14.Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia.Col.3:12
Vemos aquí cuáles son las preciosas virtudes que tienen que adornar a los elegidos de Dios, a sus amados hijos.
Primeramente el apóstol nos recuerda el distinguido título que se nos da a los creyentes. Y quiere que nos conduzcamos en este mundo de manera acorde a nuestra condición, como corresponde a los elegidos de Dios, a sus santos y amados.
Hallamos la misma exhortación apostólica en Efesios 4:1: “Yo pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados, con toda humildad y mansedumbre…” Presta atención a las palabras: “Como es digno de la vocación con que fuisteis llamados”.
Lo que es digno y apropiado para la sociedad en general, puede no ser digno ni apropiado para los hijos de Dios. Por ejemplo, acaparar bienes egoístamente; ser orgulloso y vanidoso; contender judicialmente con los adversarios, o hablar de manera excesivamente elocuente y vana… todo eso es común y corriente en la sociedad, y nadie se escandaliza por ello; pero, es inadecuado para los hijos de la luz. Estos han de vivir de manera diferente a los hijos de este mundo, así como los hijos de los reyes visten de manera diferente a los hijos de los mendigos. Ahora que habéis sido adoptados como hijos de Dios, vestíos y adornaos como corresponde a tales personas.
Veamos ahora la vestimenta en sí. Primero se menciona la misericordia de corazón, o un corazón misericordioso. Un corazón en el que ha sido derramada la gracia de Dios, y que por eso está lleno de misericordia y sincero amor. Como resultado de ello, podemos perdonar a los que nos ofenden e interesarnos por los que sufren. Es lo opuesto al corazón frío, característico de la persona egoísta, que sólo se ocupa de lo suyo. Los creyentes realmente comparten la naturaleza de Dios, especialmente su amor misericordioso, que es el atributo más característico de Él.
La Biblia está llena de pasajes que describen y ensalzan la misericordia de Dios; y esta característica suya debe reflejarse también en sus hijos. Jesús dijo: “Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso” (Lc.6:36). Y también: “Para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos” (Mt.5:45).
En segundo lugar se menciona la benignidad; la bondad o benevolencia. Es la disposición a servir y ayudar a las demás personas. Es una característica tan agradable y valiosa, que por medio de ella muchos han sido atraídos a la fe. Los hijos de Dios deben ser las personas más amables y benevolentes del mundo. A veces, por medio de la benevolencia se ha logrado lo que no han podido lograr muchos sermones. Durante toda su vida en este mundo, Jesús mostró amor y bondad. Vivió haciendo el bien y ayudando a la gente. Las palabras más bonitas y la más elevada sabiduría no surten efecto sino que provocan la reacción contraria, cuando son dichas por una persona antipática, que tiene el corazón duro y frío. ¡Qué lamentable! Por eso, los que tienen conocimientos superiores para impartir, deben revestirse de amabilidad y sensibilidad.
En tercer lugar se menciona la humildad, que está estrechamente relacionada con lo anterior. El cristiano sigue las inclinaciones misericordiosas de su corazón, y con frecuencia debe amonestar y advertir a su prójimo, para despertarlo del sueño espiritual. Esto puede ser fácilmente mal interpretado, como orgullo de su parte. Por eso, frecuentemente los incrédulos acusan a los cristianos de arrogantes, aunque nadie conoce mejor que los cristianos cuán miserables somos.
Es necesario que digamos la verdad; y si al hacerlo puede dar la impresión de que nos está guiando el orgullo, debemos poner especial cuidado para dejar en claro que no somos arrogantes. No sólo debemos tener humildad en nuestro corazón, también es necesario “vestirse” de ella y demostrarla en nuestra relación con los demás.
Si surge en nosotros el orgullo y la vanidad personal, y nos sentimos tentados a cultivarlas en nuestro corazón, tengamos mucho cuidado, porque estamos en serio peligro. Una grave caída o una locura se aproxima, porque “Dios resiste a los soberbios” (1 P.5:5). No habrá sabiduría ni vigilancia capaz de evitar que tropecemos y caigamos en el obstáculo que nosotros mismos hemos preparado. “Unánimes entre vosotros; no altivos, sino asociándoos con los humildes. No seáis sabios en vuestra propia opinión” (Ro.12:16).
En cuarto lugar, como parte de la vestimenta de los elegidos se menciona la mansedumbre. O sea, no debemos permitir que las provocaciones nos hagan enojar.
Y en quinto lugar, el apóstol nombra la paciencia, o longanimidad. Es decir, no debemos dejarnos desanimar, ni cansarnos de demostrar mansedumbre y de ser amigables con las personas que están causándonos molestias, y probando nuestra paciencia.