13.Digo, pues, por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener.Ro.12:3
El apóstol dirigió la carta en la que se encuentran estas palabras, “a todos los que estáis en Roma, amados de Dios, llamados a ser santos” (1:7). Sin embargo, agrega expresamente: “A cada cual que está entre vosotros”. Su claro propósito era alcanzar a todos los creyentes, lo que nos dice que todos necesitamos esta advertencia. Por eso, que nadie se crea libre de la tentación a la soberbia. Es una tentación muy injuriosa, por eso el apóstol quiere amonestar a todos.
El mal contra el cual el apóstol nos advierte aquí es tener un concepto demasiado elevado de uno mismo, ensoberbecerse por sus dones y talentos y dejarse embelesar por el orgullo. Y a fin de distinguir aún mejor el objetivo que persigue, prestemos atención a la conexión entre este versículo y los siguientes (4-8).
Ahí el apóstol habla de los diferentes dones espirituales y de su correcto uso en la iglesia. Afirma que todos los fieles son miembros de un solo cuerpo, con muchos dones distintos, que no nos deben dividir (exaltándose unos y despreciando a los demás), sino unir, perseverando todos en un solo Espíritu, en humildad y amor.
Entender la amonestación de Pablo no significa que uno adquiera automáticamente la humildad de la que él habla. Pues para adquirirla se requiere decididamente la misericordiosa ayuda divina. Sólo así se podrá evitar que una persona se forme conceptos demasiado elevados de sí misma. Sí, se requiere la decidida y misericordiosa intervención de Dios, para evitar que la persona se vuelva totalmente desdichada, por culpa de esa fuerte y peligrosa tendencia al orgullo. Esa tendencia se encuentra tan arraigada en la naturaleza de todas las personas y es tan múltiple en sus manifestaciones y finalmente tan destructora de todo lo bueno, que el cristiano que la entiende puede temer por su salvación.
No se puede hacer nada sino clamar y orar: “¡Oh Dios, ten piedad de mí!” Nadie está libre de esa mala inclinación, que se agita en lo profundo de nuestra naturaleza. La encontramos inclusive en los niños. Pronto uno comienza a jactarse y a gloriarse frente al otro: “¡Sé hacer ésto o aquello mejor que tú!”, etc.
Al principio el propio Satanás, el ángel caído, infectó al ser humano con esa pérfida autoestima y soberbia, diciéndoles: “¡Seréis como Dios!” (Gn.3:5). Y esa actitud es adoptada fácilmente por todos, de modo que aun a los cristianos les resulta difícil ser humildes. Todos quieren trepar hacia arriba. Inclusive entre las personas poco talentosas y desafortunadas muchas veces aparecen extrañas manifestaciones de orgullo. Es una prueba de la profunda existencia de este mal en la naturaleza humana, que se evidencia de maneras tan diferentes.
Si la Palabra y el Espíritu de Dios no nos pueden mantener en humildad, sencillez y temor, y comenzamos a tener y a cultivar altos conceptos de nosotros, creyéndonos más inteligentes y sabios, más serios, fieles, piadosos, capaces y expertos que otros, podemos tener la seguridad que nuestra auto estima se derrumbará… Tarde o temprano cometeremos grandes locuras o caeremos en vergonzosos pecados. Contra eso no podremos defendernos con nuestro cuidado y empeño. El Señor Jesucristo declara categóricamente:
“Muchos primeros serán postreros, y postreros, primeros” (Mt.19:30). Y otra vez en Mateo 23:12 dice: “El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”. Y San Pedro nos dice cómo ocurre eso: “Porque Dios resiste a los soberbios” (1 P.5:5). Y cuando Dios nos resiste, es inútil que luchemos, porque no tendremos éxito. Hagamos lo que queramos, seremos derribados.
Si pensamos que somos más inteligentes y sabios que los demás, caeremos en más errores e insensateces que otros. Si nos creemos más piadosos y capaces que los demás, caeremos en más pecados y sufriremos más vergüenza que ellos.
Más de un prometedor joven o de una hermosa señorita fueron humillados para el resto de la vida, por causa del orgullo. ¡Y cuántos fieles creyentes cayeron en grandísimas insensateces sólo por dejarse embaucar por palabras lisonjeras y por la soberbia! Esto es tan evidente en las experiencias de cosas grandes y pequeñas, que todo el mundo aprendió a decir: “¡La soberbia precede a la caída!” Contra el orgullo no podemos protegernos ni prevenirnos a nosotros mismos.
Sólo podemos orar continuamente, invocando al Todopoderoso para que en su gran misericordia nos conserve humildes. A Él le alegrará oír esa oración. Y si su Palabra y Espíritu no nos pueden mantener humildes, el Señor ciertamente dispone de muchos recursos para lograrlo. Nos puede hacer pasar por experiencias humillantes. A pesar de lo amargas que fueren, si permanecemos en la fe veremos que eran un gran favor. Porque todo es piedad, comparado con la desgracia de que Dios nos entregue al orgullo y que seamos hallados entre los últimos y menores. ¡Ah Dios, ten piedad de nosotros! ¡Que nos toque cualquier mal, con tal de que no caigamos en el juicio de la arrogancia y del endurecimiento!