11 de marzo 2026

    11.Jesús le dijo: ¡Sígueme!Jn.21:19

    Aquí el poderoso Señor, Cristo resucitado, le pide algo a Pedro, el discípulo que lo había negado: Quiere que sea un pastor como lo era Él mismo, y para ello espera que Pedro le sirva y le siga. La misma gracia se la imparte a todos sus amigos, si bien de distintas maneras para tareas diferentes en el reino de Dios. A todos se nos pide que seamos seguidores y servidores de Cristo; que seamos y hagamos por otros lo mismo que es y hace Cristo por nosotros.

    A todos los que le aman les dice: “¡Sígueme!” También San Pablo nos invita: “Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados, y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante” (Ef.5:1,2). Cristo nos dice: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Jn.10:10). Es como si dijera: “Lo que tengo Yo, lo tendrán también ustedes. Si les falta algo, lo mismo me faltará también a Mí. Ahí tienen mi justicia, vida y bienaventuranza eterna, para que ningún pecado los condene y ningún mal más los derribe, y estén bien protegidos por toda la eternidad. En tanto que Yo sea justo y viva, también ustedes serán justos y vivirán por causa de Mí”.

    Luego quiere que también nosotros le hablemos a nuestro prójimo de la misma manera: “Mira, querido hermano, yo recibí a mi Señor y Salvador, y con Él, toda la gracia de Dios. Permíteme ahora servirte a ti, como Él me sirvió a mí. Quiero compartir lo que es mío contigo, como Cristo comparte lo suyo conmigo. No quiero ser egoísta, sino ponerme a tu servicio y al de los demás, por amor a mi querido Señor, que tanto hizo y sigue haciendo diariamente por mí”. Esa actitud es la señal de un auténtico seguidor de Cristo, que “ya no vive para sí, sino para Aquel que murió y resucitó por él” (2 Co.5:15). Servir así es la característica de toda nuestra vida como cristianos.

    Pero ¡ay! Miren lo que ocurre en realidad: No todo está bien. Para muchos la consagración total no es más que una teoría imaginaria, siendo que tendría que ser puesta en práctica diariamente. Y cuando vemos la montaña de obstáculos que pueden interponerse para impedirla, pensamos que ni vale la pena decir una sola palabra sobre este tema.

    Parecería que no hay nadie que realmente crea que Cristo nos ama y sirve como dijimos arriba; y que esté interesado y se complacería con nuestro miserable ser. Son pocos los que se interesan y toman a pecho estas cosas. ¿Quién cree realmente que Cristo tiene un placer tan grande en nuestras pobres acciones?

    Algunas pobres almas, ilusionadas con una falsa fe, piensan que las acciones mismas son tan valiosas ante Dios, que Él recompensará a sus autores. Es natural pensar así, pero es un horrible error, que tiene el apoyo del mismo diablo. Los que piensan así necesitan la revelación divina, para conocer la gran perversidad y falta de mérito de nuestras propias “bue nas” acciones; los tales deben recibir ojos para ver que ninguna “buena” acción nuestra es intachable, perfectamente pura y agradable a Dios en sí misma; que incluso por nuestras mejores acciones necesitamos pedir perdón, por uno y otro motivo, pues son imperfectas. Deben saber que nuestras buenas acciones agradan a Dios, no por el valor que puedan tener en sí mismas, sino sólo porque Dios se complace en nosotros por amor de Cristo; y porque agradándolo así, también nuestras pequeñas acciones de amor son aceptadas con agrado por Él; y en segundo lugar, nuestras buenas acciones le agradan porque nos ordenó hacerlas; le agradó proponernos que hagamos algo por Él, de modo que la acción tiene valor por causa del que la ordenó.

    Cuando alguien trata de servir a Dios para justificarse a sí mismo por medio de sus buenas acciones, el tal no puede creer que eso le agrade a Cristo.

    Mas, la sana doctrina de las buenas obras nos enseña a desechar la posibilidad de hacer algo meritorio. ¡Ah, qué triste y deprimente la incredulidad y oscuridad de un corazón enceguecido! Es realmente esa triste incredulidad, ese paganismo en el alma del falso cristiano, lo que le impide hacer el bien con deleite y diligencia.

    Pero si tan solo creyese, que Cristo realmente desea que le sirva, correría a hacerlo con todo placer, aun si para ello tuviesen que ir lejos.

    Si Cristo en persona y de forma visible llegase a las casas de esa gente y les pidiese ropa o comida, sin duda no le negarían ningún sacrificio para satisfacerlo; le darían lo mejor que tienen. Pero cuando Jesús en cambio envía a un pobre, necesitado de alimento, ropa o dinero, se vuelven muy cautelosos. Si pudiésemos imaginarnos a Jesús, parado allí, al lado de ese pobre, observándonos y diciéndonos: “En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a Mí lo hicisteis” (Mt.25:40), ¡qué placer tendríamos en prestar la ayuda necesaria! Pero si no creemos verdaderamente, tampoco sentiremos placer ni deseos para hacer el bien.

    Publicado por editorial El Sembrador