15 de diciembre 2026

    15.Así que, ya no nos juzguemos más los unos a los otros, sino más bien decidid no poner tropiezo u ocasión de caer al hermano.Ro.14:13

    El apóstol habla con lenguaje persuasivo, incluyéndose a sí mismo en el deseo que expresa. Dice: “Ya no nos juzguemos más los unos a los otros”.

    Observemos dos cosas: Primero, nuestra inclinación a juzgar o despreciar al hermano es muy fuerte. En segundo lugar, este pecado es más grave y destructivo de lo que solemos pensar.

    Si nos miramos a nosotros mismos, podremos darnos cuenta rápidamente, que nuestra inclinación a juzgar a los demás es muy fuerte. Siempre estamos listos para juzgar a nuestro hermano por cualquier motivo. Así somos todos.

    Pero son todavía peores los que aún no han sido quebrantados por las demandas de Dios y están orgullosos de sí mismos, porque su perversidad aún no ha sido reprendida, ni han sido cautivados todavía por la gracia de Dios. Sin embargo, ¿no tenemos todos esas mismas tendencias?

    Si nuestro hermano no tiene la misma manera de expresarse que nosotros, enseguida sospechamos de él, aunque no haya dicho nada que demuestre que hay falsedad en su espíritu. Quizás sólo tenga una opinión distinta sobre el tema. O tal vez tenga una manera diferente de vivir, vestir, comer y beber. Sí, enseguida sospechamos de su honestidad y de sus intenciones. Y si nos enteramos que ha cometido algún pecado o vemos que tiene una debilidad, entonces nos creemos con derecho a juzgarlo, sin averiguar si ha pecado voluntariamente, o si por el contrario, lo siente y lucha contra ese pecado.

    Lutero dijo: “Somos unos santos muy tontos. Todos los días pecamos y siempre necesitamos perdón, a lo largo de toda nuestra vida. Y a pesar de eso queremos que nuestro hermano sea perfecto, sin ningún defecto”. Peor todavía si él nos ha ofendido. En ese caso, enseguida tenemos ojos de águila para buscar y encontrar fallas en él. Así es el corazón humano. Y esa es la verdadera fuente de donde provienen todos los juicios, desprecios, y actitudes despiadadas: nuestro corazón.

    Debido a nuestra maldad, egoísmo y autoestima natural, también los creyentes actuamos muchas veces como ciegos; y pretendemos estar movidos puramente por santo celo. Así nos comportamos de manera totalmente contraria a la amonestación que nos hace el apóstol y a la gran ley del amor. ¡Al juzgar y criticar no le hacemos nada bueno a los demás! ¡Solamente les hacemos daño! Nuestra fuerte inclinación a juzgar a los demás, es una de las razones de la amonestación del apóstol.

    La otra razón es que juzgar, es un pecado mucho más grave de lo que solemos pensar. Creemos que es una falta insignificante, o incluso que tenemos pleno derecho y que está bien juzgar a nuestros hermanos. Pero, al contrario, es un vicio malo y destructivo. El que se pone a juzgar desprecia el derecho real que Dios tiene sobre sus siervos y se entromete en algo que le corresponde sólo al Señor. Y también le causa mucho daño a su prójimo. Amarguras, maltratos, sospechas, divisiones y partidismos suelen producirse sólo porque alguien tiene la mala costumbre de juzgar. Si se reprende al otro con humildad y en secreto, se arrepentirá. Pero todo juicio ilegítimo sobre la actitud interior y las intenciones secretas del corazón, generalmente provoca amargura, resentimiento y separación de la familia de la fe; crea bandos y enfrentamientos. En resumen, juzgar es un mal detestable, en todos los sentidos. Por eso seguramente el apóstol nos amonesta tan insistentemente y finalmente dice: “Así que, ya no nos juzguemos más los unos a los otros”. “Sino más bien decidid no poner tropiezo u ocasión de caer al hermano”.

    Al decir: “decidid” ( juzgad) el apóstol usa la palabra “juzgar” en un sentido especial. Anteriormente se refería al juicio sobre las conciencias, las intenciones y las motivaciones secretas de los hermanos. Eso está completamente prohibido a los seres humanos. Pero aquí la palabra juzgar -”decidir”- se refiere a tomar la determinación personal de no ser jamás una piedra de tropiezo, ni causar la caída del hermano.

    Es como si el apóstol quisiera decirnos: -En lugar de usar la mente para hacer juicios implacables contra los demás, usémosla al servicio del amor. Juzguemos o decidamos en nuestras mentes no poner tropiezos ni causar la caída de nuestros hermanos. -”Poner tropiezo” y “hacer caer” al hermano significan -en el idioma original- lo mismo, en el idioma original; o sea: “causarle problemas de conciencia, perturbarlo y hacer que se confunda”.

    Notemos que los fuertes pueden hacer esto, usando su libertad en momentos inapropiados. De esa manera pueden confundir a los débiles con respecto al verdadero sentido del Evangelio. O pueden ser seducidos a vivir (los débiles) de una manera para la cual todavía no están preparados, sin estar plenamente convencidos de que es algo inocente. Los cristianos no deberían provocar esas cosas. Deberían tomar la firme decisión de no dar al hermano ningún motivo de confusión.

    Publicado por editorial El Sembrador