12 de junio 2026

    12.Toda carne es hierba.Is.40:6

    Todo lo humano está contaminado, es falso, débil, cambiante, incierto y fugaz. Así son mis sentimientos y pensamientos. Por ejemplo: A veces veo a Dios en todos lados, y un minuto después pienso que Dios no existe. A veces pienso que Dios es pura gracia y amor, y otras veces me parece que Él está cansado, fastidiado y enojado conmigo; que se ha alejado y no quiere saber nada más de mí. En un momento dado pienso que soy un bendito cristiano, y al siguiente que soy un pecador perdido. En fin, mis pensamientos y sentimientos son como una caña sacudida por el viento. Todo es fluctuante, inseguro, inestable, fugaz y falso.

    Como dice el profeta: “¡Toda carne es hierba!” Al fin y al cabo, nada de lo que piense por mí mismo es totalmente confiable.

    Pues bien, ¿Qué dice esa eterna Palabra de Dios acerca de nosotros, de nuestra dignidad o indignidad, de lo que parecemos a los ojos de Dios? Dice: “Jehová miró desde los cielos sobre los hijos de los hombres, para ver si había algún entendido, que buscara a Dios. Todos se desviaron, a una se han corrompido; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno” (Sal.14:2-3). Y: “Vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal” (Gn. 6:5). Así lo confirma también el Nuevo Testamento: “No hay justo, ni aun uno” (Ro.3:10). Dice también que Dios es tan santo, que encuentra impurezas y necedades aun en sus santos.

    Es evidente que nadie puede permanecer en pie delante de Él; que todos los mortales merecemos su eterna condenación; que ante Él todos somos iguales; que el traidor Judas y el apóstol Juan, por sí mismos merecen la misma condenación; así como Pedro y el mago Simón (Hch.8:9-24), la virgen María y la pecadora en la casa de Simón el fariseo merecen el mismo infierno (Lc. 7:39). Alguien dirá: “¡Que tremenda locura es esa!” Sí, así es como protesta nuestra razón, y enseguida pone objeciones, tan pronto como se da a conocer la sentencia divina que dice: “No hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús” (Ro.3:22-24).

    Ante los hombres hay diferencias, pero no ante Dios. Aquí en la tierra hay diferencia entre el fondo de un valle y la cumbre de una montaña. Pero si hablamos de la distancia de la tierra al sol, entonces esa diferencia desaparece. No se la toma en cuenta. La distancia de ambos lugares al sol es tan grande, que sólo hablamos de la enorme distancia que hay de la tierra al sol, y no decimos: “Del fondo del valle hasta el sol la distancia es una, y desde la cima de la montaña al sol es otra”. Pues bien, para nosotros existen diferencias entre una persona y otra, pero no es así para Dios. Todo ser humano, inclusive el cristiano fiel y piadoso, en cuanto a su propia naturaleza no es sino un miserable gusano.

    Sus mejores acciones están contaminadas con el veneno de la vieja serpiente. Su fe, sus mejores obras, su caridad, su piedad y devoción fueron producidas en él por el Espíritu de Dios. Pero incluso esas virtudes fueron contaminadas con las impurezas de su pecado. Su fe quedó mezclada con dudas, ideas de autosuficiencia e incredulidad. Su amor es pobre, limitado y defectuoso.

    Su devoción y alabanza es fría y débil, indigna de la gran bondad y majestad divinas. Estas deficiencias serían suficientes para condenarnos. Para colmo caemos continuamente en pecado, y en nuestro peregrinaje nos ensuciamos una y otra vez . Nunca podemos prevenirnos lo suficiente como para no infectarnos de nuevo con impiedad. Toda la tierra está llena de injusticias, inundada con toda clase de pecados, como idolatría, incredulidad, preocupaciones y desesperación; abusos del nombre de Dios, perjurios, blasfemias, profanación del día de reposo, desobediencia, odio, violencia, venganza, fornicación, promiscuidad y degeneración sexual; avaricia, explotación, robo, fraude y estafas; mentiras, calumnias y codicias de todo tipo. Y si se pueden reprimir las manifestaciones groseras de esa maldad, el corazón no obstante hierve de malos deseos, pensamientos y codicias íntimas, que son impurezas ante los ojos del Santo Dios.

    ¡Tal es la situación de la humanidad caída! Y entonces, ¿Cómo vamos a comparecer ante Dios? ¿Cómo reparar nuestras ofensas? No podemos responder a ni una de las miles de acusaciones que hay en contra nuestra.

    Aunque hayamos sido fieles cristianos durante mucho tiempo, aunque hayamos trabajado mucho y realizado grandes cosas, todo eso no son méritos suficientes.

    ¡Ay de nosotros, si los santos ojos de Dios miraran nuestra dignidad! Un piadoso siervo de Dios, de avanzada edad, lo sabía y por eso rogó: “¡Oh Jehová… no entres en juicio con tu siervo! Porque no se justificará delante de ti ningún ser humano” (Sal.143:2). Para Dios ningún ser humano es justo en sí mismo.

    Esa es la sentencia del Juez Supremo. ¡Pero qué diferente pensamos y sentimos nosotros! Seguimos insistiendo que merecemos más bondad, si somos más piadosos. Pensamos que a Dios le resulta más fácil perdonarnos cuando nos portamos bien, que cuando pecamos. Si fuera así, la bondad de Dios y nuestra justificación dependerían, por lo menos en cierta medida, de nuestras obras y de nuestra dignidad. Pero vemos que la Escritura excluye eso terminantemente.

    Por lo tanto, recordemos que en cuanto a nuestros propios méritos, todos somos, en todo momento, igualmente indignos ante Dios. Esa es la sentencia de la Palabra celestial y eterna.

    Publicado por editorial El Sembrador