13 de junio 2026

    13.No teniendo mi propia justicia, que es por la Ley, sino la que es por la fe en Cristo, la justicia que es de Dios por la fe.Fil.3:9

    Cuando San Pablo dice: “Si uno murió por todos, luego todos murieron” (2 Co.5:14), al mismo tiempo está diciendo: “Si uno cumplió la Ley por todos, luego todos la cumplieron”. O sea, es como si todos la hubiesen cumplido.

    Pues Cristo fue puesto bajo la Ley “para que redimiese a los que estaban bajo la Ley” (Gá.4:4-5). Vale decir: Uno cumplió la Ley por todos. Si deseo ser cristiano, creer en Dios Hijo y honrarlo debidamente, debo afirmar con toda seguridad: He cumplido plenamente la Ley; estoy completamente libre de culpa.

    Por supuesto, no tengo todo eso por mí mismo; no soy así en mi propia persona, sino en Cristo. Él es mi Salvador, Mediador y Sustituto. Yo merezco ser arrojado “a las tinieblas de afuera”, si no le rindo a Cristo el honor de considerarme perfectamente redimido por medio de sus sufrimientos, y perfectamente justificado en Él. Porque si no creyese y confesase eso, sería como decir que Él no cumplió plenamente la obra de redención que había asumido; que no guardó perfectamente la Ley, ni sufrió todo el castigo que nosotros merecíamos.

    O sería como decir que Jesucristo no cumplió la ley ni murió por nosotros, sino que necesitaba hacer todo eso para sí mismo. Pero, ¿Qué clase de confesión sería ésa para un cristiano?

    Un empleado corrupto malversó los bienes de su empresa y fue denunciado. La justicia comprobó que era responsable de grandes pérdidas. Como no pudo reintegrar el dinero faltante, fue a parar a la cárcel. Pero por compasión hacia esa persona indigna, el hijo del jefe intercedió por él. Pagó la abultada deuda y se encargó personalmente de que se retirasen todos los cargos de la denuncia en su contra. El jefe aceptó la solución, quedando conforme.

    ¿Sería posible que le reclamasen a ese empleado que pagase otra vez la misma deuda? ¿Qué haría ese pobre infeliz si le exigiesen pagar todo de nuevo? No acudiría al hijo del patrón, para decirle: “¿Qué sucede? ¿Acaso no fue suficiente lo que has pagado? ¿No habías resuelto definitivamente mi problema?”

    Sería vergonzoso si ese empleado pensase: “Se me exige que pague otra vez porque no purgué mi condena ni pagué mi deuda con recursos propios. ¿Tal vez debo volver a la cárcel?” Pensar así sería lo mismo que decir que no se puede confiar en lo que el jefe y su hijo han dicho y hecho. La Palabra de Dios afirma claramente: “Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado, y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne” (Ro.8:3) Y en Gálatas 4:4-5 declara: “Dios envió a su Hijo… nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley.” Dice expresamente que Dios envió a su Hijo, para que hiciese lo que nosotros no podíamos hacer. “Nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley”. O sea, que fue a nuestra prisión, ¡Para librarnos a nosotros! ¡Parece un sueño… una fantasía!

    Sin embargo es la verdad divina y eterna, que Dios proclamó desde la fundación del mundo, que está registrada en las Sagradas Escrituras y que resume su revelación. Dios envió a su Hijo unigénito, para que fuese nuestro Mediador y Salvador. El propio Hijo declara acerca la ley: “He venido para cumplirla” (Mt.5:17). Y: “Por ellos me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad.” (Jn.17:19). Y en He.10:7,10: “He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad, como en el rollo del libro está escrito de mí…”

    Por esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo, “hecha una vez para siempre”. ¿Qué haremos, entonces, ante estas declaraciones de Dios? Ya es demasiado que Dios mismo nos ofrezca el cumplimiento de la ley.

    Dios fue inconcebiblemente generoso con nosotros en todo sentido. ¿Cómo no habríamos de aceptar su dádiva, como hijos agradecidos? Y con alegría y amor espontáneo corresponderle de todo corazón, empeñándonos sinceramente en honrarlo y servirle, ¡Haciendo todo el bien que podamos hacer! Siendo al mismo tiempo siempre conscientes de que nuestra justicia ante Dios consiste del cumplimiento de otro, de Jesucristo. Por eso esa justicia permanece invariable, aunque nosotros mismos estemos en nuestro nivel más bajo. Eso no la afecta, porque no se exigirá el doble pago por nuestros pecados.

    “Pero -preguntará alguno- ¿Qué podemos hacer, cuando la ley nos reprenda y acuse de pecado?” Respondo: Hemos de darle toda la razón, porque en nuestra carne efectivamente no hay nada bueno ni meritorio. Pero también hemos de remitir inmediatamente al que nos acusa con la ley a Cristo, quien es nuestra Justicia. Podemos decir: “Hay un hombre que lo cumplió todo en mi lugar, e hizo lo que yo debiera haber hecho. Él es mi garante”. Aunque el “Acusador”, usando la ley, tal vez insista, reclamándonos: “… tú también deberías ser santo y cumplir la ley”. Entonces respondamos: “Es verdad. Y cuando se trata de mi vida y conducta entre las personas que necesitan mi ayuda, puedes recordármelo y te escucharé. Pero si se trata de mi justificación ante Dios, ya no cuenta mi obediencia, sino la de otro; ya no cuenta mi piedad ni mi culpa.

    Estaría perdido si se me juzgase de acuerdo a mi piedad. Pero tengo la pureza y santidad de otro, es decir, de Cristo; tengo el amor y las buenas obras del Hijo de Dios, que se sometió a la ley y la cumplió por nosotros. Admito que en cuanto a mí mismo soy un gran pecador, y no pretendo que me conceptúen de otro modo, de manera que únicamente Cristo es toda mi Justicia. Como San Pablo, quiero ser hallado por Dios “no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe” (Fil.3:9).

    Publicado por editorial El Sembrador