12.Mi reino no es de este mundo.Jn.18:36
Como son los reinos de este mundo, lo podemos ver con nuestros ojos. Consisten en el poder del dinero y de las armas; ostentan títulos y honores; actúan a través de medios externos, se ocupan de bienes materiales y de lo concerniente a la vida terrenal. Por otro lado, el reino de Cristo es espiritual e invisible, y resulta despreciable ante la sociedad. No se ocupa primeramente de las cuestiones de la vida presente, sino de la vida venidera.
Ningún gobierno humano tiene el poder de librarnos de los males más graves: Los espirituales y eternos. El poder del pecado hace que hasta el gobernante más fuerte le rinda reverencia. “El príncipe de este mundo” obliga a todos los gobernantes a servirle, -a no ser que hayan sido redimidos por Cristo. Todos los reyes tienen que poner a un lado su cetro, y dejarse llevar por la muerte. Y hasta el gobernante más poderoso del mundo será condenado como cualquier otro, si muere sin estar convertido.
Contra los males más graves, -los espirituales y eternos-, los gobiernos de este mundo no sirven. En cambio, el reino de Cristo, sí nos sirve para eso. En este mundo, el reino de Cristo no tiene mucho valor. Ante la sociedad, es poco atractivo y despreciable, como lo fuera su Rey cuando estuvo ante Poncio Pilato, con el rostro ensangrentado y sufrido. Así es despreciado su reino.
El reino de Cristo, no protege a sus ciudadanos de las tiranías de este mundo ni de las injusticias que puedan sufrir. Tampoco nos libra de nuestras cargas y cruces; no nos exime de los sufrimientos ni de las tentaciones y tribulaciones del pecado y del diablo.
Pero, el reino de Cristo nos libra de la ira de Dios y de la condenación eterna; nos libra de la culpa y del dominio del pecado; nos libra del control del diablo y del infierno. Los que creemos en Cristo y estamos en su reino, no moriremos eternamente. No, cuando la muerte acabe con nuestras despreciables vidas aquí en este mundo, entonces recién comenzaremos a vivir. Iremos directamente a la gloria de Cristo, para estar con Él. Así es el reino de Cristo, y a eso se refiere Él cuando dice: “Mi reino no es de este mundo”.
Tenemos que tratar de grabar en nuestra memoria cómo era la vida de nuestro Rey aquí en este mundo, porque en su vida tenemos representada nuestra propia vida, nuestro paso de los sufrimientos a la gloria. Esto es especialmente necesario porque tantas veces nos podemos asombrar por el estado del reino de Cristo en este mundo. Esto confunde a veces hasta a los más destacados discípulos. Por eso es muy importante recordar cómo el poder terrenal trató a nuestro Rey, y así saber diferenciar las apariencias transitorias, de la realidad eterna.
¡Contempla qué persona sublime y gloriosa estaba ante Pilato! ¡Qué grande fue la degradación de la cual fue víctima, y que despreciable era su apariencia!
En realidad, Él es “el Señor de la gloria,” el unigénito Hijo del Padre, a quien Él le ha dado “todo poder, en el cielo y en la tierra” (Mt.28:18), y “un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Fil.2:9-11). Ese es el rey Jesucristo en realidad.
¿Pero, cuánto de su gloria y majestad se puede ver en Él? Nació en un establo y fue acostado en un pesebre. A lo largo de su vida fue “despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto” (Is.53:3). Fue tan pobre, que una vez dijo: “Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; más el Hijo del hombre no tiene donde recostar su cabeza” (Mt.8:20). Cuando hizo su entrada triunfal en Jerusalén, -que fuera predicha por los profetas-, cabalgaba un asno prestado, y estaba sentado sobre una montura hecha con la ropa de sus pobres discípulos…
¿Es este el Rey de gloria, al que los profetas le cantaron alabanzas desde el comienzo del mundo? Sí, este es el “Rey de gloria, …el fuerte y valiente” (Sal.24:8), pero nadie podía ver en Él nada externamente atractivo y glorioso. Por eso no es de extrañar que tantos lo hayan mirado con desprecio, y burlándose pensaran que si era un rey, debía ser el rey de los mendigos…
Ahora saquemos la debida conclusión: Así como es el Rey, así debe ser también su reino. Un reino de contrastes inmensos: Por un lado, es un reino glorioso y precioso ante los ojos de Dios; por otro lado, poco importante y despreciable ante nuestros ojos y ante la opinión pública. Es un reino de paz y justicia, pero también con muchas falencias y constantes conflictos.
Los miembros de este reino gozan de la inmensa gracia y gloria de Dios. Son nada menos que: “¡Hijos de Dios!” ¡Hijos e hijas del Altísimo! Sí, somos hermanos de Cristo y coherederos con Él, y “brillaremos como el sol en el reino de nuestro Padre”. Pero tantas veces andamos por este mundo como si estuviésemos bajo la ira de Dios a causa de nuestros pecados. En esos momentos debemos recordar cómo vivió nuestro Rey, y comprender que así es en su reino en este mundo.
En nuestra vida terrenal, la gracia y la gloria que Dios nos ha dado, deben permanecer ocultas bajo el desprecio y la deshonra, para que nuestra fe se ejercite todo el tiempo.