12.Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia.Ro.6:14
El apóstol hace una declaración extraña. ¿Cuál es la razón por la que el pecado ya no tendrá dominio sobre los que ya no vivimos bajo la Ley, sino bajo la gracia? Son dos razones. La primera descansa en la calidad del corazón del regenerado por la gracia. Y la segunda, en el corazón y gobierno de Dios.
Cuando un alma “por la Ley quedó muerta para la Ley” (Gá.2:19), y en adelante vive por la fe en Jesús, por pura gracia, esa persona recibió un nuevo corazón; un corazón que de ahí en adelante ama sinceramente a Dios y a su santa voluntad, y odia el pecado.
Anteriormente, mientras no conocía el evangelio de Jesús ni creía en el perdón de Dios, estaba esclavizado bajo el yugo de la Ley. Pensaba que debía satisfacer las demandas de la Ley de Dios por medio de su esfuerzo propio, y concebía a Dios como a un Juez airado y amenazante a causa de sus pecados. Así, su angustiado corazón no podía amar a Dios ni odiar al pecado. Es cierto que las amenazas de Dios lo dejaban preocupado por su pecado y le hacían sufrir a causa del mismo. Sin embargo, nunca podía aborrecerlo y maldecirlo sinceramente. ¡No! Su relación con el pecado era la de un enamorado separado por la fuerza; se separaba de lo que amaba sólo por conformar a su severo padre. Como en su imaginación Dios sólo era un amenazante y airado Juez, no podía amarlo, ni deleitarse, ni regocijarse en Él, por lo que su “amor” era falso, contaminado con el pecado que Dios condena.
Bien dijo un creyente: “Al pecado no perdonado se lo sigue amando. Sólo al pecado perdonado se lo odia”. Y el amor es el mayor poder en el hombre. El objeto de mi amor me domina. El amor y regocijo en el Señor, y el odio hacia el pecado surgen en el alma que el Señor libra de la esclavitud del pecado y traslada a su Reino de Gracia. Y esas virtudes no son solamente una respuesta de amor natural. Son la “simiente de Dios” en los regenerados (1 Jn.3.9). El Espíritu Santo, morando en el corazón del creyente, produce esos frutos.
Y es sólo esta simiente de Dios la que vence, domina y destruye el pecado; la que logra que “no practiquemos más el pecado”, como dice San Juan (1 Jn.3:9). Ya no podemos sentirnos felices con el pecado, y por eso no podemos seguir siendo “siervos del pecado” (Ro.6:18). Así, el pecado ya no domina más. Esto es lo primero que hemos de notar aquí, para entender el texto.
Pero aún, hay todavía otro secreto. El apóstol dice que “el pecado ya no se enseñoreará de vosotros, porque ya no estáis más bajo la Ley, sino bajo la gracia”. Esta declaración se basa en algo más que en nuestra mentalidad nueva y santificada. Se basa en Dios. El secreto es el siguiente: Cuando una persona “ha muerto para la Ley” (Ro.7:4), y tiene su consuelo sólo en Dios y en su gracia, está en la situación de un niño débil y dependiente, de quien Dios mismo se hizo responsable.
El apóstol dice: “Cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Co.12:10b). Así, expresa el secreto. Esto se basa en lo que dijo el Señor: “Mi poder se perfecciona en la debilidad” (2 Co.12:9). Solo los débiles comprueban el poder de Dios. Dios no les concede su poder a los “fuertes”; a los que todavía creen que tienen suficiente fuerza de voluntad como para arreglárselas solos. No, Dios les concede su poder a los que quedaron avergonzados y quebrantados con todas sus obras propias, y los que por eso ahora confían sólo en la gracia.
Los que todavía están bajo la Ley, los que aún no quedaron exhaustos y demolidos, sino creen que ellos mismos son capaces de dominar su naturaleza pecaminosa, éstos todavía confían en su propia capacidad. Y aun cuando oran a Dios pidiéndole poder, es contrario a la sabiduría y a la gracia de Dios concederles ese poder, porque en lo más íntimo de su ser todavía confían en su propio poder. Todavía no están “muertos” para la Ley, y no confían solamente en la gracia.
Si miramos sólo superficialmente la piedad de una persona autosuficiente, nos puede parecer que posee el poder de Dios para deshacerse del pecado. Sin embargo, el Señor dice que es sólo una pureza aparente, como la de un sepulcro blanqueado (Mt.23:27). El Espíritu Santo todavía no le reveló el poder mortal del pecado. Mientras la persona todavía cree poder realizar algo bueno para salvarse a sí misma con su propia capacidad y con sus observancias, significa que el poder de su depravación interna todavía no está quebrado.
Muy distinto es el caso de los que ya desesperaron de sí mismos y hallaron toda su justicia y fuerza únicamente en Cristo. El Señor mismo asume la responsabilidad por esas almas decaídas, por esos hijos débiles y dependientes. Él los consuela y les asegura: “Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en tu debilidad” (2 Co.12:9). Esta es la segunda razón, por la que el apóstol puede declarar que el pecado no se enseñoreará de los que ya no están bajo la Ley, sino bajo la gracia.
Todo esto es un secreto para nuestra razón. Por eso necesitamos prestar atención especial a la instrucción que el apóstol nos da aquí: Podemos controlar el pecado sólo cuando no estamos más bajo la Ley, sino bajo la gracia.