12 de agosto 2026

    12.De la manera en que abundan en nosotros las aflicciones de Cristo, así abunda también por el mismo Cristo nuestra consolación.2 Co.1:5

    Para que en este malvado y miserable mundo “no seamos consumidos de demasiada tristeza” (2 Co.2:7), y para que no perdamos nuestra maravillosa paz, es importante que nuestros corazones tengan su gozo y descanso únicamente en el Señor. Es bueno alentar y fortalecer nuestro corazón, meditando continuamente en las bendiciones celestiales que nos esperan.

    Podemos regocijarnos pensando anticipadamente en la felicidad, la gloria y las riquezas eternas, que heredaremos gracias a Jesucristo, nuestro Redentor. No podemos negar que al cristiano le pueden afligir experiencias indescriptiblemente amargas, en este malvado mundo, llamado acertadamente “valle de lágrimas”.

    ¡Cuánto sufrimiento y dolor provocó la caída del hombre! Desgarradoras pérdidas y penas; disgustos y agravios. Y al alma que vive bajo la corrección del Espíritu, ¡Cuánta preocupación le causa al corazón el pecado aún adherido a la carne, la conciencia angustiada, y los “dardos de fuego del maligno!” (Ef.6:16). Además, estamos rodeados por incrédulos, personas perversas, que -sabiéndolo o no- están confabulados con el enemigo de nuestras almas.

    ¡Cuántos males y perjuicios puede infligirle esa multitud de infieles al pobre hijo de Dios, que se atrevió a salir de Babilonia y anunciar su perdición! ¡Sin dudas, a los fieles cristianos les sobran luchas y sufrimientos! Ellos necesitan un poder superior y celestial para permanecer firmes en todas esas aflicciones, sin sucumbir en el camino Pablo afirma que no sólo encontró consolación, sino que además: “tuvo más gozo que pesar en todas sus tribulaciones”(2 Co.7:4).

    ¿Cómo ocurre esto? ¿Cómo puede alguien adoptar una postura tan extraña, y sentir gozo en la tristeza, e incluso “más gozo que pesar”? Seguramente hemos visto ejemplos de ello: Frágiles y débiles cristianos, a punto de perderlo todo, inclusive sus vidas, y no obstante, mostrando rostros sonrientes y corazones valientes. ¿Cuál es el secreto y el arte para adquirir un temple tan superior a lo normal? ¿De dónde obtener el valor para sostener una postura tan independiente, que toda la maldad del mundo y todas las fuerzas del infierno, no pueden arrebatarnos el gozo y la paz? ¡Oigamos y tomemos nota! Ocurre al recibir y guardar viva en el corazón una gran felicidad, la felicidad más trascendente que todas las amarguras que uno puede sufrir. Éste es el secreto: Poseer suficiente felicidad interior como para superar todo lo demás, no sólo con el frío conocimiento intelectual, sino también con la fe viva del corazón, confiando firmemente en Jesús. Se requiere, además de esa gran felicidad, la gracia del Espíritu Santo engendrando esa fe en el corazón.

    Pensemos en la siguiente ilustración: Una joven muy humilde, que vivía en la extrema pobreza, llegó a ser el gran amor de un hombre rico y culto. Ella también lo amaba a él, más que a su propia vida. Llegó el día de la boda. La joven se dirige a la magnífica residencia de su prometido, para desposarse con él y comenzar a compartir sus vidas y bienes. ¡Con cuánta facilidad supera ella todos los inconvenientes del viaje! ¡Con qué buen ánimo reacciona ante las pérdidas y contratiempos! Si alguna persona envidiosa la mira con malos ojos y le grita algún insulto, eso no le causa mayores problemas. El amor de su esposo y su sonrisa le bastan. Su corazón está completamente embargado de felicidad.

    De la misma manera, ¡Sólo hace falta que el alma se llene con la gran felicidad de saberse redimida por Jesús! ¡De haber sido elegida para la vida eterna, de ser un hijo y heredero del cielo! ¡De ser miembro de la Iglesia, la esposa del Señor de la gloria! ¡De estar en comunión con el Todopoderoso y contar con su agrado!

    Esta es la felicidad que supera todo lo demás. Poder apoyar la cabeza, con plena confianza, contra el pecho del Salvador, y decir con plena certidumbre de fe: “Mi Amado es mío; y yo soy suya” (Cnt.2:16). Eso nos puede “llenar” de gozo; es decir, si bien todavía no es lo mismo que el gozo celestial, sin embargo es lo máximo que se puede lograr aquí, en el Reino de la Fe, camino a las mansiones del Señor.

    Mientras estamos en este ámbito terrenal, sólo podemos ver y sentir lo que está dentro de nosotros y ante nuestros ojos. No obstante, por la fe ya hemos vencido y podemos regocijarnos de antemano con lo que nuestro corazón más busca y desea.

    Por eso podemos cantar:

    ”Bienaventurado aquel, que tiene todo en Él. Mi Salvador es Jesucristo, mediante la fe lo he visto”.

    ¡Esta es la alegría completa!

    Publicado por editorial El Sembrador