11 de mayo 2026

    11.¿Qué más me falta?Mt.19:20

    Hay personas religiosas que jamás fueron convertidas, que todavía no llegaron a ser cristianos. Algunos despertaron y fueron iluminados en cierto modo. Es decir, dejaron de vivir como la mayoría, es decir, para los placeres y el dinero, y comenzaron a practicar seriamente su religión. Eso, sin embargo, no significa necesariamente que sean cristianos. Pues, pueden ser personas que todavía no fueron libradas ni bendecidas por Cristo.

    Otros saben y confiesan que Cristo es nuestra justicia, sabiduría, santificación y redención, y que los que pretenden ser realmente cristianos deben creer y confesar eso. Pero a pesar de ese conocimiento y confesión, su principal consuelo borrar es otra cosa: La sinceridad de su arrepentimiento, su remordimiento, oración o penitencia. No se consuelan sólo con la salvación de Cristo porque su fe es defectuosa. En efecto, Cristo, en realidad no les importa.

    Ahí se introdujo la venenosa serpiente de la autosuficiencia, una fe falsa que no deposita toda su confianza únicamente en Cristo, ni obtiene su consuelo sólo de Él.

    En 1 Reyes 19:11-13 leemos una hermosa ilustración de estas verdades: “Y he aquí Jehová que pasaba, y un grande y poderoso viento que rompía los montes y quebraba las peñas delante de Jehová; pero Jehová no estaba en el viento. Y tras el viento un terremoto; pero Jehová no estaba en el terremoto. Y tras el terremoto un fuego; pero Jehová no estaba en el fuego. Y tras el fuego un silbo apacible y delicado. Y cuando lo oyó Elías, cubrió su rostro con su manto, y salió, y se puso a la puerta de la cueva”.

    En este majestuoso cuadro, vemos no sólo una ilustración de la forma en que Dios se estaba dirigiendo al profeta, sino también de la forma en que Dios procedía con su pueblo, con su Reino de Gracia en el mundo. Veamos: La tormenta, el terremoto y el fuego pintan un fiel cuadro de la Ley, del período de su vigencia y de sus efectos. Por otra parte, ese silbo suave y delicado es un hermoso cuadro del Evangelio y de su período de vigencia.

    Este cuadro es fiel porque ilustra los diferentes períodos y regímenes de gobierno en el Antiguo y en el Nuevo Testamento. Y es fiel también en sus detalles, en lo que se refiere al hombre interior de todos nosotros. Pues ahí también hay un período antiguo, con leyes, obligaciones, sacrificios y espera, antes de la venida y la piadosa revelación de nuestro Señor Jesucristo. Un período más prolongado en algunos, más breve en otros.

    En muchas almas se produce una especie de tormenta de borrar, propósitos, promesas y acciones espirituales. Incluso, las personas comienzan a enfurecerse contra otros en Nombre del Señor. Comienzan a “romper los montes, y a quebrar las peñas”. Dejan ver muchas buenas intenciones, pero hay poco sentido y valor, poca experiencia personal en todo ello. Ni siquiera están realmente convertidas, porque todavía hallan mucho consuelo en sí mismas, y además tienen grandes expectativas de alcanzar éxito basadas en su propio arrepentimiento. Es todo solamente viento, un viento fuerte e impetuoso. “Pero Jehová no estaba en el viento”.

    Más aún: Esas personas progresan. Despiertan realmente. En su interior se produce un terremoto. Sus corazones se estremecen. Comprenden que con toda la tormenta de sus esfuerzos, todavía no son ni hacen lo que la Palabra demanda. Y quedan aterradas. Se proponen seriamente hacer y llegar a ser todo lo que deben ser. Pero no logran nada. No hay fuerza. Sólo hay destrucción como de un terremoto. ¡Porque “Jehová tampoco estaba en el terremoto!” Por el contrario, se sienten cada vez peor. Porque, “venido el Mandamiento, revivió el pecado… y produjo toda clase de codicia” (Ro.7:89). El pecado cobra aún más fuerza que antes. Esto provoca un incendio en el alma, un fuego de agonía, un consumidor fuego de esfuerzos y penitencias. Pero todo es igualmente inútil. ¡Porque “Jehová tampoco estaba en el fuego!”. Ahora su ánimo se derrumba.

    Todos sus esfuerzos no sirvieron de nada. Todas las expectativas los desilusionaron. Todo parece perdido. Hasta que comienza a consumirse la sustancia que ardía – es decir, el auto suficiente “yo”- el “¡yo debo! ¡yo tengo que! ¡Yo voy a..!”. “Y yo morí” -dice San Pablo- (Ro.7:9b).

    Y entonces, ¡qué bien le viene al desesperado corazón esa voz suave y dulce… la tranquilizante, apaciguadora y salvadora voz del Evangelio! ¡Qué agradable suena entonces al oído de la pobre criatura humana, perdida y desesperada, ese glorioso mensaje de la bondad inmerecida y restauradora de Dios! Ahora que desapareció todo otro consuelo es el momento oportuno para que se instale en el corazón ¡el único consuelo verdadero! Ahora son apaciguadas todas las acusaciones y angustias. Ahora hay nueva vida, regocijo, paz, amor, sinceridad, comunión con el Señor, miradas felices, palabras amables, nuevas fuerzas espirituales…. ¡Ahora está el Señor ahí! Entonces uno oculta su rostro en un sublime sentido de vergüenza ante una ayuda tan inesperada, ante una bondad tan inmerecida, diciendo: “¡Jamás esperé esto! ¡No imaginé que sería así, que obtendría tanta gracia, cuando menos la merecía!” Uno se queda como mudo, con un profundo sentido de indignidad ante tanto amor inmerecido, como bien dice el profeta Ezequiel: “Que te acuerdes y te avergüences, y nunca más abras la boca, a causa de tu vergüenza, cuando yo perdone todo lo que hiciste, dice Jehová el Señor” (Ez.16:63).

    Cuando Elías, al oír la dulce y delicada voz percibió la presencia del Señor, “cubrió su rostro con su manto, y salió, y se puso a la puerta de la cueva”, como queriendo expresar su sumisión a la voluntad de Dios: “¡Habla, Señor, que tu siervo escucha! (1 S.3:9). Recién entonces alguien llega a ser un cristiano competente para ejercer el ministerio del Nuevo Testamento, “no de la letra, sino del Espíritu” (2 Co.3:6). Entonces también se suelta la lengua del mudo para alabar y profesar debidamente a Cristo, como dijo David: “Creí, por tanto hablé” (Sal.116:10).

    Publicado por editorial El Sembrador