12 de marzo 2026

    12.Y dijo la serpiente a la mujer: ¡No moriréis! Sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal.Gn.3:4,5

    En estas palabras, podemos ver la hipocresía y astucia del diablo, ¡hablando por medio de la serpiente! Aquí Satanás se presenta “vestido de oveja”. Aparece esplendoroso, transformado en un ángel de luz. No les dice abiertamente a Adán y a Eva: “No deben hacerle caso a Dios”. Al contrario, invoca a Dios como testigo de lo que propone y pone las palabras de Dios como fundamento.

    Dios había prohibido que comieran del “árbol del conocimiento del bien y del mal”. Y el diablo se puso a explicar qué significaba eso, como diciendo: “Con el mismo nombre que le dio al árbol, Dios admitió que sirve para transmitir el conocimiento del bien y del mal, un conocimiento que el mismo Dios posee; de modo que al comer ese fruto, ustedes serán como dioses, conocedores del bien y del mal… Todas estas excelentes cualidades: Ser como Dios, ser sabio como Él, no puede ser algo malo. Y por eso, el amoroso Padre celestial jamás los castigará por comer sus frutos”.

    Algunos intérpretes de la Biblia explican así “las profundidades de Satanás” en este pasaje (Ap.2:24). Al escuchar las falacias del diablo, Eva tal vez pensó: “Si Dios sabe que nuestros ojos serán abiertos al comer de este árbol, no puede habernos prohibido hacerlo. Debemos haberlo entendido mal. ¿Pues cómo puede concordar tal orden con su bondad y amor? Y si realmente nos prohibió comer de ese fruto, es porque siente envidia de nosotros”.

    Vean ahí las “profundidades de Satanás”, que se revelan tanto más terribles si tenemos presente que en su profunda malicia, mezcla y pervierte verdades, por medio de expresiones ambiguas. Por ejemplo, promete que sus ojos serán abiertos, con lo que ellos podrían entender que obtendrían extraordinaria lucidez y sabiduría. Pero sin duda él pensaba en el lamentable descubrimiento que harían al darse cuenta de que fueron engañados.

    Lo peor de esta tentación, -y que ha afectado tan profundamente a todos los hijos de Adán que hasta hoy sigue siendo la verdadera base y fuente de toda depravación espiritual, de las peores tentaciones y de las más profundas caídas-, es la inspiración de la serpiente a la arrogancia, a la exaltación personal y a la rebelión contra Dios.

    Ya en las primeras palabras de la serpiente: “¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?” (Gn.3:1), está insinuada la protesta: “Ustedes, las criaturas más gloriosas de Dios; ustedes, los administradores de toda la tierra, ¿tienen que someterse a una limitación? ¿Acaso Dios no debería darles plena libertad?” Y cuando la audacia del Tentador llegó al colmo, afirmó abiertamente:“…y seréis como Dios”.

    Claro que no por una gracia o concesión especial de Dios, sino por conquista propia, por conocimiento personal del bien y del mal, por mérito propio.

    Esa mentira penetró hondo en el alma humana, y dejó tales marcas en los hijos de Adán, que hasta el día de hoy todavía reaparecen continuamente. La serpiente despertó la codicia del conocimiento para provecho egoísta, lo que contribuyó en forma especial en esta grande y terrible caída.

    Lutero dijo: “Es en realidad el mortífero veneno del diablo cuando el hombre quiere ser más sabio de lo que Dios dispuso”. En primer lugar, no hay nada que haya dejado más loca a la gente para temas espirituales, tan furiosamente hostil hacia Dios y a su voluntad, como la presunción de sabiduría. “Profesando ser sabios, se hicieron necios”, aun teniendo realmente un alto nivel de conocimiento natural (Ro.1:22). El apóstol dice acertadamente que “el conocimiento envanece” (1 Co.8:1).

    Así, un gran tesoro de conocimiento intelectual y científico, fácilmente llega a ser una poderosa tentación a la soberbia y egolatría. Al caer en eso, el ser humano inmediatamente se aleja de la sabiduría de Dios, más que cualquier otro, “Porque Dios resiste a los soberbios” (1 P.5:5) y retira su luz de los fatuos y arrogantes. Cuando Dios resiste a alguien, esa persona está perdida, y cae de una insensatez a otra.

    “Adquiere tal mentalidad,” -dice Lutero- “que confunde el pecado con justicia y la mayor locura con la suprema ciencia. Porque el diablo tiene el hábito y la habilidad de llevar las cosas a tal extremo, que cuanto más la persona se aleja de la Palabra de Dios, tanto más entendida e inteligente cree ser”.

    Publicado por editorial El Sembrador