15 de febrero 2026

    15.Dándonos a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito.Ef.1:9

    Las ideas humanas acerca de Dios, siempre son falsas. Eso queda demostrado en las religiones de todos los tiempos y de todos los pueblos. Unos se imaginan y describen a Dios de una forma, y otros de otra. Unos piensan poder agradarle con esto, otros con aquello. ¡Da pena ver cómo se descarriaron y andan en tinieblas los seres humanos! También a nosotros nos pasa lo mismo, tan pronto como perdemos de vista la Palabra de Dios. Y ¿qué dice la Palabra celestial en cuanto a la voluntad y al plan de Dios, referente a nuestra salvación eterna? Recordémoslo: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”. “Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús”. “No por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre (Jesucristo) entró una vez para siempre en el lugar Santísimo, habiendo obtenido una eterna redención” (Jn.3:16; Ro.3:22-24; He.9:12). “Por lo que concluimos que el hombre es justificado por fe, sin las obras de la Ley”(Ro.3:28). Así rezan las sagradas palabras, ante las cuales todos, en el cielo y en la tierra, deben inclinarse y adorar. No importa que los sabios de este mundo, los ángeles y espíritus, la razón y el corazón, digan otra cosa. En su trono en el cielo está sentado el Juez y Señor de todo lo creado. Las palabras que Él pronuncia son firmes como pilares de granito.

    Estas palabras dicen que toda carne (hombre), es depravada y que está perdida; que no hay diferencia. Pero también dicen que el unigénito Hijo vino del seno del Padre y ofreció una vez por todo, un sacrificio que satisfizo al Padre celestial, y que es eternamente válido. La Palabra afirma que somos justificados gratuitamente, sin ningún mérito de nuestra parte, por pura gracia, por la redención cumplida por Cristo Jesús. Dice que aunque nuestros pecados fuesen como la grana, por la sangre del sacrificio de Cristo serán emblanquecidos como la nieve. Aunque fuesen tan numerosos como los granos de arena en la playa, desaparecerán hasta no quedar ni uno. No fue un santo ni un ángel, sino el majestuoso Dios mismo Él que creó el universo y millones de astros, quien asumió la carne y sangre de los seres humanos, y de ese modo cargó con sus pecados y propició por ellos, “para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Jn.3:16).

    Éstos ya no serán condenados. No se los juzgará más de acuerdo a su falta de méritos propios, sino de acuerdo a los méritos perfectos de su Mediador. Por consiguiente, en Cristo se los debe considerar tan justos y agradables ante Dios, como a Cristo mismo.

    Tal es la eterna decisión de la divina Majestad. Tal es la sentencia pronunciada por ella. Frente a ella, todas nuestras ideas y opiniones son sólo heno y paja.

    ¿Qué importa ahora que una opinión confusa y débil diga lo contrario? ¿Quiénes somos nosotros para discutir con Dios? ¡Ah, si fuésemos sabios! ¡Que Dios abra e ilumine de una vez por todas nuestra mente, para que podamos ver esta luz celestial y valernos de esa claridad durante toda nuestra vida!

    Por ejemplo, si pienso que fui piadoso y espiritual, y que por eso agrado a Dios, inmediatamente debo examinarme y decirme: Esos pensamientos son equivocados y engañosos, porque Dios dijo que todos nos volvimos inútiles, y que jamás podemos agradarle a Él mediante buenas obras ni justificarnos por méritos propios. O cuando en otro momento pienso que fui tan pecador, que Dios ya no podrá brindarme su gracia como antes, otra vez debo contestar: ¡Son ideas equivocadas!

    El eterno mensaje de la Palabra dice que, por mí mismo, merezco la condenación de Dios. Pero dice también que, en Cristo, estoy realmente justificado, ahora y siempre, con toda seguridad; que en Cristo soy justo y agradable a Dios. Si mi justificación dependiese de mis obras, Cristo habría muerto en vano (Gá.2:21).

    Si creo que soy más justo y agradable a Dios cuando soy más piadoso; y menos justo cuando soy menos piadoso, entonces evidentemente estoy creyendo que alcanzo la justificación por medio de mis obras. En ese caso, Cristo murió en vano para mí. ¡Dios me guarde misericordiosamente de semejante blasfemia!

    Si a veces pienso que Dios se debe haber cansado de compadecerse de mí, por causa de todos mis pecados; que no puede seguir siendo mi amigo, que debe estar enojado conmigo y que se ha apartado de mí por causa de algún pecado… entonces debo contestar: Ésa no es la imagen correcta de Dios. Es la imagen de un “dios” irreal, de un fantasma creado por mi propia imaginación. Porque ni en el cielo ni en la tierra hay un Dios evaluando mi pobre piedad o impiedad y dispensándome más o menos bondad de acuerdo a ello.

    Tampoco es que a veces Dios nos ama más, y otras veces menos, de acuerdo a nuestra conducta. El único Dios verdadero siempre nos ama con amor invariablemente ardiente. En cuanto al mérito de nuestra propia conducta, Él tiene en todo momento razones igualmente fuertes para mostrarnos su ira y condenación, pero “en Cristo”, mirándonos como redimidos por Cristo, tiene en todo momento razones igualmente fuertes para perdonarnos y amarnos.

    Por eso Dios siente en todo momento un amor, encanto y placer igualmente fuerte y ferviente por nosotros, y tiene un cuidado igualmente afectuoso de nosotros. Así lo describe la Palabra eterna y celestial. Si pienso diferente, es sólo mi fantasía, que proyecta una imagen falsa de Dios. Y el motivo de esto es que los seres humanos, al caer en el pecado, perdimos la imagen correcta de Dios.

    Publicado por editorial El Sembrador