13 de julio 2026

    13.Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no me habría escuchado.Sal.66:18

    Posiblemente te resulte difícil creer en tu adopción como hijo por parte de Dios. Sí, hasta puede parecerte imposible por uno u otro motivo. Entonces presta atención a la siguiente diferencia: Tal vez el motivo para tu falta de confianza se deba a que eres consciente de que vives en la práctica intencional de algún pecado, que no piensas abandonar. Por ejemplo, puedes estar abrigando un odio irreconciliable contra determinada persona. O puedes estar manteniendo relaciones sexuales prohibidas por Dios, o haciendo estafas con tus negocios o robando en tu trabajo. En fin: Puedes estar haciendo deliberadamente algunas de las “obras de la carne” (Gál.5:19), y tienes la intención de seguir viviendo así.

    Entonces no trates de neutralizar o acallar tales contradicciones por medio del Evangelio; de razonar y hacerte creer a ti mismo que a pesar de todo todavía estás en el Reino de Gracia, en la Iglesia. Porque la Palabra de Dios afirma claramente todo lo contrario. Y el Espíritu del Señor, que debe darte la seguridad de la fe y el testimonio de que eres un hijo de Dios, es “el Espíritu de la verdad”, un Espíritu puro y santo, que no puede darte un testimonio contrario a la verdad.

    Así siempre tropezarás en las palabras que dijo el apóstol al hechicero (Hch.8:21): “Tú no tienes parte ni suerte en este asunto, porque tu corazón no es recto delante de Dios”. No dice: Tus pecados son demasiado numerosos y graves. ¡No! Dice: “Tu corazón no es recto delante del Señor”. Pero alégrate que tampoco dice: “Por eso estás perdido para siempre”. Sino agrega: “Arrepiéntete, pues, de esta tu maldad, y ruega a Dios si quizás te sea perdonado el pensamiento de tu corazón” (v. 22). Ese hechicero estaba totalmente dominado por la hipocresía, “en hiel de amargura y en prisión de maldad”. Sin embargo, ni siquiera él es condenado, ¡antes, se le permite volver a Dios y pedir perdón! Pero notemos que el apóstol no sólo le dijo: “¡Cree en el Señor Jesucristo!” sino también: “¡Arrepiéntete de tu maldad!”

    Así dice también el Señor Jesús: “Si tu ojo te es ocasión de caer (si es motivo de tu perdición, un estorbo para tu vida en la gracia), sácalo y échalo de ti”. (Mt.18:9). No dice: “Cree en Mí, y no tendrás necesidad de sacártelo…” No, la fe en Jesús y la buena conciencia resultante, jamás pueden coexistir con pecados a los que nos sometemos para practicarlos voluntariamente. Estos siempre nos alejarán del “trono de la gracia”. Bien observa Lutero que muchos se mantienen alejados de la Santa Cena y la oración por vivir entregados a algún pecado, del que no quieren deshacerse, como rencores, pasiones, etc. “Para esa gente -dice- el mejor consejo sin duda sería que se deshagan del pecado y se vuelvan a Dios en oración y entonces tomen el sacramento. Esto sin duda les vendría mejor que seguir en el pecado y entregarse con cuerpo y alma al diablo”. Es mucho mejor -dice Jesucristosufrir la pérdida de un ojo y “entrar a la vida, que conservar los dos ojos pero ser echado al fuego del infierno”. ¡Seamos sabios! ¡Huyamos del pecado!

    La corona de la gloria es compensación más que suficiente por todo lo que podamos haber sufrido por crucificar la carne.

    Al perseverar en el pecado nos incapacitamos para la oración y perdemos la bendita paz de Dios en la vida presente, y el gozo celestial en la eternidad. Pero notemos que todo esto se refiere a los pecados a los que uno les presta lealtad, no a los que solamente nos causan placer. Porque el viejo placer del pecado siempre queda en la carne, inclusive en las almas santificadas por la fe. No; aquí nos referimos a los pecados a los que uno sirve. Eso es, cuando uno nuevamente se entrega a algún pecado, lo defiende y piensa seguir practicándolo.

    Y eso a pesar de que no se trata de algo dudoso, sino de algo obviamente malo, claramente prohibido por Dios. Aprobar algo así, siempre va contra la fe en Jesús y contra su gracia. Eso es muy diferente a la postura del creyente que confiesa: “Amo profundamente el pecado, pero odio y maldigo mi amor por él”, y busca la ayuda de Dios todopoderoso para sofocar el incendio de ese impuro amor. Mira, si ese es tu caso, si encaras de esa forma tu amor al pecado y buscas la redención del mismo, ya no debes huir en ningún momento de tu benigno Padre celestial, sino arrojarte inmediatamente a sus brazos, y creer con toda seguridad en su gracia.

    Y tenemos que estar en guardia para que no se nos ocurra esperar primero la liberación del pecado, antes de creer en la gracia. Pues justo ese tiempo de espera sería una poderosísima trampa del diablo, con la que podría atraparte. Sólo por la fe en Jesús es como puedes esperar cualquier redención, ya que tu naturaleza carnal ama el pecado. Si, es verdad que hay malos hábitos congénitos que perduran y nos molestan toda nuestra vida en este mundo. Esa plaga obliga a todos los santos a suspirar. “Sin embargo, por los pecados que lamentamos -dice Lutero- siempre tenemos el sacrificio de Cristo para interponer ante Dios”. Por eso tampoco nos condenarán, mientras permanecemos con Cristo, y el pecado, por consiguiente, también quede crucificado.

    Contra estos pecados y nuestras faltas diarias solo hemos de apelar, de todo corazón, confiada y perpetuamente, a las grandes y eternas razones para el perdón. Es decir: La gracia de Dios y los méritos de Jesús. Hemos de luchar, conscientes de que está en juego nuestra felicidad y nuestra vida eterna, y luchar, para conservar nuestra confianza como amados hijos de Dios. Recordemos siempre que el principal objetivo del diablo es arrancarnos esa confianza del corazón, someternos nuevamente a la esclavitud de la Ley, y arrojarnos a la desesperación. Por eso, busquemos la gracia de Dios en el Evangelio y en la Santa Cena; pidamos su ayuda en oración y recurramos también al consejo y a la intercesión de los hermanos de la fe. De manera que nuestras conciencias no vuelvan a ser esclavizadas, y por el contrario, puedan vencer en todas las luchas por la fe en Jesús.

    Publicado por editorial El Sembrador