15.Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios enÉl. 2 Co.5:21
¡Ah, qué expresión más fuerte! Aquí no se dice que Jesús fue convertido en ofrenda por el pecado, sino en pecado, “fue hecho pecado”. Eso significa, que Dios le impuso a Cristo los pecados de todo el mundo de tal modo, que éste pudo llamarse propiamente pecado. Fue hecho el propio pecado, de modo que Dios no lo tuvo por otra cosa sino por puro pecado. Dios vio a su Hijo sólo como un montón de pecados, como si fuese una masa de pecado, a fin de concentrar en Cristo todo el castigo, toda la ira divina, todo el terror del infierno, ¡todo el derecho que el diablo había adquirido sobre nosotros por causa del pecado!
Todos los pecados fueron acumulados sobre Cristo, como si en Él tuviesen su origen, lugar y permanencia. Como dijo Lutero: “Cuando el piadoso Padre arrojó todos nuestros pecados sobre Cristo, le dijo: Tú serás lo que todos los seres humanos han sido y siguen siendo, desde el comienzo del mundo hasta su fin. Serás el transgresor que tomó el fruto prohibido en el paraíso; serás el David que cometió adulterio y homicidio; serás el Saulo que persiguió a los fieles, blasfemó a Dios, e injurió a la Iglesia… en fin, serás lo que son todos los seres humanos, como si sólo tú hubieses cometido todos los pecados de cada uno de ellos. Por lo tanto, piensa ahora en cómo pagar y propiciar por ellos”.
Cuando el Mediador llevó los pecados del mundo sobre sí, toda la maldición de la Ley cayó sobre Él, o sea: Toda la justa ira de Dios, toda la desgracia y condenación que los pecados de todo el mundo merecían. Esta lucha comenzó en el Getsemaní, y fue tan cruel, que le exprimió a nuestro gran Salvador, gotas de sangre como sudor, algo jamás oído ni visto anteriormente (Lc.22:44).
Por eso oímos al valiente Autor de nuestra salvación orar y suspirar con lágrimas, como un débil y quebrantado pecador. La ley de Dios que le imputaba nuestras culpas, no era broma, sino implacablemente severa. Una vez que Dios había cargado el pecado del mundo sobre Él, Cristo ni siquiera pudo apelar más a su inocencia. Debió comparecer ante su Padre como un gran pecador, y sentir toda la maldición de la Ley. Esto se cumplió con su muerte en la cruz, que abarcaba toda la maldición de la Ley (Gá.3:13). Ahí, finalmente, también la muerte libró su batalla decisiva contra la vida. En efecto, la muerte es un poderoso tirano en todo el mundo, porque somete a reyes, gobernantes y a toda la humanidad. Allí en la cruz, embistió contra Cristo, con toda su saña, y lo quiso someter y devorar también a Él. Hasta pareció que lo había logrado, cuando el Señor entregó su espíritu con gran clamor y lágrimas. Pero como en Él también estaba la vida eterna, -aun cuando permitió que sus enemigos lo sentenciasen y matasen-, esta vida eterna prevaleció, venciendo y destruyendo a la muerte. Precisamente, con la inocente muerte de Cristo por los pecados del mundo, Cristo obtuvo la gran victoria con la que aplastó la cabeza a la serpiente (Gn.3:15). Todos los reclamos de la Ley contra la humanidad habían sido satisfechos. La culpa del pecado había sido completamente pagada y expiada. La vida había triunfado sobre la muerte, con lo cual el diablo perdió su dominio. El acusador había sido juzgado y arrojado afuera, y por la sangre del pacto los presos fueron sacados de la cisterna (Zac.9:11). Porque Cristo había conquistado para todos eterno perdón, vida, libertad y justicia, de manera que los ángeles y las multitudes de los redimidos podían entonar ahora el himno de la victoria: “Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza y la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos” (Ap.5:13). Era la gloriosa victoria de la que se escribió: “Sorbida es la muerte en victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? Ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley. Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo” (1 Co.15:54-57).
Así, mediante la gloriosa victoria de Cristo, todo el mundo ha sido ahora redimido por Él, tan cierta y tan completamente como había caído y se había perdido en Adán. Y sin merecerlo, todo el mundo obtiene, por medio de Cristo, vida eterna de la misma manera en que había heredado pecado y muerte de Adán.
Esta herencia adánica es algo que todos sentimos dentro de nosotros, a cada momento. La herencia de Cristo, en cambio, no la vemos ni sentimos. Sólo se la predica y ofrece en el Evangelio, y la recibimos por medio de la fe, de modo que el Señor Dios ve en nosotros sólo a Cristo y sus excelentes méritos. Dios ve el pecado de toda la humanidad completamente expiado. Dios ve a toda la humanidad totalmente justificada y santificada en Cristo. Sí, por el mérito de Cristo la ve tan hermosa como al principio, cuando vio todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera (Gn.1:31). Si el mundo no hubiese sido restaurado así a los ojos de Dios, Cristo no habría cumplido perfectamente su obra redentora. Ahora, para nuestra eterna salvación y bienaventuranza, sólo nos resta creer en Cristo y ser bautizados (Mr.16:16; Hch.2:38), y de ese modo, nacer de nuevo (Jn.3:3-5), honrar a Cristo (Sal.2:12), y ser convertidos a Él (Hch.3:19-26).
“Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: Si vuestros pecados fuesen como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana” (Is. 1;18) ¡Que incluso el ateo se vuelva de su mal camino! Que se vuelva a Cristo todo aquel que tenga sed de perdón y salvación, y “tome del agua de vida gratuitamente” (Is.55:1; Ap.22:17).