13.Yo conozco tus obras, que tienes nombre de que vives, y estás muerto.Ap.3:1b Ésta es una sentencia terrible. El Señor habla aquí del tipo más sutil y oculto de hipocresía. Una persona puede parecer intachable en cuanto a su cristianismo; puede ser un miembro muy activo y ejemplar en la iglesia, capaz de hablar de arrepentimiento y fe, de gracia y santificación. Más aún, puede estar viviendo en conformidad con su confesión y con las prácticas cristianas, de modo que la gente que mira sólo las apariencias, lo considera honesto. Pero a pesar de todo esto, en su ser interior, oculto y silencioso, puede faltarle algo muy importante que es: la vida espiritual. Por ejemplo, no conoce al espíritu del temor del Señor, tan característico de cristianos verdaderos. Un espíritu que hace que uno desconfíe de la “santidad” propia, por el temor de engañarse uno mismo. El espíritu que está en disconformidad con la naturaleza perversa (la cual lamentablemente aún subsiste en el cristiano). Este temor es el efecto de la Ley y es parte de la experiencia de todo verdadero cristiano. Una consecuencia de la falta de ese temor es que la persona tampoco conoce el alivio y el descanso que Cristo ofrece a todas las almas cansadas y agobiadas.
No llega a gustar el doble alivio que siente un hijo de Dios, al confesar un error cometido y al recibir el perdón. Nunca siente ese gozo puro que confiere el evangelio de Jesucristo que, para su asombro, resplandece aun en los ojos de los niños verdaderamente creyentes y que caracteriza sus vidas. El falso creyente lee en la Sagrada Escritura acerca de las señales de la fe, los frutos del Espíritu, característicos de la nueva vida. Sin embargo, aunque sabe que le faltan esas señales, sigue creyendo lo mejor acerca de sí. No deja que las señales indicadas en la Escritura lo alarmen, confía más en sí mismo que en la Biblia, y permanece inconmovible. Sin duda, esto es una mala interpretación de la gracia de Dios.
Cuando alguien ve que no tiene en su vida los frutos y señales de la verdadera fe, que se describen en las Escrituras y que son producidos por el Espíritu, y no obstante permanece calmo, sin alarmarse, imaginando que la gracia de Dios es tan rica y abundante que también cubrirá esa falta… tal persona convierte la gracia en libertinaje. Esto sucede en forma muy sutil y oculta, pero a la vez es algo tan perverso, como si uno pasase su vida cometiendo los más reprobables pecados de la carne, bajo el manto de la gracia.
No queremos decir con esto que la gracia no sería lo suficientemente amplia como para perdonarlo todo. Pero lo que sucede es que el corazón no es sincero ante Dios, sino que se burla de su gracia. El estado de tal persona es una muerte espiritual oculta. De esta maldad, de convertir la gracia en permiso para la lascivia, Cristo acusa al ángel de la iglesia de Sardis, en forma tan chocante:
“Yo conozco tus obras, que tienes nombre de que vives, y estás muerto”. Notemos eso: “Tienes nombre de que vives”. Tu confesión y tu vida son tales, que todos te consideran y reciben como a un verdadero cris tiano. No perteneces al mundo infiel, del que se sabe que no tiene vida espiritual. No, tú estás en el rebaño de los fieles cristianos. Sin embargo estás espiritualmente muerto. Jesús se refiere a esta muerte oculta en Mt.25. Con este ejemplo Cristo describe el estado de las almas. Allí habla de diez vírgenes, cinco de ellas prudentes y cinco insensatas. Las diez vírgenes eran muy parecidas exteriormente. Todas eran vírgenes, o sea, separadas del mundo, de su corrupción y de sus vicios. Todas tenían lámparas, y salieron a recibir al esposo.
Nadie sospechaba que entre ellas habría alguna diferencia mayor. Pero en la actitud de esas vírgenes había una diferencia, y era una diferencia tan importante, que cinco se quedaron fuera de la boda para siempre. No se habían aprovisionado de aceite. Sus lámparas no se pudieron encender más; sus llamas se apagaron; estaban “muertas”. Si esas vírgenes insensatas hubiesen pensado en la posibilidad de lo que iba a pasar, sin duda habrían preparado mejor sus lámparas.
Aun un cristiano honesto está en peligro de convertir la gracia en permiso para la lascivia, si pierde “el espíritu del temor del Señor”, de modo que no examine más su vida interior y el poder de su fe. Si se queda encantado con el mero conocimiento teórico y se conforma con los ritos y ceremonias. Si piensa que basta con acudir a la gracia de Dios por medio de Jesús, y que no importa la total falta de vida espiritual en su corazón. De hecho, ya está en peligro cuando comienza a sentirse satisfecho consigo mismo, a perder el horror ante el pecado, a abandonar la lucha interior, y cuando creer en Jesús comienza a parecerle algo fácil. Un cristiano puede caer fácilmente en esa actitud cuando comprende el peligro opuesto: El peligro de fundamentar nuestra esperanza y consuelo en la vida interior, en la presunta bondad de nuestro propio corazón; el refinado error de la auto-justificación, que nos impide confiar en los méritos perfectos de Cristo, sin haber logrado primero la superación y el mejoramiento de la conducta propia. Cuando el cristiano es consciente de este error, puede caer fácilmente en el extremo opuesto: El error de despreciar ligeramente, en su falsa seguridad carnal, la amonestación apostólica: “Examinaos a vosotros mismos, si estáis en la fe” (2 Co.13:5).
Esta frialdad es una secreta muerte espiritual, que conduce a la muerte eterna, hace que uno no se sienta impulsado a refugiarse en Cristo. Uno apenas lo adora con la boca, y lo “honra” con una “fe” glamorosa pero muerta, desprovista del hambre de perdón y de la sed por la piedad. Es una clase de “fe” que no se regocija en el Salvador Jesús. El camino que conduce a la vida es realmente estrecho, y el misterio de la piedad, grande.