12 de enero 2026

    12.Cristo para esto murió y resucitó, y volvió a vivir, para ser Señor así de los muertos como de los que viven.Ro.14:9

    Los fieles creyentes en Cristo le pertenecen a Él siempre, tanto vivos como muertos. Esta bienaventurada condición es el fruto de la perfecta obra salvadora de Cristo; de su muerte, resurrección y eterna exaltación como nuestro Sumo Sacerdote y Rey. El verdadero propósito de toda su obra expiatoria era redimirnos del poder del pecado, de la muerte y del diablo. Él quiso obtener para Sí el derecho de perdonarnos, rescatarnos y constituirnos como ciudadanos de su Reino, ahora y para la eternidad. Sí, como dice nuestro texto: Para ser nuestro Señor, no sólo mientras vivimos aquí, en este mundo; sino también en la vida eterna después de nuestra muerte. Ese es el sentido de las palabras: “Cristo para esto murió y resucitó, y volvió a vivir, para ser Señor tanto de los muertos como de los que viven”. Tenemos aquí una obvia analogía entre Cristo, que murió y resucitó, y los súbditos, que vivos o muertos, quedarán bajo su dominio.

    Sabemos bien que se requirió tanto su muerte como su resurrección, para salvar nuestras almas. También sabemos que quien obtuvo el perdón y es salvo, pertenece al Señor, primero durante su vida en este mundo, y también después de su muerte, en la gloria celestial. Y todo esto gracias a la misma obra expiatoria, la muerte y resurrección de Cristo. Esto es lo principal. El apóstol nos muestra que la cabeza precede en todo, y que luego siguen los miembros.

    Primero vino Cristo a este mundo, para vivir y morir, luego resucitar y volver a vivir eternamente. El mismo camino debemos recorrer también nosotros, y a cada paso pertenecerle enteramente al Señor, primero durante nuestra vida en este mundo, luego en nuestra muerte, y finalmente en la vida eterna del más allá.

    Cuando el apóstol afirma, que Cristo obtuvo el derecho de ser nuestro Rey o Señor, con ello también explica por qué los creyentes nunca más deben vivir “para sí mismos”, sino considerarse en todas las instancias de su vida, posesión suya y servidores suyos. Él es nuestro legítimo Señor, Redentor y Amo. Por lo que también le corresponde gobernarnos, no solo en esta vida, sino también a través de la muerte y por toda la eternidad.

    Muchos aprendimos y declaramos nuestra fe en Cristo, con la explicación de Lutero del segundo Artículo del Credo Apostólico: “Creo que Jesucristo, verdadero Dios… y verdadero hombre… es mi Señor, que me ha redimido, rescatado y ganado a mí, hombre perdido y condenado, de todos los pecados, de la muerte y del poder del diablo; para que yo sea suyo, y viva bajo Él en su Reino, y le sirva en eterna justicia, inocencia y bienaventuranza, así como Él, resucitado de los muertos, vive y reina en la eternidad”.

    Esto es exactamente el sentido de nuestro texto y el resumen de todo el Evangelio de Dios. Es el fundamento de nuestra santa relación con Cristo. Por eso, el ferviente deseo de todos los cristianos es agradar en todo al Señor y procurar la gloria de su Nombre. O sea, vivir para Él.

    En 2 Co.5:15 el apóstol también dice: “Cristo por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para Aquel que murió y resucitó por ellos”. Desde que Cristo murió en lugar de todos, ninguna de las personas por las que murió puede seguir considerándose independiente y separado de Él. Deben considerarse siempre como miembros de su cuerpo, ligados y pertenecientes a Él, y por consiguiente, destinados a servirle. Por esta razón murió por todos.

    ¡Quiera Dios abrir nuestros ojos y nuestro entendimiento en este asunto! Si es cierto que el Hijo de Dios asumió naturaleza humana por amor a nosotros, y que dio su vida “ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas” (He.5:7), para que nosotros, a pesar de todos nuestros pecados, por medio de Él recobrásemos la vida y obtuviésemos eterna gracia, y heredásemos finalmente la bienaventuranza celestial, ¡cómo no habríamos de entregarle entonces toda nuestra vida, y dedicar todo lo que decimos y hacemos gozosamente a su gloria, servicio y agrado! Nadie tiene el derecho de disfrutar la vida presente, si no vive para Aquel que nos ha redimido de la muerte y condenación eterna. Ya es suficientemente lamentable, que aun los creyentes que se consagraron sincera y enteramente al Señor, no logren vivir perfectamente a su servicio y gloria.

    Pero, cuánto más terrible es cuando una persona ni siquiera dedica su vida a su glorificación, antes vive libre e intencionalmente para sí misma. Sin duda será una vida sin bendición alguna. Con referencia a esa clase de vida, Lutero profirió las horrendas palabras: ¡”Maldita al más profundo infierno la vida del que vive para sí mismo”! Sin embargo está a la vista de todos, cómo los hijos de este mundo viven exactamente esa clase de vida maldita, totalmente libres de la preocupación por el honor y la voluntad del Señor, procurando únicamente su propio placer en todos sus pensamientos, palabras y obras. Están ignorando y “negando al Señor que los rescató” (2 P.2:1), aunque profesen el nombre de cristianos. Y ciertamente no puede ser diferente mientras estén espiritualmente muertos.

    Cuando alguien realmente vive para el Señor, es sólo por un milagro de su gracia, que ha creado el nuevo nacimiento. Quienes resisten a la gracia que los llama al arrepentimiento y a la conversión, tienen que quedar entonces bajo el dominio de su naturaleza pecaminosa, y vivir sólo para sí mismos, bajo su propia responsabilidad. Y quienes viven así, para su placer personal, también morirán en la misma condición. Se condenarán a sí mismos a la muerte y al juicio. Sólo los que viven “en el Señor”, en comunión con Él, sí, únicamente éstos también morirán “en el Señor”, y entrarán a su gloria.

    Publicado por editorial El Sembrador