14 de mayo 2026

    14.Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo, para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.1 Jn.1:9

    De las palabras de David en el Salmo 32, versículos 3 y 5, podemos aprender qué comprende esa confesión de pecados. Ahí leemos: “Mientras callé (el grave pecado que había cometido), se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día… Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; y Tú perdonaste la maldad de mi pecado”. Vemos que la confesión va dirigida al Señor, nuestro Dios. David dice: “Confesaré… a Jehová”. De lo que desprendemos que, cuando calló, había callado delante de Jehová. ¿Y qué significa eso? ¿Cómo puede alguien callar delante del Señor, siendo que a sus ojos todo está expuesto, y a sus oídos todo es conocido? Sabemos por experiencia qué significa ese callar o guardar silencio. En boca de David significaba tratar de ocultarse y mantenerse alejado de Dios con su pecado, con su conciencia cargada y acusadora, hasta que el sentimiento de culpa se enfriase por sí mismo, en lugar de presentarse ante el trono de gracia, humillarse ante el Señor, reconocer su transgresión y pedir el perdón y la gracia.

    Pero la palabra “callar” también se puede aplicar a la gente incrédula e impenitente. Todo el mundo anda “callado”, guardando silencio acerca de su pecado delante del Señor y por eso queda sin bendición. No reconoce sus transgresiones y por eso tampoco puede confesarlas debidamente. Pues la palabra “confesar” incluye el arrepentimiento, reconocer el pecado y el merecido castigo y recibir el perdón que ofrece Cristo. Esto es todo lo que se requiere, a fin de participar de la gracia que Cristo ya nos ha conquistado. Debió venir una terrible hambruna en la tierra adonde fue a vivir el hijo pródigo, a fin de que éste aprendiese a pensar en la casa de su padre y en el grave pecado que había cometido al abandonarla e irse a malgastar los bienes de su herencia. Sólo entonces resolvió: “Me levantaré, e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; ¡hazme como a uno de tus jornaleros!” (Lc.15:14-19).

    Nuestro Señor Jesucristo describió ese comportamiento del hijo pródigo, para darnos un ejemplo de la conversión. Y de esa descripción también aprendemos algo acerca de la correcta confesión. El hijo pródigo no mencionó ningún pecado particular, Sólo se propuso decir: “He pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros.” No dijo: Esta o aquella transgresión mía merece tu repudio, sino: “Yo -toda mi persona- ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo.” ¿Qué podemos aprender de esto? No es verdadero arrepentimiento cuando una persona reconoce y confiesa solamente uno u otro pecado puntual, mientras todavía cree poseer muchas cualidades buenas, con las que está satisfecha. Debe sentirse enteramente culpable y condenable.

    Además, el hijo pródigo no permaneció en la tierra extraña donde estaba, sino que emprendió efectivamente el camino de vuelta a su casa. Es una falsa confesión de pecados la que nos permite quedarnos donde estamos, lejos de Dios, en el mundo impío y en la transgresión. Notemos que el hijo pródigo también dijo: “Hazme como a uno de tus jornaleros”. Eso procedió de su auto suficiencia e incredulidad. No creía en la bondad o gracia de su padre. Pensaba que no podría recuperar todos los derechos de un hijo; creía que primero tendría que ganarse ese derecho trabajando como un jornalero para su padre…

    Esto generalmente suele ocurrir todavía con los que se arrepienten. Pero notemos también que el padre no le prestó ninguna atención a esa bienintencionada pero equivocada idea. El evangelio dice: “Y cuando (el hijo) aún estaba lejos (cuando aún no había tenido el tiempo de pronunciar siquiera una sola oración, de derramar siquiera una sola lágrima, de brindar siquiera el mínimo servicio), su padre lo vió, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y lo besó” (v.20).

    ¡Ah, qué perdón más inmaculado y divino! ¿Acaso el padre no tenía toda la razón del mundo para decirle a ese hijo perdido: “¡Vete de aquí, hijo ingrato y malvado! ¡Has malgastado tu herencia y has perdido tu derecho a llamarte mi hijo!”? ¡Pero no! ¡No pronuncia ni una sola palabra de reproche por los pecados del hijo! ¡Ni demanda la más mínima compensación por los bienes desperdiciados!

    Al contrario: Inmediatamente dispone que le pongan la mejor ropa, un anillo y calzados, y que hagan una fiesta de regocijo por su retorno. Así es como el propio Señor Jesucristo describe el perdón divino. Quiere que conozcamos y apreciemos de esta manera al Padre celestial; por eso lo representa con un amor incondicional y un corazón perdonador, aun mientras el hijo pródigo estaba lejos y pecando de la manera más grosera. No es que el retorno del hijo recién produjo la reconciliación en el corazón del padre. Ya estaba lleno de amor por su hijo anteriormente, sólo que el hijo, al irse, no se benefició con esa bondad.

    Aquí vemos que Dios ofrece la reconciliación también al impío, al infiel y al que no está convertido. Jesucristo quitó también los pecados de ellos cuando murió por todos en la cruz. También para ellos Jesús adquirió gracia y perdón y también para ellos está preparada desde hace tiempo la mejor ropa: La seda esplendorosa de la justicia de Cristo, esperando que la vistan. Aquí también podemos ver cuándo llega la bendita hora en que el pobre pecador efectivamente recibe gracia, perdón y la adopción de hijo: Es decir, ni bien se produce su verdadero retorno al Señor; tan pronto como desespera de sí mismo y de todos sus méritos propios, de su propio remordimiento, devoción y reparación… ¡y vuelve la mirada de su alma desdichada, hambrienta y sedienta a Cristo crucificado! Ocurre inmediatamente después de entender que en Cristo tiene su salvación y bienaventuranza eterna; inmediatamente después de percibir lo que nunca antes había percibido en el Evangelio: Que en Cristo “todo está preparado” para nuestra salvación, y que en Él hay suficiente y más que suficiente redención.

    Publicado por editorial El Sembrador