12 de julio 2026

    12.Nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios.Ro.5:2b

    “La gloria de Dios” puede referirse tanto a su gloria personal, como también a la que les dará a sus hijos. De todos modos, es esencialmente siempre la misma gloria. En efecto, Dios nos hará partícipes de su propia gloria. Como dijo Jesús: “La gloria que me diste, Yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y Tú en Mí, para que sean perfectos en unidad” (Jn.17:22-23). ¿Qué mente humana puede comprender todo lo que esas palabras nos prometen?

    Y aquí no hemos de pasar por alto, sino prestar la mayor atención a lo siguiente: El apóstol todavía no había hablado en su carta una sola palabra sobre la santificación y las buenas obras de los creyentes. Sin embargo ya anticipa, que estos se regocijan en la esperanza de la gloria de Dios. Con eso muestra que ellos no fundan esa esperanza en la santificación resultante de la fe.

    Dice que cuando somos justificados por la fe, inmediatamente tenemos paz con Dios, y esperanza de su gloria. Los regenerados, los hijos de la gracia, obtienen inmediatamente su derecho a la herencia celestial. El día después de Pentecostés, cuando la gente escuchó la predicación de Pedro, todos los que creyeron, inmediatamente también pudieron comer con los demás creyentes, “con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios” (Hch.2:46). También el eunuco etíope, que apenas había creído fue bautizado, “y “siguió gozoso su camino” (Hch.8:39); también el carcelero de Filipos, inmediatamente después de haber creído y haber sido bautizado, “se regocijó con toda su casa” (Hch.16:34).

    Todas esas personas no necesitaron esperar hasta “madurar en la gracia” y ver los frutos resultantes de su fe. No, bastó con el anuncio del Evangelio de la gracia de Dios en Cristo Jesús, para que obtuvieran un corazón gozoso y feliz.

    Y nadie puede obtener ese corazón feliz sin creer en la gracia de Dios, en su bondad inmerecida. Es cierto que los frutos del Espíritu nos pueden dar más seguridad de que nuestra fe es verdadera. Pero, ante todo, la fe y la esperanza deben apropiarse de lo que Dios prometió. Es decir, el perdón de los pecados y la vida eterna, por los méritos de Cristo.

    Que todos estén advertidos contra el peligroso error de pensar que cualquier persona, ni bien cree en Cristo como su Salvador, todavía no está preparada para entrar al Reino de los Cielos. Es un grave error pensar que primero hace falta cierta madurez en la gracia, y por lo menos algunos de los frutos del Espíritu. ¡Es una idea falsa y peligrosa! Es verdad que la madurez puede traer consigo una medida mayor de gloria, como revela la Escritura en algunos pasajes. Sin embargo, sólo por la fe en Jesús obtenemos inmediatamente el Reino de los Cielos, la adopción como hijos de Dios, y la herencia celestial.

    Y aunque viviésemos cien años bajo la formación y educación de la gracia de Dios, eso no acrecentaría nuestras razones para esperar la glo ria eterna. En el mismo instante en que un pobre pecador llega a la fe en Jesús, queda revestido con la ropa de bodas, con la que puede comparecer en la presencia de Dios.

    Tanto el malhechor en la cruz, que fue convertido a último momento; como San Juan, que trabajó toda su vida en el Reino de Dios, obtuvieron el mismo don, la misma vida eterna, por la misma gracia de Dios. Por eso San Pablo exhorta a los colosenses a “dar gracias con gozo al Padre, que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz” (Col.1:12).

    Todo el que recibe la gracia de nacer espiritualmente de nuevo, por medio de la fe en Cristo, es un hijo de Dios y puede tener la certeza de salvación y bienaventuranza eterna. Así como el derecho terrenal a una herencia depende de la voluntad del dueño y de la existencia del heredero. ¡Conceda el Señor que no solo tengamos esta esperanza, sino que también nos regocijemos en la misma! Así glorificaremos a Dios, y se multiplicarán nuestras fuerzas espirituales en la lucha.

    Para la batalla espiritual, el “yelmo de la salvación” es una parte muy importante de la armadura (Ef.6:17). Al luchar por la corona de la vida eterna, la tribulación de la vida presente no sólo nos cansará, también nos causará muchas heridas; recibiremos muchos “dardos encendidos”. Por eso es realmente necesario que refresquemos y fortalezcamos nuestros espíritus con la esperanza de la salvación y de la felicidad eterna. Si va desapareciendo ante nuestros ojos la imagen del bendito hogar celestial, y de la gloriosa corona de la vida eterna, ¡acudamos inmediatamente a las poderosas fuentes de nuestra bendita esperanza! El omnipotente y fiel Dios no defraudará nuestra esperanza. ¡Dejemos crecer nuestra fe, y en seguida seremos abundantemente bendecidos y enriquecidos! Miremos todo lo que Dios hizo desde el principio del mundo, y preguntémonos: ¿Es posible que Él creara al hombre sin un propósito mayor que acabar hecho polvo, después de haber gozado un poco y sufrido mucho sobre la tierra…? Las facultades del alma humana nos dicen que existe un propósito superior. ¡Y reflexionemos! ¿Acaso Dios hubiese entregado a su amado Hijo a una cruenta muerte de martirio sólo por nuestro bien temporal? ¿Acaso Dios instituyó el Día de Reposo y el ministerio de la Palabra y de los santos Sacramentos sólo para nuestra felicidad temporal? Dios envió su Espíritu a nuestros corazones para convertirnos en pecadores contritos, reanimados y santificados por la fe en Jesucristo; nos cargó la cruz y todas las correcciones que sufrimos diariamente; entonces, ¿podemos dudar aún de la gloria que todo esto anuncia? Y Finalmente: ¿Pudo habernos dado Dios todas las promesas de la vida eterna sólo para defraudarnos? “Señor, creo. ¡Ayuda mi incredulidad! (Mr.9:24) ¡Remédiala! ¡Fortalece mi fe!” Esa es la oración que necesitamos hacer para “retener firme hasta el fin la confianza, y el gloriarnos en la esperanza” (He.3:6b).

    Publicado por editorial El Sembrador