13.¡No contristéis al Espíritu Santo de Dios!Ef.4:30
¿Cómo se contrista y expulsa al Espíritu Santo? En general, se contrista al Espíritu cuando no se obedecen sus santos impulsos en el corazón, que nos urgen a usar la Palabra de Dios, a orar, o hacer cierta buena obra. También con toda clase de desobediencias. El Espíritu Santo quiere determinada cosa. Nos anima a hacerlo, y cuando no le queremos obedecer, lo contristamos y expulsamos. Por ejemplo, quiere darte conocimiento de pecado y de culpa, causarte profundo remordimiento, arrepentimiento y deseos de reconciliación con Dios. Pero cuando tu te alejas de esos importantes objetivos… cuando no escuchas su voz, y borras las santas impresiones que te deja, en vez de conservarlas y profundizarlas por medio de la Palabra… cuando no temes perder la fe, ni le suplicas a Dios que te afirme en la gracia, entonces desprecias y apagas al Espíritu de Dios (1 Ts.5:19).
El Espíritu ataca y reprende determinado pecado en ti, y te exhorta a dejarlo. Pero cuando no quieres obedecerle, y en cambio muestras adicción al pecado y lo sigues acariciando, entonces contristas al Santo Espíritu de Dios. Sí, y también cuando de hecho quieres dejarlo, pero no inmediatamente. Por ejemplo, cuando quieres ser convertido al Señor, pero “todavía no”. Entonces hay una falsedad en tu espíritu, un menosprecio del tiempo de “tu visitación” (Lc.19:44), que puede hacer que el Espíritu de Dios se aleje de ti.
De igual modo, cuando quieres arrepentirte y convertirte, pero no quieres oír al Señor y seguir los pasos que Él te prescribe. Por ejemplo: Él te dice que eres un pecador perdido y que has sido redimido por Cristo; por lo tanto, primero debes arrepentirte, luego creer y regocijarte en Él, y entonces, como fruto de la fe, ser obediente a su voluntad. Pero cuando no quieres aceptar este consejo de Dios, y luchas contra su elección, entonces contristas su Santo Espíritu.
Y cuando efectivamente quieres seguir la voluntad del Señor, pero no quieres emplear el Medio de Gracia ordenado por Dios a tal efecto… o sea, su santa Palabra; cuando no quieres emplear tu tiempo para leer, oír y meditar en ella, entonces tientas a Dios y apagas su Espíritu.
Nota bien esto último: Quieres arrepentirte y ser convertido, pero mediante esfuerzo propio en tu corazón. Ruegas misericordia y ayuda del Espíritu para que te convierta, pero no empleas el Medio que el Espíritu utiliza. De ese modo nunca obtendrás lo que pides. Dios jamás prometió escuchar semejante ruego. ¡No! Dios te dio su Palabra, por medio de la cual te quiere hablar e instruir. Mediante su Palabra quiere vivir y obrar en ti.
Tener acceso a la Palabra de Dios, a maestros y consejeros cristianos, tener comunión con los hermanos fe, pero despreciar a todos estos agentes del amor, y todavía rogar por fe y gracia para ser convertido, es tentar al Señor. Es como pedirle a Dios que mantenga tu vida corporal, pero no nutrirse con el alimento que te dio para mantenerte.
Que no puedas hacer todo lo que el Espíritu te alienta hacer, no lo detendrá. Él está dispuesto a hacer su obra en ti, a pesar de que eres un débil pecador.
Lo que repele al Espíritu es la hipocresía y la desobediencia intencional. Pero Él no solamente puede ser contristado cuando comienza su obra en el alma. ¡No! Inclusive cristianos que “ya fueron hechos partícipes del Espíritu Santo” (He.6:4), siempre corren ese riesgo.
Fue a los fieles de Éfeso, que ya habían sido “sellados con el Espíritu Santo” (Ef.1:13), a quienes San Pablo escribió: “¡No contristéis al Espíritu Santo de Dios!” Y ¿con qué podían ellos contristar al Espíritu de Dios? Todo pecado lo contrista, aun el más oculto en lo profundo de nuestro corazón, como pensamientos arrogantes, malos deseos, envidia, falsedad etc.
Pero recordemos: Sólo cuando te alejas interiormente de Dios y comienzas a defender y amar al pecado, expulsas al Espíritu de Dios.
En cambio, cuando un creyente se censura a sí mismo, a su pecado; sufre, lucha, suspira y ora para librarse del mismo… allí el Espíritu se encuentra como un médico en un hospital: Rodeado por enfermedades, deficiencias, heridas y penas. Sin embargo, está en el lugar apropiado, en su verdadero campo de acción. El Espíritu de Dios puede ocupar muy bien el corazón de un pecador, aunque esté lleno de impurezas, enfermedades, heridas y abscesos que le hacen gemir y suspirar. Si no fuese así, ningún cristiano podría retener al Espíritu de Dios ni por un solo día. Lo que expulsa al Espíritu de Dios lo señala el propio Señor Dios cuando dice: “No contenderá mi Espíritu con el hombre para siempre”. (Gn.6:3).
Este es el punto decisivo. Cuando un ser humano ya no permite que el Espíritu de Dios lo reprenda, sino que cobija, excusa y defiende la maldad… entonces contrista y provoca al Espíritu Santo, obligándolo a huir de allí. “No permiten que mi Espíritu los reprenda”, dice Dios. Y esto no sólo ocurre cuando alguien se opone frontalmente a la censura de la Palabra, diciendo: “¡No me importa!”
Sino también cuando tergiversa y acomoda la Palabra, y se niega a aceptar su obvio significado, porque reprende su pecado favorito. Y cuando no busca en la Palabra el medio para escapar del pecado, sino más bien un apoyo para poder seguir practicándolo. Cuando alguien, en vez de buscar la forma de abandonar el pecado o de escapar del mismo, trata de retenerlo, tal persona, resiste la reprensión del Espíritu de Dios.
Por su parte, el espíritu legalista quiere justificarse ante Dios por medio de sus propias fuerzas. Cuando ese “espíritu de la esclavitud” quiere apoderarse del alma de una persona, si ésta no da lugar a la obra del Evangelio de la gracia de Dios en Jesucristo, y en lugar de eso sigue sus razonamientos y sentimientos, oponiéndose constantemente al Evangelio y al piadoso Salvador que le ofrece la gracia, también resiste y contrista al Espíritu Santo.