11 de octubre 2026

    11.¡Estad siempre gozosos!1 Ts.5:16

    Regocijarse en el Señor, es un fruto de la fe y del Espíritu. Nadie puede hacerlo mientras no le sea dado. Este regocijo no puede producirse mediante una amonestación. Es cierto. Pero, así como el amor, la humildad y la bondad también son frutos del Espíritu, y los apóstoles sin embargo nos amonestan a practicarlos, también nos amonestan a ejercitarnos en este fruto del Espíritu: En regocijarnos en el Señor. Pablo nos dice: “Estad siempre gozosos”, “… porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros…” “¡Regocijaos en el Señor siempre!” (Fil.4:4). Por eso siempre hemos de procurar esa gracia, empleando todos los medios que promueven ese gozo. Si perdemos el gozo de la fe, perdemos también todos los demás dones y poderes.

    Alguno dirá: “El gozo depende de las circunstancias. Cuando tengo motivos para alegrarme, me regocijo. Pero ¿cómo puedo regocijarme cuando me afligen el dolor y la adversidad?” Esto es válido únicamente cuando se refiere al gozo humano y carnal. El apóstol, en cambio, dice: “Como entristecidos, mas siempre gozosos” y: “Sobreabundo de gozo en todas nuestras tribulaciones” (2 Co.6:10; 7:4b). Y a los filipenses les dice: “¡Regocijaos en el Señor siempre!” (Fil.4:4). Quien aún es un incrédulo, ciertamente no puede “regocijarse en el Señor”. Su gozo efectivamente, depende de las circunstancias temporales. Pero el creyente tiene una paz diferente, tan poderosa que puede regocijarse aún en la tribulación.

    Sin embargo, es normal que las circunstancias externas ejerzan cierta influencia también en los corazones de los cristianos. En tanto viven en este cuerpo, sienten su influencia. Así, el salmista Asaf confiesa de sí mismo: “Se llenó de amargura mi alma, y en mi corazón sentía punzadas. Tan torpe era yo, que no entendía; era como una bestia delante de Ti” (Sal.73:21-22).

    Pero ¡escuchemos qué profunda fuente de gozo seguía teniendo! Pues agrega: “Con todo, yo siempre estuve contigo; me tomaste de la mano derecha. Me has guiado según tu consejo, y después me recibirás en gloria. ¿A quién tengo yo en los cielos sino a Ti? Y fuera de Ti nada deseo en la tierra. Mi carne y mi corazón desfallecen; mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre” (v. 23-26).

    Esto es válido para un corazón creyente. En cambio un incrédulo, es totalmente incapaz de regocijarse en el Señor. Está lleno de ídolos, o es totalmente materialista y no tiene ningún interés en conocer al verdadero Dios. Está oprimido y subyugado por la Ley, y siente terror de Dios. Animar a tal persona a regocijarse en el Señor sería como tratar de prenderle fuego al agua. El incrédulo no ve ningún motivo para regocijarse en el Señor. Un “hijo de este mundo” (un incrédulo o impío) vive bajo la ira de Dios y se encamina a la perdición eterna.

    Ningún apóstol amonesta a estos infelices a regocijarse. No, para ellos son las palabras: “¡Llorad y aullad por las miserias que os vendrán!” (Stg.5:1). Pero aquí el apóstol les habla a los hijos de la gracia, quienes fueron regenerados y están en paz con el Todopoderoso. Estos ciertamente tienen motivo: ¡Un gran motivo para estar contentos y regocijarse siempre, aun si sufren graves accidentes y contratiempos terrenales! No obstante, siempre siguen siendo afortunados. Sí, aunque no siempre estén sonrientes, siempre son afortunados. Y por esta razón deben regocijarse siempre, sin lugar a dudas. Sin embargo, ningún cristiano domina plenamente este arte de regocijarse.

    Las impresiones se desvanecen y cambian como el clima. No obstante, el creyente tiene razones para regocijarse todo el tiempo porque en comunión con Cristo es afortunado. Dice la Escritura: “He aquí, tenemos por bienaventurados a los que sufren” (Stg.5:11).

    Y en segundo lugar, existe un gozo más profundo que el del sentimiento natural y el de las impresiones. Es el gozo del conocimiento y el de la fe, que dice: “A pesar de todo estoy contento. Aunque ahora no siento ningún gozo especial, no obstante estoy feliz por tener al Señor como mi mejor Amigo; y por tener un Tesoro mucho más valioso que cualquier otra cosa”. Los cristianos hemos de sentir ese gozo. El apóstol nos alienta a ello cuando nos exhorta “¡Regocijaos siempre!” Y nos declara la razón para ello cuando agrega: “¡…en el Señor!” Notemos bien: “En el Señor”; no en el oro o en la plata, no en lujos, o diversiones, no en fuerza y salud, no en el arte y la ciencia, no en poder y gloria temporales, no en amistades y favores humanos, ni siquiera en buenas obras y méritos… porque tales cosas sólo dan un gozo pasajero y engañoso.

    Si eres un verdadero hijo de Dios bajo la corrección del Espíritu Santo, no podrás regocijarte mucho tiempo en tales cosas. En parte, porque es un gozo peligroso que separa tu corazón del Señor. Y solo Él quiere ser el gozo, el tesoro y el contentamiento de sus hijos. Y en parte, porque todas esas cosas sólo confieren un gozo imperfecto y limitado, que acabará pronto. Por eso, si queremos regocijarnos “siempre”, nuestro gozo debe ser “en el Señor”. Todo otro gozo -inclusive el gozo por los dones del Espíritu, por nuestra santificación y buenas obras- es un gozo peligroso. A este respecto tenemos una lección digna a ser tenida en cuenta en el evangelio de San Lucas, en la breve advertencia que el bondadoso y atento Señor les hizo a sus discípulos, cuando le contaron entusiasmados que en su Nombre hasta habían echado fuera demonios. Entonces Jesús les dijo: “No os regocijéis de que los espíritus se os sujetan, sino regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos” (Lc.10:20).

    Así el Espíritu del Señor nos advierte también a nosotros por boca del profeta: “No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: En entenderme y conocerme, que Yo soy Jehová” (Jer.9:2324). El Señor es sumamente celoso. No tolera que su esposa sienta verdadero gozo en otra cosa, y tenga como tesoro de su alma otra cosa, que no sea Él mismo.

    Publicado por editorial El Sembrador