12 de abril 2026

    12.Pero ahora, aparte de la Ley, se ha manifestado la justicia de Dios.Ro.3:21

    Solamente la Justicia de Dios es la “roca de salvación”, en la que nuestras almas pueden descansar eternamente seguras, y sin la cual estamos completamente perdidos. Pero ella también es la “piedra de tropiezo” (Ro.9:33), contra la que arremetieron las tormentas y los aluviones de la impiedad de todos los tiempos.

    La “justicia de Dios” de la que se habla aquí, es el mayor milagro de la gracia de Dios revelado desde el cielo, y el secreto más extraño que nuestra mente pueda conocer. Aunque los seres humanos aprendamos y sepamos de todo, por nosotros mismos nunca podremos creer y entender correctamente el Evangelio y la “justicia de Dios”. Se trata de una revelación enteramente celestial y contraria a nuestra razón, particularmente a nuestra imaginación, que la combate intensamente. Esto no sucede solamente con los impíos. Personas instruidas y bienintencionadas también tienen opiniones equivocadas al respecto; no es que la Biblia hable de la “justicia de Dios” de manera confusa, sino que el Evangelio y la gracia son contrarios a nuestra naturaleza, razón e imaginación.

    Esta “justicia de Dios” difiere esencialmente de cualquier otra justicia. Ya por su origen es diferente de la justicia humana. Por ser la “justicia de Dios y de nuestro Salvador Jesucristo” (2 P.1:1), no es la justicia de seres creados, sino la del propio Creador. “Yo Jehová soy el que hago todo esto”, dice el Señor, refiriéndose particularmente a la justicia que habría de traer consigo eterna bienaventuranza para los hombres (Is.41:20; 45:7). Es la justicia divina y absolutamente perfecta, por ser la obra del propio Señor Jehová, exactamente así como la creación del mundo es obra suya.

    Dios Padre produjo esta justicia de la misma manera en que creó al universo: A través del Hijo, como dice San Pedro: “…a los que habéis alcanzado, por la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo, una fe igualmente preciosa que la nuestra” (2 P.1:1). Llama a la justicia en la que descansa nuestra preciosa fe: “La justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo”.

    Fue “en los días de su carne” (Heb.5:7) que el Hijo de Dios nos obtuvo esta justicia. Antes de venir a este mundo no fue miembro ni súbdito del reino de Dios; fue su cabeza. Gobernaba “en forma de Dios”, o sea, como Creador y Sustentador del mundo; pero luego se humilló y tomó “forma de siervo” (Fil.2:5-8). Su perfecta santidad anterior no pudo llamarse “obediencia” antes de llegar a este mundo. En vez de decir que Él se ajustaba a la Ley, hubo que decir que la Ley se ajustaba a Él. Su santidad divina se manifestó en la institución de la Ley, no en la obediencia a la misma. Pero al asumir “forma de siervo”, se sometió a la Ley que había instituido para nosotros, realizando un ejercicio nuevo y extraño para Él. Aun siendo Dios, el Hijo aprendió obediencia (Heb.5:8).

    Su justicia es la obediencia de la persona más gloriosa que pudo someterse a la Ley, la del propio excelso Señor, “el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos” (Ro.9:5). Es la justicia de “Emanuel, Dios con nosotros” (Mt.1:23).

    Y esta justicia del Hijo de Dios hecho hombre… la obediencia que Él prestó habiendo asumido nuestra naturaleza humana, glorificó más y satisfizo mejor a la Ley de lo que podría haberlo hecho la obediencia de todos los seres creados juntos. Él honró a la Ley con una reparación superior a las ofensas y transgresiones de todo el mundo. Cuando otras personas obedecen a la Ley, conquistan con esa obediencia gloria para sí mismos. Pero cuando Cristo, el Hijo de Dios, cumplió la Ley, glorificó con eso a la Ley.

    La obediencia de Cristo es tan importante también, porque esa era la voluntad y ordenanza del eterno Padre, que había elegido y ungido al Hijo para ese ministerio. El Salvador había sido enviado por el Señor. En la profecía de Zac.2:9ss., podemos leer: “Sabréis que Jehová de los ejércitos me envió. Canta y alégrate, hija de Sión; porque he aquí que vengo, y moraré en medio de ti, ha dicho Jehová; y entonces conoceréis, que Jehová de los ejércitos me ha enviado a ti”.

    Pero aparte de todos los pasajes del Antiguo Testamento en que el Padre habla de la misión de su Hijo, -de entronizarlo en el monte Sión (Sal.2:6), y cosas parecidas-, Jesús siempre empleó expresiones como: “El Padre que me envió”, “la voluntad del que me envió”, “por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo… este Mandamiento recibí de mi Padre”. (Jn.6;38,39; 10:17-18). Jesús afirma que lo hizo todo en obediencia a la voluntad de su Padre.

    Tengamos siempre presente que la mayor y más maravillosa obra de Dios que podemos conocer, es que su Hijo se hizo hombre, con el único propósito de cumplir, con su obediencia y sufrimiento, todas las demandas de la Ley por nosotros, para que los pecadores pudiésemos ser salvos y la Ley conservara su plena vigencia. Cuando entendemos esto, jamás podremos tener un concepto demasiado elevado del valor de la obediencia de Cristo.

    Publicado por editorial El Sembrador