12 de mayo 2026

    12.No os conforméis a este siglo.Ro.12:2

    Lo que se traduce aquí como “este siglo”, también se puede traducir como “este mundo” o “este tiempo”, o sea, el tiempo de vida en la tierra, como lo opuesto al “tiempo del mundo venidero”.

    El “espíritu del tiempo presente” depende del espíritu y de la conducta del mundo y consiste del mismo. O sea, las tendencias, gustos y valores de la mayoría de la gente; su modo vano y perverso de vivir, de acuerdo a la naturaleza caída, a “las tinieblas de este siglo” (Ef.6:12) y al “espíritu que ahora obra en los hijos de desobediencia” (Ef.2:2), el poderoso espíritu maligno, llamado también “el príncipe de este mundo”.

    Este mundo siempre es malo, hostil a Dios, seductor y peligroso. Por eso se lo llama también: “El presente siglo malo” (Gá.1:4). Por eso no podemos seguir ni conformarnos a este mundo, si queremos consagrarnos a Dios y a su voluntad (Ro.12:1; Ef.5:2). Quien desea ser un verdadero cristiano y discípulo de su Señor, toda su vida debe evitar la conducta ordinaria de este mundo y llevar una vida totalmente nueva en cuanto a su manera de pensar, de hablar y de actuar aquí en la tierra. En esas cosas piensa el apóstol cuando amonesta: “¡No os conforméis a este siglo!” Pero si hemos de seguir esta amonestación se requiere “que presentemos nuestros cuerpos en sacrificio vivo”, a Dios. Porque será muy amargo vernos frecuentemente tan abandonados y rechazados, como si tuviésemos a todo el mundo en contra. Incluso, padre, madre, hermanos, hermanas, y muchas personas bien intencionadas y respetables pueden llegar a ser nuestros enemigos. ¡No nos dejemos deprimir o confundir por eso!

    El propio Señor Jesucristo y sus discípulos debieron sufrir esto antes que nosotros. Si, miles de fieles se convirtieron en mártires, porque no se conformaron a este mundo. Por eso tenemos que decirnos: -Aunque vea a mis vecinos, viejos amigos y aun a mis familiares cristianos, proceder de otro modo para conservar la amistad y el respeto de todo el mundo, seguir a Cristo y a sus fieles. Con ellos estoy en compañía mucho mejor que la que pierdo. Tengo a Dios y a sus santos ángeles de mi lado, más aún, a todos los santos desde el principio del mundo. ¡Que Dios solo me conserve fiel hasta el fin!

    Asimismo, cuando vemos a unos jactándose de su cristianismo y al mismo tiempo cultivando una amistad íntima con los enemigos de Cristo, participando con ellos en pasatiempos censurables, profanando el día de reposo, en juegos de azar, desperdiciando el precioso tiempo de gracia en malas conversaciones… entonces los que realmente deseamos seguir a Cristo tenemos que pensar si Él o sus discípulos hicieron todas esas cosas.

    Si vemos a los que pretenden ser cristianos permaneciendo callados cuando debieran dar testimonio de Cristo, y del peligro en que se encuentran las almas de los no convertidos, entonces hemos de reconsi derar si eso está de acuerdo con el amor al prójimo y con el ejemplo de Jesús, que debe ser nuestra regla de conducta.

    Tanto en las cosas mayores como en las menores, tenemos que aprender a no “conformarnos a este siglo”. Notemos bien, sin embargo, que esto se refiere únicamente a cosas pecaminosas, contrarias a los sublimes Mandamientos de Dios y a la ley del amor. En lo demás, podemos parecernos a la gente en general.

    Podemos conservar nuestros modales naturales y no tratar ser diferentes, con modales fingidos o copiados, o con inútiles extravagancias.

    A veces el espíritu de la soberbia también tienta a las almas piadosas a conducirse como hipócritas, a enmascararse con una apariencia especial, o con alguna modalidad peculiar. Es verdad, que tales cosas pueden verse también entre los hijos de este mundo, a los cuales no nos hemos de conformar, pero eso no es a lo que el apóstol apunta aquí. Esas cosas son necedades nocivas, que le “dan lugar al diablo” (Ef.4:27).

    Nuestro Señor Jesucristo “fue hecho semejante a los hombres… y fue hallado en condición de hombre”. también en sus modales y costumbres, salvo en el pecado (Fil.2:7-8).

    Así, quien adquirió una sana y cristiana manera de pensar, siempre ha de tener en cuenta lo que beneficia a su prójimo, porque esa es la línea maestra de nuestra conducta. Pero en lo que se refiere a la fe y confesión, al celo por la gloria del Señor, al bienestar de las almas, y a la vigilancia sobre la propia persona, siempre seremos diferentes a la gente del mundo. Y no debemos preocuparnos por eso. Pues como peregrinos y extranjeros en la tierra, encaminados hacia nuestra patria verdadera -el cielo- el mundo impío siempre nos tendrá por locos, porque este mundo tiene su hogar y tesoro en la tierra. Precisamente en lo esencial, relacionado con el honor de Dios y el eterno bienestar nuestro y de los demás, no hemos de conformarnos a este siglo. Esto es lo que el apóstol desea imprimir aquí en nuestros corazones.

    Publicado por editorial El Sembrador