11.Como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, asimismo el que me come, él también vivirá por mí.Jn.6:57
Lo esencial de la nueva vida espiritual y la razón por la que nos llamamos “cristianos”, es que Cristo ahora es nuestra vida. Él es la necesidad vital de nuestros corazones. Jesucristo crucificado, el que quita nuestros pecados, nuestro Salvador, el mejor Amigo que podemos tener. Su sacrificio en la cruz, es nuestro bien supremo. Que Él nos resulte imprescindible, que la suya sea para nosotros la más dulce compañía, demuestra que efectivamente somos cristianos, que hemos gustado el Pan de vida y estamos apeteciéndolo más; que hemos bebido del Agua de vida, y tenemos más sed de ella. Lo que distingue la nueva vida de los cristianos, el mayor privilegio de la misma, es que hemos conocido al Salvador Jesucristo, y estamos unidos a Él por medio de la fe. Cristo llegó a ser el centro de nuestra vida, el alfa y la omega, el primero y el último. En la nueva vida del creyente, Cristo es el sol que con su luz lo ilumina todo. Todo se mueve alrededor de Él. Encontrar a Cristo es nuestro gozo, perderlo es la mayor pena que podemos imaginar. En suma: Cristo es nuestra vida. Al cristiano se lo reconoce por esta confesión.
Notemos especialmente dos cosas. Primero, que hay una nueva característica en nosotros: Ahora estamos ansiosos por la comunión con Dios. Antes de nuestra regeneración, Dios no nos interesaba, ni tampoco su gracia; sólo teníamos necesidades e intereses materiales, preguntándonos cosas como “¿Qué comeremos, o qué beberemos?” (Mt.6:31). Pero ahora nuestro principal interés continuamente es vivir como hijos de Dios, disfrutando de su paz. La comunión con Dios es el aliento del nuevo hombre y el latido de su corazón.
Pero entendámoslo bien: Esto se debe a una nueva naturaleza, no sólo a una preocupación ocasional y pasajera. Es nuestra manera normal de vivir.
Disfrutar del favor de Dios es nuestro mayor deseo, lo primero y lo último que buscamos en la vida. Puede haber grandes variaciones en nuestro estado de ánimo: sentimientos de paz y de poder, o todo lo contrario. Hasta el deseo del favor de Dios puede desaparecer momentáneamente, por diversos motivos que accidentalmente desvían nuestra atención. Pero los creyentes nos despertamos en seguida y buscamos el Reino de Dios con más ganas que antes. Es muy característico del nuevo hombre que conserve esa ansiedad o “hambre” de Dios y que la falta de la misma lo afecte profundamente. Lo que mantiene viva y fuerte la fe no es nuestra “carne ni sangre”, sino una fuerza totalmente contraria a nuestra naturaleza. En segundo lugar, nada ni nadie puede satisfacer nuestra ansiedad por el favor de Dios, sino sólo Jesucristo con su sangre expiatoria y su Evangelio. Él es nuestro refugio, nuestra vida, nuestro alimento y contentamiento. Jesús insistió más que nada en esto, diciendo por ejemplo: “el que a mí viene”, “el que cree en mí”, “El que come mi carne y bebe mi sangre”, (Jn.6:35,47,54,etc.); “el que guarda mi palabra (Jn.8:51), “el que cree en mí” (Jn.11:25). En el evangelio hay expresiones fuertes, destacando este punto principal, como cuando Jesús dice: “El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en él” (Jn.6:56).
O: “Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan vivirá para siempre” (v. 51). Y: “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna… porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida” (v. 54-55). Palabras como éstas demuestran claramente que Jesús es la necesidad vital de los cristianos, la condición de su vida, su todo en todos.
Uno puede ser religioso y tomarse a pecho los asuntos de la iglesia. Pero eso no prueba necesariamente que uno sea cristiano. Recordemos la forma en que habla Cristo: “El que me come…” (Jn.6:57); sólo es cristiana la persona que permanece en Cristo, y Cristo en ella; solamente aquella cuya necesidad vital es Cristo, su gracia y su redención, “vivirá por medio de él”. Tampoco es garantía de verdadero cristianismo que adoremos a Cristo sólo como maestro o un ejemplo.
Esto puede hacerlo también cualquier “fariseo cristiano”. La cuestión es si la obra redentora y la muerte expiatoria de Cristo llegó a ser nuestra defensa diaria contra el pecado. Sólo eso caracteriza a un cristiano. Ese es el himno que se menciona en el Apocalipsis, la contraseña que distingue a los redimidos, porque nadie podía aprender ese cántico sino ellos. Y el cántico decía: “Tú fuiste inmolado y con tu sangre nos has redimido para Dios” (Ap.5:9).
Lutero se refiere a esto en su explicación de Gá.4:6, donde describe las manifestaciones del Espíritu de Dios en nuestros corazones. Dice: “Aunque te agrade oír, hablar, pensar y escribir acerca de Cristo, debes tener muy en claro que no es la voluntad ni la razón humana la que produce los frutos del Espíritu“.
Que Cristo sea esencial para nuestras almas, como lo es el pan para el cuerpo, es un rasgo tan distintivo del nuevo hombre, que al encontrar esa característica en alguien puedo decir: “Es un cristiano”, de la misma manera que digo: “Es un hombre”, cuando veo a un cuerpo humano moviéndose. Y si esa persona comete una falta, u ofende con un mal hábito, diré: “Es un defecto, una flaqueza, pero no por eso deja de ser cristiano”.
Es imposible que alguien encuentre la satisfacción de sus necesidades existenciales y su salvación en Cristo, sin amarlo y sin depender de Él así como el cuerpo depende de la comida. Cristo es esencial en la vida de los cristianos.