15 de agosto 2026

    15.Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en CristoJesús. 1 Ts.5:18

    ¿Puede el ser humano agradecerle a Dios lo suficiente alguna vez? ¿Puede nuestra lengua expresar todas las razones que tenemos para darle gracias, alabarlo y exaltarlo?

    “Toda la tierra está llena de su gloria” (Sal.72:19). Todo lo que ven nuestros ojos da testimonio de la bondad y majestad de Dios. Habla de su amor hacia la humanidad, siendo que todo lo que hay en la tierra fue creado para beneficio del hombre. Además, Dios entregó a su unigénito Hijo por nosotros, a fin de que no quedásemos perdidos y en cambio obtuviésemos, por pura gracia, “el Reino preparado para nosotros desde la fundación del mundo” (Mt.25:34). ¿No debieran rebosar nuestros corazones de eternas e incesantes alabanzas y acciones de gracias por todo esto?

    Sin duda, toda nuestra vida no debiera ser otra cosa que alabanza y acción de gracias. Todo mi ser, mi alma y mis sentidos, mi mente y mi corazón, mis palabras y mis hechos… todo debiera alabar al Señor. ¿Es así, o no? Cuando ocurre lo contrario, cuando permanecemos fríos, desagradecidos y hasta disconformes e impacientes ante la menor dificultad, ¿acaso no mereceríamos que Dios, con santa indignación, nos arrojase inmediatamente al infierno eterno? Sí, los creyentes ven y sienten esto, y por eso reconocen de corazón que con sólo este pecado de ingratitud, todos los días se merecen el infierno…

    Y las personas que no sólo se muestran frías y negligentes para alabar a Dios, sino abiertamente disconformes e impacientes con lo que les da, deben cuidarse para que el Señor efectivamente les dé lo que se merecen, al no contentarse con lo que recibieron.

    La ingratitud es un pecado tan abominable, tanto ante Dios como ante los hombres, que se dice que la persona desagradecida es la carga más pesada que soporta la tierra. La ingratitud es como el clima seco, pues hace que se sequen todas las fuentes de la gracia de Dios. Y el Señor Dios no puede contestar a la ingratitud en forma más justa y adecuada, que quitándole al desagradecido los beneficios que él desprecia.

    Por lo tanto, debemos despertarnos a tiempo para reconocer esta gran iniquidad, y pedirle a Dios que nos perdone y ayude a cambiar de actitud. Como ya lo dijimos, los beneficios de Dios son realmente tantos y tan grandes, que toda nuestra vida debiera ser una eterna incesante alabanza y acción de gracias.

    La gratitud es nuestra más sagrada obligación con Dios. También nos hace más felices a nosotros mismos. Satisface nuestra alma y enriquece y anima nuestra oración. Pensemos sólo en esta última cualidad. ¿Cuál será la razón por la que tantas personas responsables se quedan tan frías, insensibles y sin deseos para orar? Muchos comienzan a orar pidiendo cosas a Dios, sin haber dado gracias y alabado primero al generoso Bienhechor.

    Alguien dijo: “Al leer la seria advertencia de Lutero con respecto al orden irracional con que tanta gente comienza su oración, pidiendo favores en vez de agradecer y alabar primero, quedé asombrado. Pero, la experiencia me hizo reconocer que es una observación excelente. Lutero se refería al Salmo 18:3: “Invocaré a Jehová, quien es digno de ser alabado”. Él decía:

    “Nadie puede creer el poder que confiere y el valor que infunde alabar a Dios en presencia de un inminente peligro. Tan pronto como comenzamos a alabar a Dios, el mal inmediatamente queda mitigado, y crece nuestro ánimo y valor. Entonces podemos invocar al Señor con confianza. Por eso todos los fieles siervos de Dios se cuidan meticulosamente de no empezar nunca de otro modo. Evitan pedir consuelo y ayuda contra el mal de forma diferente a la prescrita en este versículo. Primero siempre deberíamos alabar a Dios. Hay gente que suspira ante el Señor, sin ser oída. Llaman, pero no hay quien les ayude. Llaman al Señor, pero Él no les responde. ¿Y por qué? Porque en vez de alabarlo cuando lo invocan, protestan contra Él. No reconocen lo bondadoso que es. ¡No! Solo piensan en su propia amarga experiencia. Sin embargo, nadie se libra del mal por lamentar su desgracia y asustarse de ella, sino por acudir al Señor Jesucristo y confiar en su piedad”.

    Parece un consejo difícil de seguir, que en el momento de la dificultad uno alabe a Dios. Sin embargo, se trata de una particularidad que caracteriza la verdadera fe, la fe de la esposa del Señor (la Iglesia cristiana). Para la Iglesia, su Esposo Jesucristo vale más que todos sus dones. Ella reverencia y alaba al Señor mismo, no sólo sus beneficios; no sólo cuando Él le concede algo que le agrada, sino siempre.

    Lo alaba por lo que Él es personalmente. La ramera sólo sabe agradecer los obsequios, pero no reconoce el valor del esposo en sí mismo. Inclusive a los creyentes les resulta difícil elevar sus miradas a Dios mismo, para exaltar su eterna bondad y fidelidad, en medio de la oscuridad de las adversidades. Pero pensemos en los maravillosos atributos de Dios, y en los maravillosos dones de gracia que los creyentes hemos recibido de su parte.

    Seguramente sentiremos alivio, y comprobaremos la verdad de las palabras de David: “¡Bueno es alabarte, oh Jehová, y cantar salmos a tu Nombre, oh Altísimo!” (Sal.92:1).

    Publicado por editorial El Sembrador