14 de marzo 2026

    14.Yo, Yo soy el que borro tus rebeliones por amor de Mí mismo, y no me acordaré de tus pecados.Is.43:25

    ¡Escuchen! Aquí Dios declara su pensamiento, como actúa Él en el gran tema de nuestro perdón. Invita que vengan a Él todos los que tienen sed, y promete que les dará agua; y a los que no tienen dinero (o sea, a los pecadores que no tienen ningún mérito) les dice: “Venid, comprad y comed, sin dinero y sin precio, vino y leche” (Is. 55:1; Sal.130:3-4; Is.1:18).

    ¿Qué puede haber más seguro? Aquí oímos a Dios diciendo tajantemente que ningún sacrificio nuestro ni piedad interna ni religiosidad externa de nuestra parte, le mueve a mostrarnos su gracia. Como tampoco ningún defecto nuestro ni impiedad interna ni maldad externa, la anulan. La única causa de nuestro perdón es la gracia de Dios, que se nos revela en Cristo Jesús: “Pusiste sobre Mí la carga de tus pecados, me fatigaste con tus maldades…Yo, Yo soy el que borro tus rebeliones, por amor de Mí mismo, y no me acordaré de tus pecados” (Is.43:24-25).

    Noten las palabras: “¡…por amor de Mí mismo”! ¡Ah, qué palabras más dulces que la miel para los pobres pecadores! ¡Dios, por tu gracia, abre nuestros oídos y corazones, para que oigamos y aprendamos lo bondadoso que eres!

    Para comprender bien el dulce Evangelio es necesario entender que todo lo que el Señor nombra como cosas que no compran su gracia, son servicios importantes y buenas obras que Él mismo había ordenado a los hijos de Israel.

    Primero menciona lo que atañe al corazón: “No me invocaste a Mí…, sino que de Mí te cansaste” (v.22). Esto comprende todos los deseos que el corazón piadoso siente hacia el Señor y también la adoración e invocación. Después (v.23) menciona lo que pertenecía al culto divino, como toda clase de sacrificios y ofrendas; todo lo que corresponde a lo que nosotros en el Nuevo Testamento llamamos “culto”, como las oraciones, devociones, promesas, obras de caridad etc.

    Ahora bien, si Dios mismo le había ordenado a Israel ese servicio divino, y los hijos de Israel efectivamente lo observaban con gran celo y cuidado, ¿por qué Dios habla como si rechazara, más aún: como si ignorara e incluso aborreciera todo eso? (Compare p.ej: Is.1:11-14; 43:24, etc.). ¿Acaso se contradice Dios, y desaprueba lo que Él mismo ordenó? ¡Claro que no! En el Salmo 50:8 dice: “No te reprenderé por tus sacrificios ni por tus holocaustos, que están continuamente delante de mí”.

    Aquí Dios quiere dejar bien en claro qué lo movió a concederles su gracia y el perdón de pecados, como lo declara explícitamente en nuestro texto: “Yo, Yo soy el que borro tus rebeliones por amor de Mí mismo, y no me acordaré de tus pecados”. Ese es el tema aquí. Y tan pronto como se toca este tema, el celo del Señor se enciende como un fuego contra cualquier mérito humano que pretenda intervenir. Entonces repite una y otra vez: “¡No tú, no tú! No me invocaste tú a mí, ni me honraste con tus sacri ficios… Yo, Yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo”.

    Primero dice: “No me invocaste a mí no me trajiste a mí los animales de tus holocaustos, ni a mí me honraste con tus sacrificios ni me saciaste con la grosura de tus sacrificios.., sino… me fatigaste con tus maldades” (Is.43:22-24). O sea: Yo trabajé y sufrí por ti.

    Y en segundo lugar dice: “Yo, Yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo”. Del mismo modo habló en los días de su encarnación, por medio del Hijo. En Jn.15:16 leemos: “No me elegisteis vosotros a mí, sino que Yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto”. Y en Mt.20:28: “Como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos”; en Jn.17:19 dice: “Y por ellos Yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad” En Mt.26:28: “…mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de pecados”. Y nuevamente en Jn.6:57: “Como me envió el Padre viviente, y Yo vivo por el Padre, asimismo el que me come, él también vivirá por mí”.

    En toda la Biblia reconocemos el mismo mensaje, con el mismo propósito; es decir: “No tú, no tú…”; “Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo”; “porque yo vivo, vosotros también viviréis” (Jn.14:19b).

    Nosotros, por nosotros mismos, no podemos más que pecar. Y el que trabajó por nosotros tiene que darnos todo de gracia, como a criaturas que de otro modo estarían completamente perdidas. Él dio su vida y derramó su sangre por nosotros, y ahora nos dice: “Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo”.

    Publicado por editorial El Sembrador