrificar a su único, amado hijo Isaac, “el hijo de la promesa”. Seguramente Abraham no veía ninguna razón para hacer eso, sino únicamente la voluntad de Dios.
La tercera Petición del padrenuestro no sólo nos demanda soportar la voluntad de Dios, sino también amarla y por eso pedir que se haga realidad. Nunca olvidemos que la oración debe provenir del corazón, y no solo del intelecto. Tampoco debe ser solamente el resultado de un Mandamiento, sino principalmente el sincero deseo del corazón.
Sin embargo, cuando la voluntad de Dios es la mortificación y crucifixión de nuestro viejo Adán, todo el mundo quiere quedar libre. Toda persona ama su propia voluntad. Por eso cabe preguntar: ¿Cómo puede obtener alguien tal corazón, que ame la voluntad de Dios al punto de orar para que se haga? Aunque nos atormentáramos a muerte por obtenerlo, jamás lo lograríamos. Dios mismo nos lo debe dar y crear por medio de la regeneración.
Pero cuando un alma quedó tan quebrantada por su propia iniquidad frente a las implacables demandas de la santa Ley de Dios, tanto que realmente comprende su completa indignidad, y luego finalmente oye el Evangelio del maravilloso e inmerecido amor de Jesucristo, y queda tan reconfortada por el mismo, que exclama: “Señor Jesucristo, ¡eres maravilloso!” entonces, es lavado y limpiado en su sangre, y halla toda su felicidad en su amor.
Cuando el amor de Dios es derramado en su alma, entonces este amor y gozo de Dios también se le torna más precioso que cualquier otra cosa que podría pensar o desear. Entonces, la primera pregunta que surge en ese corazón regenerado es: “Amado Salvador, santo Cordero de Dios, que me has redimido: ¿Qué puedo hacer para complacerte? ¡Ojalá pudiese hacer solamente la voluntad de mi piadoso Dios!” En efecto, ahora esa alma ya no conoce nada mejor ni más justo que la voluntad de su Padre celestial; como tampoco nada más malvado que su propia naturaleza caída. Y dice con toda sinceridad: “Oh Dios: domina Tú mi perversa voluntad. Yo mismo no puedo dominarla como quisiera y debiera hacerlo, pero Tú sí puedes…” Y orando así contra nuestra propia naturaleza carnal, oramos por la voluntad de Dios. Cuando primero fui destruido por la maldad de mi propia voluntad perversa, y luego recuperado por la inmensa gracia de Dios, su voluntad pasó a ser más importante que mi felicidad egoísta. Cuando su amor y piedad me conquistan de tal modo que me conformo con todo, con tal que se haga Su voluntad, entonces tengo un corazón realmente amante de la voluntad de Dios.
¡Que cada cual observe ahora su propia situación! Aquí estamos ante un texto que nos revela las profundidades más oscuras de nuestros corazones. Querido lector: Por favor detente un momento en la presencia de Dios, se consciente de que sus ojos ven aun los pensamientos y las intenciones del corazón. ¿Cuál es tu situación? Tú te conoces bien y sabes perfectamente si tienes la costumbre de pedir, suspirar y orar peticiones como esta: “¡Señor Dios, muéstrame tu voluntad, y ayúdame a hacerla!” Pues es imposible que el Espíritu Santo more en un alma sin promover tales deseos.
Es verdad que un cristiano muchas veces puede estar distraído al repetir la petición: “¡Hágase tu voluntad!”, sin pensar en lo que está diciendo. Pero escuchemos la primera y última oración de su corazón, y veamos si no es precisamente esto: “¡Señor Dios, nuestro Padre y Salvador, socórrenos y ayúdanos a cumplir tu voluntad! ¡Ayúdanos contra nuestra horrible indiferencia! ¡Concédenos el deseo y el poder de tu santo Espíritu, para hacer tu voluntad! ¡Y muéstranos tu camino, a fin de que caminemos por la senda de tu verdad!”
Estos deseos son muy característicos en el corazón en el que habita el Espíritu Santo. Esta es precisamente una de las grandes cualidades que habría de distinguir a los creyentes del nuevo pacto. El Señor había hecho profetizar esto, diciendo: “Daré mi Ley en su mente, y la escribiré en su corazón”(Jer.31:33).
Es que la Ley de Dios es la voluntad de Dios. El que Dios haya escrito su Ley en nuestras mentes se nota en que el corazón ahora ama la voluntad de Dios, y el alma suspira sinceramente diciendo: “¡Ojalá pudiese guardar tu Ley de todo corazón, y pudiese complacer plenamente tu voluntad, oh Dios!” No sostenemos que el cristiano sea perfecto. ¡Oh no! Sabemos que es débil, que aún comete muchas faltas, tanto en su vida interior como en su conducta exterior.
Reconocemos que tampoco puede orar, vigilar y luchar contra sus malas costumbres y tendencias como debiera y quisiera hacerlo. Sin embargo, no hay personas que estén más dispuestas a reconocer sus numerosos defectos que los creyentes. Pero notemos también: Tan pronto como entienden que algo es la voluntad de Dios, inmediatamente lo aceptan como una Ley para su conducta, y quieren cumplirla.
Y cuando la carne resiste al Espíritu, recurren a la oración. Oran con fervor diciendo: “¡Hágase tu voluntad!”
Es precisamente esta resistencia de la carne contra el Espíritu, lo que lleva a luchar y orar para que se haga la voluntad de Dios.