14.Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron las gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido.Ro.1:21
Aquí vemos cuán seriamente Dios demanda que el hombre le glorifique en la medida en que lo conoce. Aunque sólo lo conozcamos como al sabio y poderoso Creador, Él quiere que lo adoremos como tal. Ya sólo por esto debemos amarlo, reverenciarlo y obedecerle de todo corazón. “Ni le dieron gracias”, señala el apóstol. Todo el tiempo tengamos presente que Dios es la fuente de todo lo que somos y poseemos. “Porque en Él vivimos, y nos movemos, y somos” (Hch.17:28). Por eso, una parte importante de nuestro culto divino es agradecer continuamente a Dios, reconociendo nuestra dependencia de Él, y dándole a Él la gloria por todo. Y recordemos: Si los gentiles que están sin la luz del Evangelio no obstante son inexcusables por no glorificar ni agradecer a Dios: ¿Qué será de nosotros si no lo hacemos? A nosotros Dios nos habló primero por boca de sus profetas y luego por medio de su propio Hijo. ¿Qué será de nosotros si no glorificamos ni agradecemos a Dios?
Vale la pena analizar más profundamente qué significa glorificar a Dios. Esto no se hace sólo con palabras, gestos o espléndidas acciones. ¡No! Quienes entienden que Dios es Espíritu saben que deben adorarlo “en espíritu y en verdad” (Jn.4:24).
Como ya dijimos, Dios espera que lo adoremos en la misma medida en la que Él se nos reveló. Hemos de amarlo en la medida en que conocemos su amor. Hemos de temerle en la medida en que lo conocemos como digno de reverencia. Hemos de creer en Él en la medida en que lo conocemos como fiel y veraz. Hemos de obedecerle en todo en la medida en que sabemos que tiene autoridad universal sobre nosotros y el derecho de mandarnos. Esto es lo que significa glorificarlo como a Dios.
Y si en serio queremos honrarlo de esa manera tenemos que caer humillados delante de Él, por causa de todas las deficiencias y transgresiones que todavía encontramos en nosotros. Debemos admitir que sus juicios son totalmente justos, aún si decide arrojarnos al infierno. Entonces lo glorificamos como Dios, y Él recibe de vuelta la gloria que el hombre le negó en la caída, cuando la serpiente sedujo a la mujer con las palabras: “¿Con que Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del jardín?… ¡No moriréis!” (Gn.3:1-4). Cuando nos confesamos culpables al punto de merecer la muerte, entonces glorificamos a Dios como tal. Pero Él también nos reveló su plan de salvación. Nos reveló el Nombre de su Hijo y su ferviente deseo de salvar a todos los que “besan” (“honran”) al Hijo (Sal.2:12). Por eso, reconozcamos como verdadera la Palabra de Dios, de modo que no desperdiciemos su gracia. Valoremos dignamente su Evangelio y creamos en su misericordia. Eso significa glorificar a Dios.
El sincero deseo de Dios es que los pobres pecadores que viven por la fe en su Hijo “ya no vivan para sí, sino para Aquel que murió y resucitó por ellos” (2 Co.5:15). Que se aparten de todo lo que le desagrada y en cambio hagan todo lo que le agrada. Y que lo hagamos con corazones contentos, agradecidos y obedientes. Y ante todas nuestras deficiencias siempre hemos de seguir creyendo en el eterno perdón que nos prometió con toda seriedad y que Él obtuvo para nosotros a un precio tan alto. Todo esto es parte de la glorificación de Dios. Si esto no se cumple, y en cambio “nos envanecemos en nuestros razonamientos” (Ro.1:21), y comenzamos a vivir en libertinaje en contra de lo que aprendimos de Dios, es un justo castigo que Dios en consecuencia también nos quite su luz y deje “entenebrecido nuestro necio corazón” (v.21b), cometiendo toda clase de locuras, como comenta el apóstol acerca de los gentiles (vs.24-32).
Esta es la seria enseñanza de nuestro texto, que efectivamente debiera impresionarnos, siendo que Dios nos confió su Evangelio. Dios nos favoreció tanto que no sólo expuso su creación a nuestros ojos, llena de elocuentes testimonios de su eterno poder y sabiduría, sino que también nos dio desde el cielo a su propio Hijo, para que viniese a ser nuestro hermano y fiel Mediador.
Y Él nos redimió del pecado y de la maldición, cumpliendo la Ley y derramando su sangre por nosotros. Además nos dio su Palabra referente a todo esto, y nos envió y todavía envía su Espíritu Santo. Y este mismo Espíritu crea en nosotros todo lo que hace falta para la vida y piedad. Nos llama, despierta, ilumina, reprende y reconforta de acuerdo a nuestras necesidades. Pensémoslo: Dios nos dio y sigue dando todo esto, y el mundo no obstante va tranquilo por su propio camino de maldad. No teme a Dios, ni lo glorifica, ni le da gracias por todos sus favores. No. Vive descaradamente en sus pecados, en su vanidad e idolatría. A quién puede extrañar, entonces, que Dios entregue al mundo al error, y permita que quede tan enceguecido y empedernido que no le tema al infierno ni siquiera por un minuto. Pero, ¡cuánto más terrible será el juicio de Dios para nosotros, los que recibimos el perdón, la vida y la luz del Espíritu; los que hemos gustado la bondad de Dios, y hemos comenzado a caminar “en el Espíritu”, si nuevamente nos apartamos y nos envanecemos en nuestros razonamientos, y vivimos en placeres prohibidos por Él y en pecados intencionales! ¡Por más débiles y pecaminosos que seamos, si tan sólo le damos la gloria a Dios confesándole nuestros pecados juzgándonos a nosotros mismos, y buscando salvación en su gracia, todo se salvaría! Pero si lo despreciamos, si abusamos de la luz que nos ha dado y le desafiamos sofocando la verdad con injusticia, ¿a quién puede extrañar que la majestuosa justicia de Dios finalmente nos trate de la forma que nuestro texto señala?