14 de octubre 2026

    14.Y (Abraham) no se debilitó en la fe.Ro.4:19

    “No se debilitó en la fe”, o sea, mantuvo una fe firme y fuerte. Sin embargo, no hay que pensar que Abraham nunca debió luchar contra la duda, o que jamás sintió también una fe débil, que otros santos generalmente sufrieron. En la renovación de la promesa de que tendría un hijo (Gn.17:4-8), Abraham no pudo evitar pensar en su propia edad avanzada y en la de Sara, su mujer. Se rió y dijo dentro de sí: “¿A un hombre de cien años le ha de nacer hijo? ¿Y Sara, ya de noventa años, ha de concebir?” (Gn.17:17). Y luego empezó a conversar con Dios sobre Ismael, parece que estaba pensando que él iba a ser su heredero (Gn.17:18). Antes había pensado que su siervo Eliezer le iba a heredar (Gn.15:2). Pero a pesar de todo el apóstol afirma que Abraham “no se debilitó en la fe”. Con eso nos da una muy importante lección sobre la naturaleza de la fe, sobre su fortaleza y su debilidad.

    Generalmente pensamos que la fuerza de la fe, debe manifestarse en un espíritu permanentemente alegre y valiente; y que, en cambio, la conciencia de debilidad, el miedo y la preocupación, indican una fe débil. Aquí podemos aprender otra cosa. Abraham tuvo una fe fuerte y no obstante también tuvo dudas y temores.

    La verdad es que la fuerza de la fe se manifiesta realmente en la oscuridad de la tribulación, no en la luz de la felicidad. Una actitud alegre y valiente muchas veces sólo puede indicar que la persona pasa por alto, con ligereza, sagradas obligaciones y amenazantes peligros; o que se halla favorecida con dulces sentimientos de bondad. Pero, poder seguir confiando en las promesas del Señor, y ser valiente y feliz por causa de las mismas -aun frente a situaciones preocupantes y excluyendo todas las situaciones felices-, eso sí es señal de una fe firme.

    Aún cuando una persona no pueda mostrarse contenta y valiente en la tribulación y lucha, pero si aun puede aferrarse al poder y a la fidelidad de Dios, con toda seguridad eso es señal de una fe fuerte.

    Que Abraham no se debilitó en la fe significa que, en su lucha contra su propia razón (que quiso privarlo de toda esperanza), él salió victorioso gracias al poder de Dios. Resistió en esa lucha. No permitió que la promesa de Dios y la esperanza en su cumplimiento desapareciesen de su corazón. No. Siguió esperando su cumplimiento, por absurdo que pareciera. Y finalmente, la necia risa de su razón se convirtió en la bendita sonrisa de la contemplación, cuando el hijo de Sara yacía ahí, frente a sus ojos, y la feliz madre exclamaba: “Dios me ha hecho reír” (Gn.21:6).

    El apóstol explica en qué consistía la fortaleza de la fe de Abraham, cuando dice: “…al considerar su cuerpo, que estaba ya como muerto (siendo de casi cien años), o la esterilidad de la matriz de Sara” (Ro.4:19). Abraham sin duda sintió el peso de su edad de casi cien años, y de su cuerpo ya envejecido. El diablo y su propia razón corrupta, sin duda le recordaban la esterilidad de Sara. Pero, su fe no prestó atención a esas objeciones. No dejó que sus ojos se detuviesen en esos hechos deprimentes y que éstos lo afecten, aun cuando para ello debía suprimir sus propios pensamientos. Siempre oponía la omnipotencia y veracidad de Dios, a las objeciones de su razón.

    Su fuerza estaba en lo que Dios había dicho; el Omnipotente, “el cual da vida a los muertos, y llama las cosas que no son, como si fuesen” (Ro.4:17b). Este Dios le había prometido un hijo. Él creó a los mundos de la nada, y Él no puede mentir. Eso importaba más que los cuerpos envejecidos de él y de su esposa Sara. No creyó en esos cuerpos, ya medio muertos, sino en la omnipotencia y veracidad de Dios.

    Ah, ¡qué excelente ejemplo de fe! Ojalá aprendamos también nosotros a tener una fe como ésa. Si queremos ser cristianos y perseverar en la fe en todos los extraños caminos de Dios, ciertamente necesitaremos ejercitarnos en esto, de modo que no le hagamos caso a nuestro cristianismo y santificación medio muertos, y mantengamos nuestra vista todo el tiempo fija en algo fuera de nosotros.

    Es decir, en Dios, en sus cualidades y promesas. Es necesario que no me fije en mi fe medio muerta, sino en la fidelidad de Dios. Tampoco debo fijarme en mi amor medio muerto, sino en el perfecto amor de Cristo; ni en mi inestable y vacilante devoción, sino en la firme promesa de Dios. Tampoco debo fijarme en mi incapacidad en la lucha contra la tentación, sino “en el poder de su fuerza” (Ef.6:10) y en la fidelidad de Dios, “que no nos dejará ser tentados más de lo que podemos resistir” (1 Co.10:13).

    Pero sepamos que esa vida no será fácil. La mortificación de nuestra razón requerirá una ardua lucha, recordándonos siempre lo que somos por nosotros mismos. Sin duda, la fe y la razón lucharon ferozmente la una contra la otra en el alma de Abraham.

    Pero, finalmente venció la fe y retuvo su derecho. La fe se impuso a su razón y destruyó a ese terrible e injurioso enemigo de Dios. Eso debe ocurrir también con todos los otros creyentes, que se internan con Abraham a las sombras y a la oscuridad de la fe. Con eso le damos a nuestro Señor Dios el mayor honor y le presentamos el sacrificio y el servicio más agradable que se le puede rendir.

    Publicado por editorial El Sembrador