15 de abril 2026

    15.Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto.Jn.15:2

    Aquí Jesús habla de las ramas que están en Él, pero no llevan fruto, no producen los efectos de la fe cristiana. Dice que las quitará, las arrojará fuera, donde se secarán, y las quemará. Son palabras terribles en la boca del piadoso Señor, más aún porque dice que son ramas que están “…en Él”. ¿Qué quiere decir con eso? Que es imposible pretender ser cristianos, y no producir frutos.

    Por el contrario, tales personas serán excluidas. E inmediatamente después el Señor dice: “El que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto” (v.5).

    Con la expresión “todo pámpano en mi”, Jesús advierte -con mucha seriedad- que la semejanza entre hijos y bastardos puede ser muy grande. Quiere enseñarnos que es posible ostentar mucha religiosidad y aparentar una gran comunión con Él y con los verdaderos creyentes, sin poseer efectivamente la vida espiritual, ni la savia y el poder de Cristo, que se manifiestan en frutos.

    A esto se refiere también la parábola de las diez vírgenes que salieron a recibir al esposo, siendo cinco de ellas insensatas y desprevenidas, quedándose sin aceite y eternamente excluidas de su presencia. Lo mismo le dice al ángel de la iglesia de Sardis: “Yo conozco tus obras. Tienes el nombre de que vives, y estás muerto” (Ap.3:1).

    Veamos ahora lo que nuestro Señor dice acerca de las ramas buenas y sanas, que cargan fruto. Dice que el labrador las “limpiará”; o sea, las podará y acomodará; quitará lo que retarda su crecimiento y no las dejará crecer de cualquier forma. Por otra parte, las ramas que no cargan ni un fruto se salvan de la poda. Por el momento, el labrador no las toca, no las limpia, porque de todos modos después las quemará. Sus cualidades distintivas son: No llevan fruto; y: El labrador no las poda ni limpia, sino que momentáneamente las deja como están.

    Después de estas palabras de Cristo, ¿no debiera toda persona reflexionar y preguntarse a sí misma, con toda honestidad y temor: “Qué clase de rama soy?” ¿Acaso no es cierto, que la tijera del labrador pasa por alto las ramas inservibles, y poda sólo las buenas? ¿Que “quienes debieran temer, no temen; y quienes no debieran temer, tienen miedo”?

    Es una terrible señal que más de uno ya no tema por su alma, y no se examine honestamente ni siquiera un minuto a la luz de la palabra divina. Algunos se sienten tan seguros y satisfechos de sí mismos, que se quedan tranquilos y confiados en sus propios sentimientos, confiando en su propia piedad y religiosidad, y dejando pasar de largo las palabras de Cristo como el viento. ¡Ay! ¡Ojalá les sea dado algunos a descubrir lo que todavía les falta y despierten de su engañoso sueño y falsa espiritualidad! Tú que deseas ser cristiano, estar en la fe y disfrutar de la gracia de Dios: Tal vez sientas tanta paz, tanta confianza durante la oración, tanto fervor por la Palabra de Dios, tantas pruebas del amor de Dios, y por todo eso estés seguro de vivir en la gracia. Sí, posiblemente también te digas con toda franqueza: “¿Acaso no me confirmé hace mucho tiempo? ¿Acaso no abandoné al mundo y me congregué con otros cristianos? …¿no soporté burlas debido a mi fe? … ¿no luché por la causa de Cristo? ¿Acaso no participo en las actividades de mi iglesia? …¿no saben todos que soy creyente?…” Es verdad. Y son todos buenos atributos. Hay millones de personas que no pueden afirmar lo mismo.

    Sin embargo, querido amigo, eso no prueba necesariamente que eres una rama viva y verdadera en la vid. La semejanza entre las ramas útiles y las inservibles, entre las vírgenes prudentes y las insensatas, es tan grande, que con todas esas “evidencias” que mencionas, todavía puedes engañarte.

    Por lo tanto, pruébate a ti mismo, como te instruye la Escritura. La declaración de Cristo en este texto, como en toda la Escritura, aclara que la fe demuestra su autenticidad con sus frutos. Todos los cristianos todavía somos débiles y defectuosos, pero la gracia de Dios es inmensa, inmerecida y sobreabundante.

    Ese no es el problema. Pero cabe esperar ciertos resultados y frutos de la fe y del nuevo nacimiento producido por el Espíritu, aun en los más débiles hijos de la gracia. Y son estos resultados y frutos los que importan. Tal vez pienses inmediatamente en algo bueno que realizas, en algún pecado que has dejado, en un poder espiritual que posees, o en alguna actividad religiosa que prácticas como prueba segura de tu fe. Y en efecto, puede ser así. Sin embargo, investiga la Escritura para ver si concuerdan y si puedes darte por satisfecho con eso. Porque en Mt.7:22-23 el Señor advierte expresamente: “Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: ¡Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad!”

    Publicado por editorial El Sembrador