11 de septiembre 2026

    11.Ésta (la Simiente) te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.Gn.3:15

    Estas palabras contienen la primera semilla no sólo del consuelo y de la salvación de los primeros seres humanos, sino también del evangelio de Dios y del Reino de Gracia que Dios estableció en la tierra.

    El Señor comienza su sentencia de castigo a Satanás con las palabras: “Por cuanto esto hiciste…” (por cuanto sedujiste a la mujer y la hiciste pecar y la cargaste de maldición) y termina diciendo: “Ésta (la Simiente) te herirá en (te destrozará) la cabeza”. Vemos aquí que por causa de nuestra caída se encendió el celo y la ira de Dios. La caída debía ser vengada en forma tan contundente, que el Señor le anuncia a la serpiente: “Por cuanto has hecho esto, tu cabeza será machacada y destrozada”.

    El propio Señor Dios asumió nuestra causa. Él aboga por nosotros contra Satanás. Va a vengarse contra él y salvarnos a nosotros. Y lo anuncia con un corazón tan enardecido, que emplea las palabras de amenaza más fuertes que podemos imaginar. Porque: ¿qué le podría parecer más terrible y mortal a la serpiente que la sentencia de que se le machacará y destrozará su cabeza? Sin duda fue un anuncio horrendo para la malvada serpiente. Y en esto vemos nuevamente el ardiente celo de Dios por su hijo perdido, el hombre.

    Es el mismo ardor que sintió Jesucristo cuando habló de los que causan ofensa (esto es, seducen, hacen caer) a los niños que creen en Él (Mt.18:6). De la boca del bondadoso Señor Jesucristo nunca oímos palabras más duras que cuando dice que al cuello de esos corruptores se les debía colgar una piedra de molino y que se los debía arrojar a lo profundo del mar. Tales declaraciones nos demuestran el amor por las almas con el que arde el corazón de Dios. Por lo menos debiéramos darnos cuenta que nuestro destino no le es indiferente a Dios, como nuestro corazón perverso e impío nos lo quisiera hacer creer.

    Tenemos precisas aseveraciones de su celo de amor. Y tenemos aún más pruebas de ello en sus hechos y en sus actos, o sea en todo lo que hizo por nuestra salvación. Pero nuestros corazones son tales, que generalmente no creemos ni pensamos en esas grandes pruebas. Normalmente nos resulta más fácil creer lo que nosotros mismos imaginamos, que lo que el Señor nos dice. Pero, escuchemos atentamente lo que el Señor le dice a la serpiente, e imaginémonos sus pensamientos más íntimos hacia nosotros, en base a sus palabras: “Por cuanto esto hiciste, maldita serás entre todas las bestias y entre todos los animales del campo… ¡Y la Simiente de la mujer te destrozará la cabeza!”

    Lo segundo que notamos aquí es que el Señor convierte nuestro caso en un litigio entre Cristo y el diablo. Anuncia que la “Simiente de la mujer” le herirá (pisará) a la serpiente en la cabeza, y ésta herirá al Descendiente de Eva (a Jesucristo) en el calcañar. El término hebreo por “herir” significa infligir con saña toda clase de males. Una interpretación más exacta depende en parte de la persona que causa la herida y en parte del miembro u órgano que sufre la herida. Algunas versiones de la Biblia traducen “pisar, triturar” para el primer caso, y “atormentar” para el segundo. Aquí tenemos una notable información de la forma, en que también Cristo habría de ser “herido” en esa lucha; de cómo también la serpiente emplearía violencia contra Cristo y lo “heriría”, aunque fuese sólo en el calcañar, en la parte más baja, en su naturaleza humana, herida a muerte en la crucifixión.

    Por otra parte Cristo, en cuanto a su naturaleza superior, recuperaría la vida y obtendría la victoria. El cuadro expresa que habría una lucha terrible entre la Simiente de la mujer y la serpiente.

    Esa es la forma en la que habla el Señor. No dice ni una sola palabra acerca de nosotros, de algo que nos tocaría hacer a nosotros en el gran problema de nuestra salvación, del pecado, de la muerte y del poder del diablo. El Señor quitó completamente esa carga de nosotros, y la sometió a la responsabilidad exclusiva de Cristo. De otra forma estaríamos eternamente perdidos. Porque remediar la caída y librarnos del pecado, de la muerte y del diablo es una obra que excede en mucho a nuestras fuerzas. Por eso el propio Señor se hizo cargo del caso. ¡Alabado sea su Nombre! “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito…” (Jn.3:16). “ Pues como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos” (Ro.5:19). Lo mismo dice Dios por boca del profeta Isaías: “De balde fuisteis vendidos; por tanto, sin dinero seréis rescatados” (Is.52:3). Y a través del apóstol Pablo: “Porque al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado” (2 Co.5:21).

    ¿Y qué resultado tiene esto para nosotros? Pues, que nosotros ya no tenemos que hacer nada más para librarnos de nuestros pecados; y lo obtenemos todo regalado, gratuitamente, por pura gracia, por la inmerecida bondad de Dios. Tan solo es necesario que deseemos recibirlo; que tan solo queramos estar en esa maravillosa boda a la que Él nos invita, y le dejemos que nos haga el bien que desea hacernos. Entonces no seremos nada menos que “la justicia de Dios en Él” (en Jesucristo) (2 Co.5:21b).

    ¡Ah, Señor Dios, fortalece nuestra fe! Aquí se verifican nuevamente las palabras de Moisés (Éx.14:13-14): “¡No temáis! ¡Estad firmes, y ved la salvación que Jehová hará hoy con vosotros! … Jehová peleará por vosotros, y vosotros estaréis tranquilos”. Sí, Señor: ¡Fortalece nuestra Fe!

    Publicado por editorial El Sembrador