12.Si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente.Lc.13:3
Algunos dudan pensando: “El arrepentimiento es sentir remordimiento y tristeza por los pecados cometidos. Me temo que conmigo no es como debiera ser. Mi corazón se endurece fácilmente y me confundo una y otra vez. ¿Estaré realmente convertido?”
Es cierto que el arrepentimiento comienza con un sentimiento de culpa. Luego, durante los intentos por mejorar, nos lleva al conocimiento del pecado, de nuestra impotencia espiritual y a renunciar a todo esfuerzo por auto justificarnos. Pero, ¡atención! Para determinar si nuestro arrepentimiento es lo que debe ser, debemos saber cuál es el propósito del arrepentimiento en general, y analizar nuestro caso en particular. Porque cualquier cosa que cumple su propósito, es lo que debe ser.
Y ¿cuál es el propósito del arrepentimiento? Su primer y verdadero propósito no es convertirnos en personas agradables a Dios, y reconciliarnos con Él, sino en llevarnos a Cristo. Como lo declara San Pablo: “La Ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe” (Gá.3:24).
Por lo tanto, si puedes estar alejado de Cristo, tranquilo y contento en medio del mundo impío, sin tener la seguridad de tu reconciliación con Dios, entonces tu conversión y arrepentimiento todavía no son lo que deben ser.
Si aún tienes la ilusión de obtener la salvación mediante tus propios esfuerzos, remordimiento, piedad etc., significa que todavía no conoces bien el pecado.
Pero cuando ya no puedes vivir tranquilo la vida mundana sin la seguridad de la gracia de Dios… cuando ya no encuentras consuelo en ti mismo y te ves obligado a invocar a Cristo así como eres… entonces tu arrepentimiento es verdadero, porque cumplió su propósito, que es llevarte a Cristo, en quien tienes salvación y bendición.
Al creer en Cristo estás en tu “ciudad de refugio” (Nm.35:11; Dt.33:27
etc.). “El que tiene al Hijo, tiene la vida” (1 Jn.5:12).
Si pudiésemos alcanzar el arrepentimiento por nuestros propios medios, tendríamos el consuelo de haber logrado algo por nosotros mismos, pero la voluntad de Dios es que desaparezca todo otro consuelo. El verdadero arrepentimiento es diferente al arrepentimiento propio. Sí, es el reconocimiento de la dureza del corazón de uno y de la falta de temor de Dios.
Es ser consciente de la profunda y generalizada depravación del alma, que nos obliga a juzgarnos fundamentalmente a nosotros mismos. Es mucho más que una simple angustia momentánea: Es la plena convicción, a la luz de la Palabra de Dios, de que somos pecadores porfiados, impíos, perdidos y condenados.
¡Sólo entonces la sangre de Cristo puede recibir toda la gloria por nuestra salvación!
En resumen, si alguien pregunta cuánto dolor por el pecado hace falta para un saludable arrepentimiento, esta es la respuesta: Sólo lo suficiente para comprender que nadie puede vivir sin Cristo; que nadie puede vivir en paz con Dios, mientras no tiene la paz de Jesucristo, y es salvo por la fe en Él. No hace falta ni más ni menos.
Otro error es pensar que antes de creer en Jesús, uno primero tiene que sentir mucho pesar por el pecado, y que sólo después llegará el tiempo para la fe, la paz, el gozo y la santificación. ¡No! Lo decisivo tan sólo es creer en Jesucristo, y seguirle en arrepentimiento diario. El que haga eso, también obtendrá mayor conciencia de la gravedad del pecado.
Uno de los más astutos y efectivos engaños del diablo es el siguiente: Ve a una persona que cree en la Palabra de Dios, y desea que ésta domine su corazón y conducta, pero al mismo tiempo tiene cargada su conciencia con un grave pecado, así, le inspira los siguientes pensamientos: “El Evangelio, sin duda, es cierto y la gracia de Dios es muy grande. Los pecados pueden ser borrados, de modo que los pecadores, por lo general, pueden obtener gracia. Pero contigo es diferente, porque sabes muy bien lo que has hecho. Si tan solo no hubieses cometido este o aquel pecado (refiriéndose a uno de los pecados contra el quinto, sexto o séptimo Mandamiento), entonces también tú podrías obtener gracia. ¡Pero el tuyo es un caso muy especial!”
Miren, eso de que “tú eres un caso muy especial!” es la más ponzoñosa mentira de la vieja serpiente, que es “homicida” y “mentirosa” desde el principio (Jn.8:44).
La verdad es que no hay “casos especiales”. Ante Dios todos somos pecadores: “No hay diferencia” (Ro.3:22b); y tampoco existe una condición excepcional en que la sangre de Cristo no sea un rescate suficiente y poderoso, para el angustiado pecador que la acepta por fe. Este es el principal mensaje del Evangelio, confirmado con palabras y ejemplos tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. “Venid luego, dice Jehová, y estemos de cuenta: si vuestros pecados fuesen como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana” (Is.1:18).
Podemos ver qué grande es la gracia de Dios que perdonó a David, que había cometido adulterio y homicidio (2 S.11:12); a Manasés. (2 Cr.33: 12-19), al ladrón en la cruz a la derecha de Jesús (Lc.23:43), a la mujer pecadora (Lc.7:47), a Pedro que negó a su Señor (Mt.26:75) y en tantos otros casos… Sí, fue precisamente por condiciones tan excepcionales y difíciles, que nadie más en el cielo o en la tierra podía socorrer, que el Hijo de Dios se encarnó, derramó su sangre y murió, “para que todo aquel, que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Jn.3:16).