14.¡Santificado sea tu Nombre!Lc.11:2
Esta petición sin duda debe tener un significado más profundo y una mayor importancia que la que percibimos a primera vista, siendo que nuestro Señor Jesucristo le asignó el primer lugar entre las siete peticiones de su oración.
Esta petición está directamente relacionada con el segundo Mandamiento de la Ley de Dios: “¡No tomarás el Nombre de Jehová tu Dios en vano!” (Éx.20:7).
Mandamiento al que se le agrega la terrible amenaza: “Porque Jehová no dará por inocente al que tomare su Nombre en vano”. A la mayoría de la gente no le interesa este Mandamiento ni esta oración, pero Dios le da mucha importancia. Por eso podemos sospechar que aquí se encuentra oculto un gran secreto.
Y qué es lo que el Señor Jesucristo quiere decir con: “¿Santificado sea tu Nombre?” Para aclararlo debemos reflexionar sobre lo que significa el Nombre de Dios. ¿Qué es el Nombre de Dios? Respondo: El Nombre de Dios nos dice todo lo que Él es, con todos sus divinos atributos y poderes. Pero para saber cómo es Dios, necesitamos la revelación de Dios en la tierra. Y aun así podremos entenderlo solamente de manera muy incompleta. Pues bien, primero Dios se reveló en las obras de su creación. Sin embargo, de esa revelación podemos percibir solamente lo que podríamos llamar sus atributos externos. Pero, sus pensamientos íntimos, su justicia y misericordia divinas, su voluntad y consejo frente a nosotros, los seres humanos, todavía seguirían eternamente encubiertos, si no se nos hubiese revelado en su Palabra; primero en la Palabra escrita, y luego también en la personal, en “el Verbo” encarnado, que “habitó entre nosotros” y nos mostró la gloria del Padre, “siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia” (He.1:3). Por eso necesitamos la Palabra de Dios, si queremos conocerlo.
En resumen: No se puede pronunciar el Nombre de Dios ligeramente, como lo señaló el propio Ángel del Pacto, cuando Manoa le preguntó por su nombre (Jue.13:18), El Ángel (Jesucristo mismo) le respondió: “¿Por qué preguntas por mi Nombre que es admirable?” (O más literalmente: “¿Viendo que es secreto o extraño?”). Así también Moisés le preguntó al Señor por su nombre obteniendo la respuesta: “Yo soy el que soy”. (Éx.3:14). Ese es, literalmente, el significado de la palabra “Jehová”. Este es el Nombre de su majestad. Y a este Nombre añadió muchos agregados, que son descripciones -tanto terribles como hermosas- de sus cualidades. Así, es un Nombre que puede penetrar hasta los tuétanos (He.4:12), cuando dice, por ejemplo: “Yo soy Jehová tu Dios, fuerte y celoso” (Éx.20:5). Sí, hasta se llama “un fuego consumidor” (Éx.24:17); un Dios realmente terrible para todos los impíos. Él, que es el Omnipotente, el Justo y Santo, el Excelso y Magnífico.
Pero la Palabra de Dios también abunda en nombres dulces y sublimes para Dios. Él se designa también como el Compasivo, lleno de gracia y de bondad (Éx.34:6); paciente, justo, abundante en misericordia y fidelidad. Y en forma muy especial, revelado en carne para nuestra salvación, Dios se llama Emanuel, o sea: Dios con nosotros; el Maravilloso, Consejero, Padre eterno, Príncipe de paz. (Is.7:14; 9:6). Él se llama a sí mismo Consolador (Is.51:12), Amigo (Jn.15:13), Pastor (Jn.10:11), Esposo (Mt.9:15), Padre (Is.9:6; Jn.14:10), y Hermano (Mt.12:49).
Pero, ¿quién puede enumerar todos los nombres del Altísimo, que como un suave bálsamo se hallan esparcidos por toda la Escritura? Como bien dice Salomón: “Tu Nombre es como ungüento derramado” (Cnt.1:3). En resumen: Toda la Palabra de Dios es o expresa el Nombre de Dios. ¿Cómo podríamos entonces dejar de recordar el Nombre que es sobre todo otro nombre?
Para pecadores como nosotros, el piadoso Nombre “Jesús”, nombre que Dios se da a sí mismo en la Persona del Hijo, es el Nombre más precioso que cualquier otro que se puede mencionar, en el cielo y en la tierra. “Porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hch.4:12). Ese Nombre da descanso a todos los que están agobiados y cargados.
Consuela a los tristes, sana a los heridos, libra a los cautivos, enriquece a los pobres, borra pecados, justifica y salva a los perdidos. El Nombre del Salvador, es fuente inagotable de consuelo. En este Nombre Dios depositó toda la gracia de su corazón hacia los pecadores, su eterno plan de salvación, su misericordia, su longanimidad y su fidelidad. Dios depositó en el Nombre de Jesús todo, absolutamente todo lo que puede salvar y bendecir a un pobre mortal. Ese breve Nombre es todo el Evangelio. Significa salvación de pecadores.
Y mientras consideramos estos significativos nombres de Dios, notamos que Dios mismo comienza a aparecer en nuestras almas glorificado, magnífico, glorioso, santo, piadoso, siempre conforme a los nombres y a las descripciones que de Él que estuvimos considerando. Por eso comprendemos que pronunciar el Nombre de Dios, es referirse a Dios mismo. Cuando alguien habla mal de una persona, difama su nombre. Así también, todo lo que contribuye a distorsionar la imagen de Dios, -o a disminuir la reverencia a Él y a su Palabra, a su obra, o a su causa en este mundo-, profana o “embarra” su Nombre. Y la santificación del Nombre de Dios incluye todo lo que induce a las almas a glorificar a Dios; a conocerle bien, a amarlo y honrarlo.