11.Creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia.Ro.4:3
La promesa que Abraham creyó, fue el divino Evangelio de Jesucristo. Las palabras del texto, “creyó Abraham al Señor”, se encuentran en Gn.15:6. A primera vista, allí no vemos nada más que la promesa acerca de la numerosa descendencia de Abraham. Pero Abraham sabía perfectamente qué comprendía esa promesa, gracias a una promesa anterior que podemos leer en Gn.12:3.
Allí Dios le había declarado: “Serán benditas en ti todas las familias de la tierra”.
Esa fue, en realidad, la promesa del Salvador del mundo, la promesa que Dios ya había dado a nuestros primeros padres, en el aciago día de la caída en pecado; la promesa de la santa Simiente de la mujer, que habría de herir la cabeza a la serpiente; la promesa de un Redentor que, nacido de mujer, habría de aniquilar el pecado y las obras del diablo; fue la promesa en la que creyó el justo Abel, y en la que creyeron y fueron justificados todos los creyentes desde entonces.
Esta fue la promesa que se le repitió tantas veces a Abraham. Aunque ese preciosísimo diamante no se mencionaba todas las veces en las promesas de Dios a Abraham, sin embargo estaba siempre implícito en las mismas. Esta es la explicación del apóstol Pablo, que encontramos en Gá.3. Y también nuestro Señor Jesucristo declara explícitamente el objeto que Abraham vio y por el que se alegró mediante la fe, cuando dice: “Abraham, vuestro padre, se gozó que había de ver mi día; y lo vio, y se gozó” (Jn.8:56).
El apóstol nunca dijo que la fe de Abraham lo justificó como si se tratase de una buena obra, una virtud meritoria que le fue contada por justicia. Si hubiera dicho eso, habría cortado la médula de la doctrina de la justificación. Su objetivo en este pasaje es precisamente lo contrario: Mostrar que somos justificados gratuitamente, sin mérito alguno de nuestra parte, únicamente por la gracia de Dios y por los méritos de nuestro Señor Jesucristo; o sea, por su obra redentora (Ro.3:24). Más adelante el apóstol declara abiertamente que es sólo “por la obediencia de Uno”, que somos justificados.
“Justicia” es el cumplimiento de la Ley (Mt.5:17). La fe en sí misma no obra esto. Por el contrario. La fe cristiana es renunciar a nuestro propio mérito. Porque el que cree en Cristo se confiesa a sí mismo como culpable, perdido y condenado, por lo que recurre a la “justicia de Dios” (Ro.1:17), esto es, al perfecto cumplimiento de la Ley que Cristo ofreció por nosotros.
Aún más: La fe cristiana tiene que tener una palabra de Dios en que apoyarse. Y lo que obtengo por medio de la fe, depende del contenido de esa palabra. Si no tomamos esto en cuenta, siempre entenderemos mal lo que la Biblia dice acerca de la fe y de la justicia por la fe. Valga un ejemplo: Un hijo perdido vive lejos de su casa, en el extranjero, y allí sufre necesidad. Su padre le hace saber que dispone de una gran herencia, si tan solo vuelve para recibirla y tomar posesión. Primero el hijo duda de la palabra de su padre, y en consecuencia se queda sin la propiedad prometida. Pero al final comienza a creer en la promesa de su padre, y se apresura a regresar a su casa a recibirla y así llega a ser rico y feliz. Luego reconoce: “Durante mucho tiempo pasé miseria por no creer en la palabra de mi padre. Pero cuando la creí, me convertí en una persona rica y feliz . Tan sólo por creerle a mi padre ahora soy muy feliz…”
Alguien que le oye decir eso, y no sabe nada de la promesa, podría pensar que el joven fue recompensado por su fe, por su confianza en la palabra de su padre. Pero quien conoce las circunstancias diría: “¡No, de ninguna manera! Presten atención a la promesa en la que creyó. Fue la generosa promesa del padre la que lo hizo rico. Toda la riqueza del joven se debe a la promesa. Su fe sólo le hizo ir a tomar posesión de la herencia prometida”.
De igual forma podemos entender las palabras: “Creyó (Abraham) a Dios, y le fue contado por justicia”. Que Abraham fuera justificado por la fe se debió al contenido de la promesa en la que creyó. Y el contenido era Cristo.
Si no queremos entender este pasaje (Ro.4:3) de esta manera, tenemos que desechar completamente la gran doctrina de la justificación, la principal doctrina de toda la Escritura. Tenemos que despreciar y burlarnos de todo lo que Dios nos anunció desde el principio del mundo acerca de un Salvador y de una expiación por su sangre; todo lo que Dios anunció por medio de ángeles y profetas, como también por medio de los símbolos del servicio levítico de ofrendas, y sus sacrificios. Tendríamos que tirar afuera el verdadero contenido de toda la Escritura, las enseñanzas acerca de Cristo, de su obediencia, de sus sufrimientos, muerte y resurrección. Todo esto quedaría en nada, si Dios nos justificaría “porque somos tan nobles que le creemos…” o porque nuestra fe en sí misma sería una virtud meritoria…
El hecho de que el apóstol no dio aquí ninguna explicación adicional (como lo hace más adelante), ciertamente no es excusa para introducir una idea contraria a la doctrina principal de toda la Escritura. En la Escritura, Dios en su inmensa majestad, no siempre repite lo que ya dijo una vez, pues espera que recordemos las explicaciones ya dadas, y que las entendamos.