12.Tu Palabra me fue por gozo, y por alegría de mi corazón.Jer.15:16
Aquí el profeta nos muestra el beneficio y la necesidad de usar y aplicar la Palabra de Dios. Pero tenemos poderosos enemigos que se nos oponen. Es decir: Nuestra carne perezosa, el mundo seductor y el traicionero Satanás. Por esto, muchas veces queremos dejar caer los brazos por falta de fuerza. No podemos describir debidamente la importancia de la Palabra de Dios. La verdadera causa de la miseria espiritual en el mundo, de todas las deficiencias dentro de la iglesia, y de cada cristiano individualmente, es la negligencia frente a la Palabra de Dios.
Por otro lado, el uso frecuente y correcto de la misma es la causa de todo progreso espiritual en el mundo. El ser humano ha caído en el pecado, y las consecuencias de esa caída son muy lamentables: Incredulidad, iniquidad, confusión, materialismo, rebeldía etc. Sin embargo, todo eso tiene cura. La piedad y justicia de Dios no pudieron dejar al hombre en ese estado sin un remedio capaz de restaurarlo. Él nos dio un remedio del cielo: su santa Palabra, una sagrada semilla que, implantada en el corazón humano, es capaz de restaurar la imagen de Dios, devolver luz al intelecto, santidad, buena voluntad y poder espiritual. Si somos espiritualmente ciegos, duros de corazón, infieles, carnales, rebeldes y esclavos del pecado, no importa, todo eso tiene cura con el remedio que Dios nos proveyó desde el cielo. Con este remedio podemos recobrar la vista espiritual, volvernos contritos y fieles, ser salvos y libres por medio de la fe en Cristo. Pero sin aplicar este remedio, nos resulta imposible superar la maldad dentro de nosotros y ser restaurados, aun invocando a Dios de todo corazón, aun velando y luchando a muerte contra el mal. Es todo en vano. La avalancha de la corrupción irrumpirá con furia incontenible.
Todo esto lo confirma también la experiencia. Hay pueblos e iglesias con fieles Pastores, siempre predicando, arando, sembrando y regando la semilla plantada con intercesiones y lágrimas, y no obstante la gente sigue incorregible. Sus guías no llegan a ver ninguna mejoría permanente, ni los frutos del Espíritu. No hay frutos de la fe ni piedad verdadera. Apenas unas manifestaciones esporádicas de pensamientos y sentimientos religiosos. ¿Y cuál es la razón? Si investigamos veremos que la gente todavía no comenzó a leer y aplicar la Palabra de Dios a su vida. Y mientras no lo hagan, todos los buenos sermones que oyen desde el púlpito se pierden en el aire y no llevan fruto.
Existen ocasiones y lugares donde se produjeron asombrosos despertares, con mucha gente respondiendo positivamente al llamado de Dios; donde el panorama espiritual comienza a reverdecer y a florecer; donde el corazón se regocija en la esperanza de ricos frutos de esas hermosas plantaciones de Dios. Pero apenas pasan unos años y quien visita de nuevo estos campos casi no los reconoce. Miramos entristecidos la tierra devastada, donde sólo vemos los espinos y abrojos de impudicia e impiedad en aumento. ¿Y cuál crees que fue la causa? Sí, no hubo nadie que se hiciese cargo de la feligresía, y los miembros por sí mismos no estudiaron la Palabra ni la aplicaron a sus vidas. En otros lugares, donde tal vez no hubo ninguna personalidad sobresaliente dirigiendo la obra del Señor, pero donde la propia feligresía había comenzado a edificarse mutuamente con la Palabra, la vida espiritual se mantuvo. Y nos regocijamos y llenamos de admiración al ver que allí no sólo se preservó la obra de Dios, sino que también creció, avanzó y maduró visiblemente. Este fenómeno es muy frecuente, y cualquier creyente con algún conocimiento del estado de cosas en el Reino de Dios lo percibe. ¿Y cómo explicarlo, sino aludiendo a la eficacia esencial de la Palabra?
Todo esto es obra del Espíritu Santo. ¿De qué virtud propia que te habría conservado y fortalecido la vida espiritual vas a jactarte? ¿Eres tan fuerte y fiel, tan despierto e inteligente, que tú mismo te conservaste firme en todas las tentaciones? No, no tienes nada de que gloriarte a ti mismo. Sólo te cabe alabar la fidelidad de Dios. Y Dios es igual de bondadoso y fiel con todos.
Donde el cristianismo se apagó, no fue por falta de piedad de parte de Dios, sino por negligencia y descuido de parte de los miembros. Allí los Medios de Gracia quedaron olvidados, mientras que nosotros los aprovechamos. A pesar de nuestra pereza natural, todo el tiempo estuvimos aprovechando la Palabra: Leyendo y oyéndola con gozo, aunque también nosotros tenemos bastante negligencia que reprocharnos. Y también conocimos diferentes efectos y condiciones a este respecto. Por ejemplo, a veces, después de un prolongado descuido de la Palabra, nos volvimos fríos, indiferentes, interiormente intranquilos, y débiles para resistir las tentaciones, mundanas y carnales. En cambio, cuando hemos aprovechado la Palabra de Dios con más diligencia, nuestro hombre interior se fortaleció. Más aún, ¿acaso no estuvimos más de una vez por caer en pecado por exceso de confianza en nosotros mismos, pero gracias a un versículo bíblico, a un sermón, a una Palabra de Dios que nos despertó del sueño, quedamos a salvo? ¿O estábamos espiritualmente fríos e indiferentes, y todo el mundo nos parecía oscuro y sombrío, pero entonces dimos casualmente con un versículo o capítulo de la Biblia, o con el párrafo o el testimonio de un buen libro, o nos encontramos con un amigo que tenía la Palabra de Dios en su boca, y encontramos el calor de una vida nueva, y nos reanimamos?
¿Acaso no debimos confesar entonces con David: “Si tu Ley no hubiese sido mi delicia, ya en mi aflicción hubiera perecido”? (Sal.119:92). Dios mantuvo nuestra vida en la gracia por medio de su santa Palabra. Lo mismo ocurre con todos los demás cristianos. No en vano la Palabra de Dios se llama un Medio de Gracia. Sin ella es imposible conservar la gracia de Dios y la vida espiritual.