14.La sangre de Jesucristo, su Hijo, nos limpia de todo pecado.1 Jn.1:7
Para comprender (hasta cierto punto) cuánto vale el grandioso medio de nuestra reconciliación con Dios, pensemos en cada palabra de este precioso texto. Veamos primero quién es la persona que se menciona ahí. Dice “la sangre de Jesucristo, Hijo de Dios”. La “Simiente de la mujer” (Gn.3:15), prometida y esperada por tanto tiempo; Cristo, “el ungido del Señor” (Lc.2:26), cuyas “salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad” (Mi.5:2), y que nació oportunamente en la pequeña aldea de Belén. Ahí los ángeles descendieron del cielo y cantaron: “Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor”( Lc.2:11). Y de Él leemos en el Evangelio: “Llamarás su nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt.1:21). ¡Qué valor inmenso tiene la sangre del Señor Jesucristo! ¡Y qué poder enorme tiene este texto, esta breve exclamación!
El apóstol desea recalcar deliberadamente el valor y la importancia de la persona aquí mencionada. Agrega las palabras: “su Hijo” (el Hijo de Dios). Dice: “La sangre de Jesucristo, su Hijo…” Sigamos la insinuación del apóstol y reflexionemos en las palabras: “El Hijo de Dios”. Parece imposible, ¡Pero es cierto! ¡El Hijo de Dios derramó su sangre por nosotros! ¿Puede ser? ¡Sí! Así es, y si esto no es cierto, entonces nada en la Palabra de Dios sería cierto; tendríamos que desconfiar de todo lo demás…
¿Aceptas esta verdad? Entonces piensa en lo que implica y vale: El majestuoso, todopoderoso Señor Dios creó en el principio al mundo y a la humanidad; y tanto amó al mundo, que cuando el ser humano se había perdido, para rescatarlo, dio a su propio Hijo unigénito, para que se hiciese un ser humano y llegase a ser nuestro Hermano y Mediador. Pensemos en este Cristo: Dios y hombre en una persona. Dios no nos dio un ángel o un santo. Ninguno de ellos podría habernos redimido. Nos dio a su único, unigénito Hijo; verdadero Dios, igual al Padre en poder y gloria. Semejante persona fue entregada para la salvación de las criaturas caídas. Y vale la pena notar que la naturaleza humana que el Hijo de Dios asumió, quedó unida a su divinidad de tal forma, que su sangre se llama también la sangre de Dios en la Escritura. San Pablo les dice a los ancianos de Éfeso: “Mirad por vosotros y por todo el rebaño, en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor, ¡La cual Él ganó por su propia sangre!” (Hch.20:28) ¡Pensemos en cuán costosa fue nuestra redención! Los cielos son la obra de sus manos. Él formó la tierra con todo lo que hay en ella. Para Él las naciones son apenas “como la gota de agua que cae del cubo, y como menudo polvo en las balanzas” (Is.40:15). ¡Y tal persona se entregó a sí misma! ¡Dio su vida y su sangre, por la salvación de los seres humanos!
El apóstol dice que esta santísima sangre “nos limpia de todo pecado”. ¿Qué significa nos “limpia”? ¿Podemos librarnos nosotros mismos de nuestras culpas, “limpiarnos” de nuestros pecados? ¡No! -dice el apóstol.
La sangre de Jesucristo nos limpia y nos libra. ¿Y de qué nos limpia? ¿Del deseo de pecar? ¡No sólo de eso! -recalca San Juan- sino “de todo pecado”.
No sólo de la indiferencia y de la pereza espiritual, ¡Sino “de todo pecado”! ¿Qué hace posible eso? “¡La sangre de Jesucristo, Hijo de Dios!”
¿Pero acaso no dice el propio San Juan que el Espíritu nos limpia? Sí, pero no nos limpia en el mismo sentido en que nos limpia la sangre del Hijo de Dios. Es absolutamente necesario que primero entendamos y creamos lo que efectúa la sangre de Jesucristo, antes de que podamos obtener cualquier purificación del Espíritu. Si en 1 Juan 1:7 el apóstol hablase de la limpieza del Espíritu, estaría hablando de santificación. Pero en 1 Juan 1:7 habla de la sangre como del precio de nuestra redención. El apóstol se refiere aquí a la limpieza obrada por la redención, la remoción de la culpa. De lo mismo que habló Cristo cuando dijo que derramaba su sangre: “por muchos… para remisión de pecados” (Mt.26:28).
Cómo revive y se alegra nuestro corazón, cuando recibimos la gracia de ver que únicamente la sangre de Jesucristo, nos limpia de todo pecado a la vista de Dios, de manera que Él mismo nos declara “limpios” (Ap.7:14).
La muerte de Cristo expió todos los pecados del mundo, como bien dice el apóstol en Colosenses 1:20: “Por medio de Cristo el Padre reconcilió consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz”. Por consiguiente, el todopoderoso Dios que está reconciliado, mira a todas las personas como a seres queridos y redimidos. Ahora sus embajadores sólo suplican: “¡Reconciliaos con Dios!” (2 Co.5:20).
La consecuencia de esto es que quien se adhiere a Cristo por medio de la fe, deja corregir sus pecados y se acerca al trono de la gracia -de modo que “anda en la luz”-, está limpio a la vista de Dios de todos sus pecados, gracias a la sangre de Cristo. La impureza que todavía reside en su carne, y que a pesar de ser resistida como algo deplorable, todavía aflora diariamente en pensamientos, palabras y acciones, nunca le será imputada. No, a la vista de Dios el cristiano está limpio en todo momento, pero sólo por el poder redentor eternamente válido de esa santa sangre. El creyente vive, por decirlo así, bajo una constante lluvia de gracia. Dios resolvió no acusarlo de ningún pecado, porque al creer en Cristo está amparado en la propiciación hecha por la sangre del Hijo de Dios. Y por eso está limpio.
Tenemos que admitir que la sangre de Jesucristo vale más ante los ojos de Dios, que ante nuestros propios ojos. Porque tan pronto como alguien está “en Cristo”, para Dios esa persona está limpia, aunque nosotros veamos mucha impureza.
La sangre de Jesucristo sigue siendo realmente válida para Dios, aun cuando nosotros no apreciemos como corresponde el poder redentor de la misma.