14 de diciembre 2026

    14.Oíd, y vivirá vuestra alma.Is.55:3

    Mira cómo el profeta confirma aquí la principal doctrina de toda la Escritura: Nuestra justificación ante Dios por medio de la fe. El apóstol Pablo dijo: “La fe es por el oír” (Ro.10:17). Y Jesús dijo: “Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado” (Jn.15:3). -No habéis hecho otra cosa que escuchar mi mensaje, y a consecuencia de ello mis palabras han creado la fe en vuestros corazones. Y ahora estáis limpios.

    Y esto lo dice Jesús personalmente; lo afirma Aquél que nos juzgará a todos en el Juicio Final. Toda la Escritura une la salvación y la eterna bienaventuranza a la pequeña palabra “fe”. Por eso, pongamos toda la atención en cómo se obtiene la fe. ¿Y qué es la fe? Todo el que quiera ser salvo tiene que involucrarse en este tema, porque la eterna bienaventuranza depende de ello.

    Oye, pues, lo que el Espíritu Santo dice al respecto: “Oíd, y vivirá vuestra alma”. Sólo: “¡Oíd! ” La fe viene por oír. La fe no viene solo así. Es un error si pensamos y pensamos, y volvemos a pensar y pensar, pero no oímos lo que Dios dice. La fe no viene de esa manera. Tampoco viene por sólo desear y esperar al Espíritu Santo. Ni viene porque trabajemos en nuestro corazón para producir la fe en él. No, Cristo dice que viene: “Por la palabra”. Detente y ponte a escuchar lo que Dios dice. Tómale la palabra a Dios y confía en Él, porque no miente. No importa lo que merezcas; no importa si tu arrepentimiento es un desastre; no importa lo pequeño que te sientas ante ti mismo… si tan sólo puedes tomarle la palabra a Dios y poner la fe de tu corazón en Cristo, entonces tendrás al Salvador y todo lo que Él ha conseguido.

    Observa ahora qué preciosas son las palabras del apóstol Pablo sobre este tema, en Ro.10:6-8: “Pero la justicia que es por la fe dice así: No digas en tu corazón: ¿Quién subirá al cielo? (esto es, para traer abajo a Cristo); o, ¿quién descenderá al abismo? (esto es, para hacer subir a Cristo de entre los muertos). Mas, ¿qué dice? Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe que predicamos”.

    El apóstol quiere decirnos: “No anden buscando a Cristo en lugares inciertos, oscuros o lejanos. ¿Qué dice la Escritura? Que la palabra está ahí, y es cuestión de oírla. ¡Oye! Tienes la Palabra, la Palabra de la fe. Sí, pero dónde puedo hallar a Cristo? ¿Es que no oyes? ¡Lo tienes al alcance de la Palabra! Toma la Palabra y tendrás a Cristo. Lo que pasa es que piensas que Cristo está muy lejos, por allá arriba, en el cielo, o en las profundidades del espacio; no sabes dónde está en realidad, pero te lo imaginas muy, muy lejano y te proyectas hacia el infinito… -¡No es necesario! –dice el apóstol. Cerca de ti está la Palabra, la Palabra que trae la fe. Si recibes la palabra, recibes a Cristo. Porque cuando recibes la palabra que testifica acerca de Cristo, en ese mismo momento recibes también a Cristo con todas sus obras, con todo lo que la palabra contiene. Esta es la manera en que la fe nos salva. Dios te da una palabra. Tú recibes esa palabra. Y desde ese mismo momento tienes lo que la Palabra dice y promete. Eso es lo que Cristo quiso enseñarnos todo el tiempo que anduvo por ahí ayudando a la gente solamente con palabras. Él anunció un mensaje por medio de palabras. La gente creyó su palabra. Y eso sucedió inmediatamente.

    En Jn. 4 tenemos un ejemplo que nos enseña al respecto. El hijo de un hombre noble, un funcionario del rey, estaba enfermo, a punto de morir. El hombre fue a ver a Jesús y le pidió que viniera a sanar a su hijo. Pero Jesús comienza reprendiendo la incredulidad, diciendo: “Si no viereis señales y prodigios, no creeréis”. El hombre insistió otra vez con su pedido. Sin embargo, Cristo no fue. ¿Qué hizo, en cambio, nuestro Señor? Le dio su palabra. Le dijo: “Ve, tu hijo vive”. “Y el hombre creyó la palabra que Jesús le dijo, y se fue.

    “Cuando estaba llegando a su casa, sus siervos salieron a recibirle, y le dieron las nuevas, diciendo: Tu hijo vive. Entonces él les preguntó a qué hora había comenzado a estar mejor. Y le dijeron: Ayer a las siete le dejó la fiebre. El padre entonces comprendió que aquella era la hora en que Jesús le había dicho: Tu hijo vive; y creyó él con toda su casa” (Jn.4:43-54). Su hijo fue curado en la misma hora que él recibió la palabra de Jesús por medio de la fe.

    Pero, ¿qué es “andar por fe” (2 Co.5:7)? El hombre no había recibido ninguna prueba visible, y Jesús no lo acompañó. Tampoco llevó consigo ninguna medicina. No tenía absolutamente nada que pudiera ver o sentir. Sólo había recibido una palabra. Y regresó a su hogar solo con la palabra. Durante la larga noche tuvo que contentarse solamente con esa palabra. Y al llegar, se encontró con sus siervos que le dieron la buena noticia. Así también nosotros tenemos que contentarnos con la palabra de nuestro Señor. Tenemos que andar por fe sin ver nada de su cumplimiento.

    No se puede expresar lo importante que es recordar esto, grabándolo profundamente en nuestro corazón. Es casi incomprensible el largo tormento, el desgaste y la agonía que sufren muchas personas, hasta que llegan a comprender esta clave: tenemos que comenzar oyendo y recibiendo la Palabra de Cristo, y confiar en ella.

    Siempre queremos sentir algo en nuestro corazón, y tener una experiencia sensorial de la manifestación del Espíritu, antes de llegar a creer. Pero eso no puede sucedernos antes de que la Palabra abra nuestro corazón.

    Publicado por editorial El Sembrador