12.¿Cómo no nos dará también con él todas las cosas?Ro.8:32b Esta es una conclusión lógica de lo que fue dicho anteriormente. Puesto que Dios nos ha dado el mayor don de todos, no habrá de negarnos los dones menores. Evidentemente, su propio Hijo es el don más grande que jamás podríamos recibir. Por lo tanto, nada que sea bueno y útil les será negado a aquéllos a quienes Dios les ha dado semejante don. Él nos dará también “con él todas las cosas”. Las palabras “con él” indican que lo recibimos todo por causa de Cristo y porque se nos da a Él mismo primeramente, así como la novia también pasa a ser propietaria de los bienes de su marido cuando se casa con él. Así, junto con el Hijo, el Dios Padre nos ha dado grandes dones: La gracia eterna y el perdón de todos nuestros pecados; libertad del pacto de la ley y de todas sus maldiciones; eterna justicia, válida ante Dios; el don del Espíritu Santo; el servicio protector de los santos ángeles; la atención de nuestras oraciones y ayuda en todas nuestras angustias; victoria final sobre la muerte y parte en la herencia de la gloria celestial. ¿Es todo esto demasiado? No, en absoluto; el apóstol dice: “Él que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” (Ro.8:32).
La palabra: “cómo” expresa una convicción completamente segura, como que es algo lógico que Dios quiera darnos todas las cosas “con” su propio Hijo.
Este glorioso e inamovible fundamento del consuelo tiene que ser guardado en nuestra memoria, para que podamos acudir a él cuando necesitemos la gracia y la ayuda de Dios. Por ejemplo, cuando te sientes cargado y agobiado por tus pecados; cuando por tus descuidos caes repetidamente en pecado y crees que Dios debe estar cansado de ti, y estás a punto de desesperar. Pero aún oras y buscas perdón y misericordia ante el trono de gracia.
¿Cómo no te daría Él lo que le pides? Él no ha mezquinado a su propio Hijo, sino que nos lo ha dado para que seamos eternamente salvos, ¿cómo no habría de darte constantemente el perdón de tus pecados, sin tomarte en cuenta ni uno de ellos? Es algo que está decidido: Durante toda tu peregrinación por este mundo Él quiere cargar contigo, tal como eres, y llevarte en los brazos de su gracia. Y nos ha dado a su Hijo cuando aún éramos sus enemigos y detractores y estábamos inmersos en la maldad. ¿Cómo, entonces, podría Dios tomar en cuenta tus pecados ahora?
O puede ser que te alarmes y te asustes de ti mismo por tu incredulidad y dureza de corazón, porque no puedes creer y alegrarte en el amor de Dios y la entrega de su Hijo. Y suspiras diciendo: -¡Oh, si tan sólo tuviese más fe y vida en mi corazón! –Pero, ¿cómo no habría de darte Dios todo eso, si te ha dado a su propio Hijo? “¿Cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?” (Lc.11:13).
Puede que lamentes que ni siquiera oras tan ferviente ni tan seriamente como debieras. Te das cuenta de que eres frío y descuidado en la oración y quisieras que Dios te ayudara. ¿Cómo no habría de darte Él también esta gracia?
O si oras pidiendo que Dios te de humildad y pobreza de espíritu; que te mantenga consciente de tu fragilidad y de la perversidad de tu naturaleza. ¿Dejaría Él que cayeras en el orgullo y la soberbia? No, Él también oiría esta plegaria, y te daría mayor conocimiento de tu lamentable estado y de la gran perversidad que hay en tu corazón. Pero Él añadiría también más gracia y fe para ti, y te daría también todo lo que necesitarías para que no te pierdas, sino que obtengas la vida eterna.
Puede ser que sospeches sobre tu estado y temas que después de todo lo que has oído, visto y experimentado en el ámbito espiritual, serás, al final secretamente desengañado, y acabarás eternamente condenado. Por eso imploras a Dios como el rey David, diciendo: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón… y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno” (Sal.139:23-24). ¿Cómo no habría Dios de oír tal oración? ¿Cómo no habría de ocuparse Él de ti, para evitar que permanezcas en un falso estado espiritual? Él no ha mezquinado a su propio Hijo, sino que lo ha entregado por todos nosotros, y eso lo hizo cuando ni siquiera nos interesábamos por Él. ¿Cómo, pues, no habría de escuchar tu oración pidiendo la gracia de llegar a ser un honesto y fiel creyente?
O cuando enfrentas terribles tentaciones y no ves cómo podrías atravesarlas sin llegar a caer en pecado. Pero deseas vencerlas y le pides ayuda a Dios… o cuando sufres enfermedades, problemas económicos, necesidades físicas, o eres calumniado y acusado por otras personas… y no tienes en este mundo nadie que te ayude, por lo que te diriges a tu Padre celestial. ¿Cómo, pues, no habría de oírte y darte Él toda la gracia y la que necesitas? ¡Si Él no ha retenido a su propio Hijo, sino que lo ha entregado por todos nosotros!
En resumen, cuando las tribulaciones dentro y fuera acosan mi vida y se convierten en un torbellino de confusión en mi mente, y ya no sé qué pensar ni qué puede pensar Dios de mí… cuando mi conciencia me condena por mis pecados e infidelidades… ¡Qué alivio y consuelo indescriptible es poder mirar a Aquél que no escatimó ni a su propio Hijo por mí!
Desde el comienzo del mundo, por causa de Él, Dios ha oído y auxiliado a todos los que le han invocado.
Finalmente, cuando llegue mi última hora y tenga que morir, es posible que la oscuridad de la eternidad me rodee. Quizás mi alma esté llena de angustias y temores, por el pasado y por el futuro. ¡Qué consuelo recibiré si en esos momentos alguien puede decirme al oído: “Dios no ha escatimado a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros!” ¿Cómo no habría de ayudarte ahora? ¿Cómo no habría de ser Él tu fiel Amigo y Auxiliador en la hora de tu muerte, tal como lo fue durante tu vida? Cuando nuestro tiempo de prueba llegue a su fin, Dios renovará las abundantes riquezas de su gracia para con nosotros y entonces nos dará, en el más completo sentido, “todas las cosas” junto con su Hijo.