13 de abril 2026

    13.Porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos.Gá.3:27

    El apóstol afirma que fuimos bautizados “en Cristo”. Si bien Jesús ordenó que el bautismo habría de administrarse en el nombre de la Santa Trinidad: Padre, Hijo, y Espíritu Santo (Mt.28:19), aquí se dice particularmente “en Cristo”.

    Es que solamente el bautismo en el nombre del Dios Trino nos une a Cristo, y sólo en Él hay salvación y bienaventuranza eterna. Sólo Él es “el camino” y “la puerta”. Nadie viene al Padre sino por Él (Jn.14:6). El Padre exaltó a Cristo como autor de nuestra salvación; como nuestro Profeta, Sacerdote y Rey. Dice el Salmo 2:12: “¡Honrad al Hijo!” y en Mr.9:7: “¡A Él oíd!” Por esto debemos ser bautizados “en Cristo”, y así, estar unidos a Él, porque sólo en Él hay vida. Esa breve preposición “en” señala precisamente la unión íntima con Cristo, y la participación en todos los bienes que nos da el bautismo. Esta unión y participación se expresa aún más claramente en Ro.6:5 con la declaración: “Fuimos plantados juntamente con Él”. Porque a una persona bautizada y creyente ya no se la debe considerar más como un individuo separado, sino como parte y miembro del cuerpo de Cristo (Ef.5:30).

    De modo que lo que concierne al miembro, concierne también a la cabeza; y lo que posee la cabeza, lo posee también el miembro.

    Pero, ¿puede ser verdad esto? ¿No estamos usando palabras demasiado fuertes y gloriosas aquí? ¿Es cierto que el bautismo obra una unión tan íntima con Cristo, que equivale a ser trasplantados “en Él”? ¿Fue eso lo que el apóstol quiso decir al hablar del bautismo? Para librarnos de dudas, analicemos lo que dice aquí: “Porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos”. Notemos la expresión: “Revestidos de Cristo”. Quiere decir que estamos encubiertos en Él. El apóstol se refiere a la misma unión íntima con Cristo cuando utiliza la expresión “plantados” o “injertados” en Él (Ro.6:5; 11:17).

    Significa que llegamos a unirnos a toda su persona; que poseemos la misma dignidad; que agradamos al Padre igual que Él.

    Todo esto puede parecernos demasiado grandioso y maravilloso. Pero eso se debe sólo a la abominable incredulidad de nuestros corazones, y a la poderosa influencia del diablo, que no quiere dejarnos disfrutar ningún consuelo verdadero, que pudiera ir en detrimento de su reino. Sin embargo lo que nuestro Dios, tan rico en amor, ha hecho por nosotros los seres humanos, ¡es infinitamente mayor y superior a todo lo que podamos pensar o sentir nosotros! ¡Sin duda Dios nos creó para ser sus hijos y herederos de todo su Reino! Ha entregado a su unigénito Hijo, primero para que fuese nuestro Hermano, nuestro semejante, y luego nuestro Salvador, Intermediario y Defensor. Nos dio, y nos sigue dando diariamente, su Santo Espíritu, que realiza su maravillosa obra en nuestras almas. No podemos negar nada de todo eso. ¿Sería, entonces, extraño, o esperar demasiado de su amor, confiar en que nos dé también un medio para unirnos a Cristo como lo es el santo bautismo? Este es un acto externo y visible, por el cual el Espíritu Santo otorga al ser humano individualmente la gracia de Dios; lo recibe y lo santifica en la misma.

    Los apóstoles explican el bautismo diciendo que por medio de él nos “revestimos” de Cristo (Gá.3:27); que somos “plantados” con Él (Ro.6:5): “lavados” de nuestros pecados (Hch.22:16; 1 Co.6:11; Ef.5:26); “regenerados y renovados” por obra del Espíritu Santo (Tit.3:5). Siendo así, tendría que extrañarnos que se siga despreciando esta preciosa institución de la gracia de Dios. Pero este desprecio del bautismo proviene de la misma causa que indujo a los judíos a despreciar a Cristo; es decir por su apariencia externa tan miserable y modesta. Cristo nació en un establo. Vivió más pobre que las zorras en sus guaridas y que las aves en sus nidos (Lc.9:58); fue un “varón de dolores, experimentado en el quebranto” (Is.53:3): y finalmente murió crucificado “entre malhechores” (Lc.23:32), “despreciado y desechado entre los hombres, y como que escondimos de Él el rostro… no lo estimamos” (Is.53:3).

    Lo propio ocurre con el bautismo. Solo miramos el agua -como dice Lutero-, “con los ojos de una vaca, que la conoce como bebida”; pero nos olvidamos completamente de que a esa agua Dios ligó su promesa. Obramos como aquel general sirio, quien, cuando Eliseo le dijo que se lavara siete veces en el Jordán, y que así sería limpio de su lepra, pensó solamente en la calidad de esa agua, (2 R.5:1-27). No tuvo en cuenta para nada que a las aguas del Jordán el profeta había ligado la promesa de Dios.

    ¡Qué clara es la explicación del bautismo en el catecismo de Lutero!:“El agua, en verdad, no hace cosas tan grandes, sino la Palabra de Dios, que está en unión con el agua; y la fe, que confía en esa Palabra de Dios con el agua. Porque sin la Palabra de Dios, el agua es simple agua y no un bautismo; más con la Palabra de Dios, es un bautismo, esto es, un agua de vida, llena de gracia, y un lavamiento de regeneración en el Espíritu Santo”.

    En su sabiduría, Dios ligó nuestra salvación y bienaventuranza eterna a un medio muy humilde, a fin de ponernos a prueba para ver si confiamos en su Palabra, o si por el contrario estimamos más el tamaño y la apariencia.

    Este método divino de probarnos en cosas muy pequeñas e insignificantes obra como un colador, separando la cáscara del trigo. O como un paso muy estrecho, por el que entran a su Reino sólo los que son realmente fieles y espiritualmente pequeños o pobres. Por eso Jesús dijo con relación a los niños: “De los tales es el Reino de los Cielos” (Mt.19:14); y San Pablo declaró que: “Dios escogió lo vil y lo menospreciado del mundo, y lo que no es, para avergonzar a lo fuerte… y deshacer lo que es” (1 Co.1:27-28).

    Cuidémonos mucho, pues, de esa bestia feroz para las cuestiones espirituales, que es nuestra razón. No nos olvidemos de cuán corto es nuestro entendimiento, que se queda contemplando el agua del bautismo y deja fuera de consideración al glorioso Dios, que en su infinita gracia unió su promesa de vida y bienaventuranza eterna al bautismo: Mr.16:16.

    Publicado por editorial El Sembrador