13.Por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios.Ef.2:8
“Gracia” es una palabra clave en la enseñanza de la salvación. Por eso tenemos que comprender claramente qué significa. Puede parecer un concepto muy fácil de entender, mientras sólo sea algo teórico o un tema de conversación. Pero tan pronto como llegamos a la aplicación, cuando nuestra bienaventuranza o condenación eternas dependen de ella, no existe palabra más difícil de entender y creer correctamente, que la palabra “gracia”. La doctrina de la gracia es una parte sumamente importante de la doctrina acerca de Dios. Y conocer correctamente la gracia de Dios, es la vida eterna.
En primer lugar hay que señalar que todo el mundo está en una densa oscuridad en cuanto a la gracia de Dios, ésto cuando se piensa que gracia significa indulgencia; que Dios, sabiendo lo débiles que somos y que no podemos ser perfectos, acabará aceptándonos y perdonándonos a todos, así nomás. Alguien podría argumentar: “¿Pero, acaso Dios no es piadoso? Y: ¡Si Él es misericordioso no puede ser tan riguroso con nuestras faltas!” Este es el sermón de la falsa gracia, por medio del cual la serpiente antigua –el diablo- adormece y engaña la conciencia de todo el mundo. De esta manera convierte la gracia de Dios en una blandura de carácter, y así destruye su justicia y la verdad de sus juicios.
Lo que la Escritura enseña acerca de la gracia de Dios es algo muy distinto; algo muy diferente; que aprendemos cuando leemos que el sudor de Cristo en su agonía fue “como grandes gotas de sangre”; y recordamos los azotes y la burla que soportó, y su grito desgarrador cuando murió (Lc.22:44ss; Mt.27:46-50).
Si pensamos en la caída de Jerusalén (Lc.19:41-44), y en todas las cosas terribles que le acontecieron al pueblo escogido (Mt.23:38); y recordamos que “ni un pajarillo cae a tierra sin la voluntad de nuestro Padre” (Mt.10:29), vemos que la gracia de Dios no es una floja concesión o debilidad. Es cierto que el corazón de Dios siente un inmenso amor y piedad hacia nosotros; sin embargo, eso no puede anular su justicia, que es igual de grande. El Salmo 89:14 dice: “Justicia y juicio son el cimiento de tu trono; misericordia y verdad van delante de tu rostro”. Nadie tiene acceso a la gracia de Dios, si no está en absoluta armonía con su justicia. Cristo lloró por Jerusalén porque la amaba tanto, pero no pudo salvarla, porque sus habitantes no quisieron escuchar su voz.
Cuando hablamos de la gracia perdonadora de Dios, por medio de la cual Él recibe al pecador en su comunión y favor, siempre hemos de tener presente que Él nunca concede esa gracia desligada de Cristo. Pero, si la persona cree en Cristo, entonces posee todo lo que Él es e hizo por nosotros. Entonces también posee absoluta gracia, paz y comunión con Dios. Porque así como no hay gracia aparte de Cristo, sino sólo por medio de Él, así también, por otra parte tampoco se contará ninguna culpa, trasgresión o indignidad a los que están en Cristo Jesús. Eso es lo que significa la gracia. Gracia es lo contrario de cualquier obra o mérito propios. Esto es una aclaración sumamente importante, si queremos entender lo que es la gracia.
El apóstol Pablo dice: “Y si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia. Y si por obras, ya no es gracia; de otra manera la obra ya no es obra”. Y: “Pero al que obra, no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda”. (Ro.11:6; Ro.4:4). Aquí se contraponen mérito y gracia. Y en nuestro texto de hoy el mismo apóstol dice: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Ef.2:8-9). En todos esos versículos vemos que gracia y obras -gracia y méritos propios- son conceptos totalmente opuestos entre sí. Uno necesariamente excluye al otro. Las Escrituras enseñan que el hombre se justifica y salva solo por gracia. Los que disfrutan de esta gracia no sólo son personas que no tienen ningún derecho a este obsequio, sino -por el contrario- sólo merecen el castigo y la ira de Dios. No merecerían otra cosa que el castigo de Dios mientras viven en este mundo, si Dios los tratase de acuerdo a sus méritos. Completa justicia demanda completa santidad, y ellos, en lugar de eso, sólo registran continua pecaminosidad.
En tanto que todo esto no sea más que una doctrina teórica, es relativamente fácil entenderlo. Pero cuando Dios escoge a alguien y lo despierta de su sueño espiritual, entonces esa persona ve y siente su profunda y enorme depravación moral que contamina sus pensamientos, deseos y emociones en lo más íntimo de su ser. Sabe que su corazón siempre quiere ir por el camino equivocado, y que la “carne” está llena de malas inclinaciones, que se le vuelven cada vez más evidentes y penosas, por la obra del Espíritu Santo que actúa en él.
Entonces entender qué es la gracia, y que toda esa depravación no la detiene ni la anula, se convierte en un arte cada vez más difícil. Pues cuando la inmensa gracia de Dios nos hace acceder a los sublimes derechos que tenemos como hijos de Dios, la reprobación del pecado en la conciencia también se torna cada vez más penosa.
En la misma medida en que Dios es piadoso, todo pecado se torna más reprensible y condenable. Y entonces, cuando el maligno ya no puede mantener adormecida y tranquila a la persona, continuamente se empeña en llevarla a la desesperación y al horror, para lo cual emplea cualquier medio. Primero constantemente trata de “avivar” el pecado que aún queda en él, y luego, por medio de todas las amenazas de Dios trata de horrorizar y atormentar el alma, de confundir el intelecto en cuanto a la gracia de Dios, y de recalcar perpetuamente la santidad de Dios y su ira contra el pecado. Por esto, para retener el verdadero y pleno significado de la palabra “gracia”, se necesita una sabiduría que excede el intelecto humano.
Quiera Dios guardar a todo creyente del tremendo error de pensar que uno ya sabe todo eso. Todos los verdaderos santos siempre siguieron siendo pequeños alumnos de la gracia. Eso se ve fácilmente en el lamento, el temor, la agonía y el dolor en los salmos de David y en la historia de todos los santos.