11 de noviembre 2026

    11.Pero teniendo el mismo espíritu de fe, conforme a lo que está escrito: Creí, por lo cual hablé, nosotros también creemos, por lo cual también hablamos.2 Co.4:13

    Quizás alguien diga: “Hay muchas personas piadosas que nunca hablan de sus creencias, pero demuestran su fe con buenas obras”.

    Mi respuesta es: ¿Dónde está escrito eso? En qué lugar de la Biblia dice que pueden llamarse cristianos los que no quieren hablar de Cristo? –”Pero, si son personas muy buenas y rectas-”. Puede que lo sean, ¿pero dónde dice que pueden llamarse cristianos? Una vida decente, pacífica y solidaria puede surgir de muchas fuentes diferentes, sin ser frutos de la fe. Y por otro lado: ¿Dónde está escrito que los que tienen a Cristo pueden quedarse callados, guardando silencio sobre el gran tesoro que han encontrado en Él?

    A la luz de las Escrituras, puedo comprender que los que son espiritualmente inmaduros y débiles puedan quedarse como mudos, aunque sólo en determinados momentos. ¡Pero Dios no quiere que permanezcan así para siempre!

    Durante cierto tiempo, José de Arimatea pudo ser un discípulo de Jesús “secretamente, por miedo a los judíos” (Jn.19:38). También Nicodemo, en una ocasión fue a ver a Jesús a escondidas, protegido por el velo de la noche. Pero más adelante, vemos a ambos discípulos confesando abiertamente al Señor.

    Una cosa es, si en algunas ocasiones, por miedo a los demás, por debilidad o por inercia de nuestra carne, guardamos silencio respecto a la fe. Esto puede sucederle incluso a los más fieles. Siempre se nos perdonan estas faltas, si buscamos perdón y nuevas fuerzas junto al trono de la gracia. Pero, es algo muy diferente si nuestra “fe” o espiritualidad es tal, que nunca hemos sentido en nuestro corazón el deseo ni la necesidad de hablarle a otros de Cristo.

    La Palabra de Dios está por encima de nuestras opiniones e ideas. Y ella nos enseña claramente que es natural que hablemos de aquello que llena nuestro corazón; que la verdadera fe trae al corazón tesoros de inmenso valor, y produce santo celo por el Señor, e interés por la salvación de los demás.

    Todo esto se manifiesta necesariamente en nuestra manera de hablar. La Palabra de Dios nos dice que los creyentes siempre han dado testimonio del Señor, no sólo con hechos, sino también con palabras. Jesús dijo: “De la abundancia del corazón habla la boca” (Mt.12:34). No solamente cuando se nos demanda una respuesta, sino también de manera espontánea, de lo que abunda en nuestro corazón.

    ¿En qué estado te encuentras tú? ¿No has sentido nunca una gran alegría al hablar de tu vida espiritual? ¿No tienes santo celo por el amor y la gloria del Señor? ¿No te has sentido profundamente interesado por la salvación de los demás? ¿Nunca te sientes impulsado a testimoniar sobre Jesucristo para su gloria y para la salvación de otros?

    Si es así, entonces puedes estar seguro de que aun no tienes la verdadera fe. No, aunque todos piensen que eres un cristiano, vives una falsa espiritualidad, inventada por ti mismo. Y si piensas cambiar tu estado asumiendo el compromiso de hablar de Jesucristo a los demás, para tener así señales visibles de la verdadera fe, fracasarás.

    La Escritura habla del testimonio cristiano como el resultado de un proceso interior, obrado de adentro hacia fuera, por efecto de la fe. No habla de un testimonio que provenga de nuestra decisión y esfuerzo personal.

    Lo que tienes que hacer es ocuparte de tu alma con toda seriedad, acudiendo al Señor tal como eres para rogarle que te conceda el don de la fe. No debes darte por satisfecho antes de recibir la verdadera fe, la que produce los efectos que podemos ver a lo largo de toda la Escritura.

    Pero si te deleitas en hablar de Jesucristo a los demás, interesándote por su salvación y por la gloria de tu Señor, aunque diariamente seas humillado por tus propias faltas y debilidades en cuanto al testimonio de tu fe, entonces, a pesar de todas tus falencias, el Señor te ha dado el don de la verdadera fe, de la cual habla nuestro texto y toda la Escritura.

    La carne y la sangre nunca sienten alegría en hablar de Jesús. Nunca tienen celo por el amor y la gloria del Señor, ni se interesan por la salvación de los demás. Si has recibido el don de la fe, y deseas seguir los impulsos del Espíritu y testificar de Cristo a otros, -pero la oposición de la carne, la enemistad de los incrédulos, etc. frenan tu testimonio-. Entonces acércate a Jesucristo. El conoce todo y escucha tu oración, y el no permitirá que tu carne te seduzca a desobedecer al Espíritu. La obra de Dios en ti no puede ser asfixiada y morir, si el Espíritu de Dios te guía.

    La obra de Dios en nosotros es reconocida por sus frutos, incluyendo los “frutos de labios que confiesan su nombre” (He.13:15).

    Publicado por editorial El Sembrador