13.Pero al que obra, no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda.Ro.4:4
Lutero llama a eso “ocuparse con obras”. La Biblia sueca lo tradujo: “Al que depende de obras”. El apóstol se refiere aquí a la persona que hace buenas obras con la intención de acumular méritos y salvarse a sí misma por medio de su propia buena conducta. Y menciona como lo contrario “al que no obra, sino cree en Aquel, que justifica al impío, (a ese) su fe le es contada por justicia” (v.5). La expresión “el que no obra” significa “el que no deposita su confianza ni la fe de su corazón en su conducta”. La buena conducta o las buenas obras en sí mismas no serían ningún obstáculo para la justificación ante Dios, si el corazón estuviese muerto para la Ley y con fe en Cristo. En ese caso las obras serían un fruto de la fe, y un testimonio de la justificación.
Cualquiera sea tu manera de pensar y tu religión, puedes depositar tu confianza sólo en una de estas dos cosas: En tu propia persona y mérito, o en Aquel que justifica al pecador. El mérito de nuestras propias obras, y los méritos de Cristo, son totalmente opuestos entre sí. Si deposito mi confianza en mi propia conducta, es imposible que la deposite también en Cristo. Mis obras y méritos propios serán lo más importante en mi corazón y pensamiento, por más que lo niegue con mi boca. Entonces seré un pecador que pretende justificarse con su esfuerzo propio, y de parte de Dios recibiré sólo lo que me corresponde. Al tal “no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda”. Obtiene un salario, pero no como gracia u obsequio, sino como deuda o mérito propio. Si cumplió todos los requisitos establecidos por su Señor, obtiene el salario convenido. En ese caso, el “obrero” tampoco tiene necesidad de agradecerle a su Señor, como el que recibe un obsequio por gracia. No, porque su salario es algo bien merecido. Por el otro lado, si tiene deficiencias en el cumplimiento de sus obligaciones recibirá el correspondiente castigo.
No se le dará nada por gracia. Así es la Ley: Inflexible. Quien recurre a ella para justificarse, será juzgado de acuerdo a sus demandas. No hay indulgencia o transigencia de parte de Dios: Al que se atiene a sus propias obras meritorias, se le retribuirá sólo de acuerdo a lo que merezca. No obtendrá nada por gracia.
Es posible que la persona que hace buenas obras para justificarse acumule muchos más méritos que la persona que busca y obtiene la gracia de Dios. Esto parece injusto y muy duro. Pero de nada sirve protestar. Hay un tono muy severo e inexorable acerca de esto en la Escritura. El propio Señor Jesucristo lo explicó en la parábola de los obreros de la viña (Mt.20:1-16).
Cuando uno de los obreros murmuró y protestó, el dueño de la viña no cedió en lo más mínimo, sino que respondió: “Amigo, no te hago agravio; ¿No conviniste conmigo en un denario? Toma lo que es tuyo y vete”.
En Romanos 9 el apóstol emplea el mismo lenguaje contundente. Le preocupa la insistente autojustificación de los judíos, y la inevitable condenación que eso conlleva. Les dice que no importa cuánto trabajen y se esfuercen para justificarse a sí mismos: Tienen la elección de Dios en contra. Porque Dios eligió a los que creen en Jesús, y rechazó a los que se ocupan con obras propias para justificarse.
Dios mismo decide a quién quiere salvar: “No depende del que quiere y del que corre, sino de Dios que tiene misericordia. ¿Qué, pues, diremos? Que los gentiles, que no iban tras la justicia, han alcanzado la justicia, es decir, la justicia que es por la fe; mas Israel, que iba tras una Ley de justicia, no la alcanzó” (Ro.9:16; 30-31). ¿Y por qué no la alcanzó? Porque pretendió justificarse a sí mismo. Los otros, en cambio, recibieron la justicia de Cristo, por pura gracia; obtuvieron justificación por medio de la fe en Él.
De la misma manera habla en Gálatas 4. Ahí distingue entre dos clases de personas que buscan salvación. Eso está simbolizado por los dos hijos de Abraham: Ismael e Isaac. El primero era hijo de la esclava; el otro, hijo de la esposa. Así el apóstol distingue entre esclavos e hijos. A los hijos también los llama “hijos de la promesa”. Y luego anuncia que con los esclavos se procederá inflexiblemente, conforme a las palabras de Gálatas 4:30: “Echa fuera a la esclava y a su hijo, porque no heredará el hijo de la esclava con el hijo de la libre”.
“Los hijos de la esclava”, son los que pretenden justificarse con sus propias obras y penitencias. Se empeñan por mucho tiempo como esclavos en cumplir lo que sus religiones les estipulan, pero finalmente serán echados fuera. Son aquéllos seres humanos, que participaron de la fiesta de bodas del Reino de los Cielos, (de la iglesia aquí en la tierra), y que se esforzaron por realizar obras meritorias y conducirse piadosamente. Pero, finalmente se encuentran sin “vestido de bodas” y son echados “en las tinieblas de afuera, donde habrá lloro y crujir de dientes” (Mt.22:1-14). ¡Así de grande es el celo del Señor por ver perfectamente cumplida la justicia de la Ley y la gloriosa redención lograda por su Hijo! ¡Ah, que todos los que desean ser cristianos tengan esto bien en claro!
No se gana nada con dejar flotar los pensamientos a la deriva ni inventando una forma para la salvación de acuerdo a la propia opinión. ¡No! Dios ya pronunció su inexorable sentencia. ¡Recordémosla! No es una sentencia pronunciada por un ser humano; tampoco una sentencia que el ser humano puede cambiar y acomodar. Es el plan y la decisión definitiva, establecida por el propio omnipotente Dios: Solamente la persona que reconoce que es un pobre y perdido pecador se salva. Estos son los que desesperan de toda justicia y capacidad propias, buscando su salvación sólo en la justicia de Cristo.