14 de abril 2026

    14.No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que lo obedezcáis en sus concupiscencias.Ro.6:12

    El apóstol afirma categóricamente que los justificados por la fe en Cristo, también fueron santificados en su Espíritu; que están en íntima unión con Cristo y “muertos para el pecado” (Ro.6:11).

    Sin embargo, cree todavía necesarias estas exhortaciones: “No reine, pues, el pecado… para que lo obedezcáis en sus concupiscencias”. Así ocurre con los santos. “El espíritu, a la verdad, está dispuesto, mas la carne es débil” (Mt.26:41). Y el diablo es un “león rugiente” (1 P.5:8), que muestra gran ira (Ap.12:12).

    Por eso, siendo que Dios no realiza su obra santificadora en nosotros con su irresistible omnipotencia, sino con la Palabra y con las exhortaciones de su Espíritu, -como quien actúa con seres espirituales-, nadie debe despreciar ligeramente la exhortación, ni considerarse libre de todo peligro. ¡No! Mientras vivimos en este mundo, seguimos expuestos a toda clase de pruebas. Debemos escuchar, atender y obedecer a la voluntad del Señor. Así ciertamente estaremos a salvo, no importa cuán débiles seamos.

    Si clamamos desde las profundidades, pensando que estamos pereciendo por no poder cumplir la voluntad del Señor, Él mismo nos sostendrá, con tal que oigamos obedientemente su voz. Si no lo hacemos, quedaremos atrapados, adormecidos e inconscientes, despreciando la exhortación y cayendo en los lazos del pecado y del diablo. En fin, estas piadosas exhortaciones concuerdan plenamente con lo que el apóstol dijo de nuestro espíritu santificado y de nuestra unión con Cristo; son medios externos que Dios emplea para el perfeccionamiento de los creyentes.

    ¿Acaso esta exhortación no es clara y saludable? Dice: “No reine el pecado en vuestros cuerpos mortales, para que lo obedezcáis en sus concupiscencias”. Mira, si la situación ya es tan grave que nunca puedes estar totalmente libre del pecado, por lo menos no dejes que te domine, sirviendo voluntariamente al pecado.

    Que el pecado todavía more en ti, que todavía sientas malos deseos, ya es una ofensa contra la santa Ley de Dios. Y si Dios te juzgase conforme a eso, serías condenado por el mero deseo de pecar. Pero como en esta vida jamás podemos estar totalmente libres de malos deseos, siendo que la pureza perfecta pertenece “a los nuevos cielos y a la nueva tierra, en los que mora la justicia” (2 P.3:13), podemos emplear la gracia que Dios nos concede para resistir al pecado. No dejemos que domine en nuestros cuerpos mortales, permitiendo que el perverso deseo de pecar se convierta en hechos. Antes andemos conforme al Espíritu, aunque sintamos las tentaciones de la carne (Gá.5:25).

    Vayan aquí algunos ejemplos: Supongamos que alguien te insultó con palabras y hechos. Y tu corazón quiere enardecerse de ira. No cedas a esa ira ni le des vía libre, profiriendo palabrotas y mostrando gestos groseros. Antes sigue el buen consejo de David: “¡Temblad, y no pequéis! Meditad en vuestro corazón, estando en vuestra cama, ¡y callad!” (Sal.4:4). Calla, rogando al Señor por su gracia y su poder. Ora la oración del Señor, particularmente la petición que dice: “¡Y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores!” Y conserva esa actitud, hasta que se te pase la rabia…

    Si la codicia quiere seducirte a hacer un negocio deshonesto; si los deseos impuros quieren arrastrarte a cometer actos inmorales; si el orgullo quiere envanecerte pretendiendo bienes y lujos más allá de tu condición económica… entonces vela y ora, para poder resistir a todas esas codicias y tentaciones a pecar. Emplea todos los medios de gracia posibles para mortificar tus deseos carnales y no llegar a servirles.

    Dios prohíbe y condena aun el deseo pecaminoso, por eso el pecado debe ser mortificado ya en su origen. Mientras vivamos en este cuerpo frágil y mortal tenemos que combatir, suprimir y mortificar los malos deseos, a fin de que no se fortalezcan ni lleguen a consumarse. Dice Lutero: “Dios no nos perdona el pecado para hacer lo que la carne codicia y dormir tranquilos. Por el contrario, nos lo perdona para que lo sometamos y mortifiquemos, de modo que ya no sea más nuestro amo, sino nuestro esclavo, y ya no nos cause daño”.

    Tú debes ser el amo que le diga a la carne: “Estás llena de impureza y maldad, envidia, odio, venganza y malos deseos. Pero deberás permanecer atada y sometida al Espíritu, aun contra tu voluntad. Inmundicia, tú ya no tienes nada que hacer aquí, porque en este cuerpo manda el Espíritu, que conservará el dominio, y reprimirá tus malos deseos. Sí, Él te crucificará y matará”.

    Tal vez no podamos usar siempre un lenguaje tan valiente. Cuando arrecie la lucha, probablemente tengamos que invocar al Señor con lágrimas, sabiendo que estaríamos perdidos si Él retirara su ayuda. Sí, eso es lo que debemos hacer.

    Con su ayuda podremos vencer, para no servir más al pecado, y en cambio seguir siempre “andando en el Espíritu” (Gá.5:16-25).

    Publicado por editorial El Sembrador