14.Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, ¡estad en paz con todos los hombres!Ro.12:18
Este versículo habla de ser tolerante y pacífico en los asuntos civiles, o sea, en las cuestiones en que no es necesario enfrentarse a los demás por lealtad a Cristo, o por el bienestar eterno de nuestro prójimo. El apóstol jamás nos recomienda hacer concesiones en las cuestiones de fe -cuando está en juego la verdad, la gloria de nuestro Señor Jesucristo, y el eterno bienestar del prójimo- con tal de conservar la paz y amistad con todo el mundo. En efecto, con las primeras palabras: “si es posible” el apóstol indica que su amonestación tiene un límite; que no siempre será posible conservar la paz con todo el mundo, si queremos permanecer fieles a Dios y a la verdad. Esta fue la experiencia de David, cuando dice: “Yo soy pacífico: mas ellos, así que hablo, me hacen guerra” (Sal.120:7).
Por naturaleza, todo el mundo se opone a Dios y a su Reino. Entonces, si quiero ser un fiel testigo de Cristo, necesariamente entraré en conflicto con el mundo.
Nuestro Señor Jesucristo mismo expresa esto con todo vigor y decisión, cuando dice: “No penséis que he venido a traer paz a la tierra; ¡no he venido para traer paz, sino espada! …porque he aquí, en adelante, cinco en una familia estarán divididos, tres contra dos, y dos contra tres. Estará dividido el padre contra el hijo, y el hijo contra el padre; la madre contra la hija, y la hija contra la madre; la suegra contra su nuera, y la nuera contra su suegra”.
Por lo que Jesús también dijo: “¡Ay de vosotros, cuando todos los hombres hablen bien de vosotros!” (Mt.10:34; Lc.12:52-53; Lc.6:26).
Aquí se revela la falsedad del cristianismo de los que son capaces de acomodarse a todo el mundo, de modo que nunca tienen problemas por confesar a Jesucristo. Por el contrario, éstos todavía critican el celo de los fieles, y dicen que si estos “fanáticos” fuesen un poco más sabios, humildes y moderados, también podrían agradar a este mundo. Ojalá esa gente reflexionase en el hecho de que el Señor Jesucristo, el perfecto Maestro, que fue “manso y humilde de corazón” (Mt.11:29), jamás pudo ni quiso agradar al mundo, ni mantener paz y amistad con los incrédulos. Puede ser cierto que a muchos cristianos les falta sabiduría, humildad y caridad; pero si son fieles al Señor Jesucristo, nunca, ni aplicando la mayor sabiduría y caridad, podrán agradar al mundo, que es enemigo de la verdad. “¡Oh almas adúlteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios?”-pregunta Santiago (Stg.4:4).
Esta es la constante e inevitable causa de conflictos entre los cristianos y el mundo pagano.
Pero el apóstol sigue diciendo: “…en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres”. Si nuestro enfrentamiento con alguien se produce realmente por causa de Cristo y por la enemistad del mundo contra la verdad, ¡no nos aflijamos! ¡Oh hermano! Fíjate solamente que no sea una razón carnal la causa de la disputa. Por ejemplo, algún egoísmo, una falta de consideración o comprensión, el gusto por criticar, etc. Es un arte bastante difícil detectar tales defectos en nuestra naturaleza, por nuestro orgullo y la constante tendencia a justificarnos a nosotros mismos, y culpar a otros. Sin embargo, existe una prueba para descubrir si las razones de nuestra disputa con otros son carnales.
Es decir, si analizamos qué clase de amor domina nuestro lenguaje. Los cristianos podemos entrar en problemas porque amamos a otros. A veces es necesario contradecir y censurar, pero nuestro lenguaje revela que deseamos la salvación de aquellos a quienes enfrentamos. Por eso también oramos fervientemente por su bendición. Pero si nuestras palabras de reprensión y crítica fluyen fácilmente de los labios, frutos de arrebatos y pasiones humanas, es que proceden de nuestra naturaleza carnal.
El celo de querer corregir todo lo que te parece mal no es prueba suficiente de que te impulsa el amor. Pero si tienes el hábito de orar por las personas a las que vas a hablar, y procuras hablarles con prudencia y al mismo tiempo temiendo de que te falte suficiente comprensión y amor, eso sí es un testimonio de que un motivo santo nos impulsa. ¡Quiera Dios revelarnos las sutilezas de nuestro corazón! Muchas personas son mártires infelices de una constante falta de paz con sus semejantes, sólo debido a su temperamento porfiado y malo, y a su lengua descontrolada. Por eso dice del apóstol Pedro, al igual que David: “El que quiere amar la vida y ver días buenos, ¡refrene su lengua de mal, y sus labios no hablen engaño! Apártese del mal, y haga el bien; busque la paz, y sígala!” (1 P.3:10-11).
Sin embargo, por pacíficos, tolerantes y amigables que fuésemos, no siempre nos será posible mantener la paz con todo el mundo. No sólo debido a su enemistad hacia Cristo, sino también debido a muchas razones carnales y materiales, personas rencillosas nos molestarán. Por esta razón el apóstol también dice: “En cuanto dependa de vosotros, ¡estad en paz con todos los hombres!” Aunque otros ataquen tu persona, propiedad, reputación, etc., no debes vengarte, ni dejarte arrastrar a las peleas, sino encomendarle tu causa a tu fiel y poderoso Padre celestial, que siempre atiende a los humildes y sumisos.
El Señor Jesucristo dijo: “¡Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad!” (Mt.5:5). El que siempre desea imponer su derecho, tiene que sufrir y perder mucho. ¡Dichosos los cristianos, que confían en el cuidado de su Padre celestial, y dejan que Él defienda su causa! Si queremos defenderla nosotros mismos, Dios tiene derecho de dejarla a nuestro cargo, y eso siempre saldrá mal. En cambio, si le encomendamos el problema a Dios, será asunto suyo. Y él defenderá nuestra causa, y lo hará siempre de la mejor forma.