11 de enero 2026

    11.¿Me amas?Jn.21:16

    Quien pregunta es el propio Señor, el que juzgará a las naciones en el último día. Es Aquel al que hablas en oración. ¡Ah, si pudiésemos arrastrarnos sobre nuestras rodillas, si fuese necesario, para oírle a Él mismo lo que Él desea de nosotros. La respuesta, es que antes que nada, desea tu amor. Espera, y guarda tu respuesta, hasta que hayas entendido bien su deseo. Recuerda que su pregunta es: ¿Me amas? Él no te pregunta: ¿Me vas a servir? O: ¿Me vas a obedecer? Ni siquiera: ¿Me vas a confesar? Sino: ¿Me amas? Tampoco pregunta: Amas lo mío, sino me, a Mí. No pregunta: Amas mis poderes, o mis dones, sino me amas, ¿a Mí? Yo, en Mí mismo, soy un bien para tí; soy tu consuelo y eterna bendición. ¿Me amas? Le amas cuando le sirves y obedeces, porque Jesús dice: “El que me ama, mi Palabra guardará… el que no me ama, no guarda mis palabras” (Jn.14:23-24). Y San Juan dice: “Este es el amor a Dios, que guardemos sus Mandamientos” (1 Jn.5:3).

    Pero no te apures en interpretar esto a tu manera. No es necesariamente una prueba de amor a Jesús, el hecho de que alguien aparentemente le sirva y obedezca y realice las obras que nos manda hacer. ¡No! Eso de guardar sus Mandamientos comprende mucho más. Podemos ser excelentes siervos del Señor, poseer un gran conocimiento espiritual, ser ricos en las obras más santas, y desplegar un gran celo a favor de Cristo, y sin embargo no amarle debidamente. Porque en la carta “al ángel de la Iglesia de Éfeso” el Señor dice expresamente que este ángel (Pastor) no sólo poseía el conocimiento cristiano general, sino una comprensión clara y profunda de la verdad: “Has probado a los que dicen ser apóstoles y no lo son, y los has hallado mentirosos” (v.2). Más aún, dice que este Pastor no era uno de esos que solamente poseían conocimiento teórico y palabras bonitas, sino también poder y celo para realizar obras santas. Sí, había trabajado tan fielmente por la causa de Cristo, que había sufrido a consecuencia de ello, y soportó con paciencia los sufrimientos. El Señor declara que este Pastor no sólo era un predicador sabio y diligente, sino que también guardaba buena disciplina en su Iglesia, y resistía a los falsos maestros. Resumiendo todo esto, tenemos aquí la hermosa descripción de un siervo de Cristo poco común. Pero, a pesar de todas sus virtudes, había dejado su primer amor (v.4). Y sólo por causa de eso su estado era tal, que de no arrepentirse, “el Señor vendría pronto, y quitaría su candelero de su lugar”(v.5).

    De este ejemplo podemos deducir que guardar sus Mandamientos significa algo más que realizar algunas obras de acuerdo a sus Mandamientos.

    Por eso, aunque fueses un siervo de Cristo tan excelente como el Pastor de Éfeso, el Señor todavía tendría una pregunta para ti: ¿Me amas? Debemos prestar especial atención a la palabra ME, en la pregunta: “¿Me amas?” El amor de la esposa se diferencia muchísimo del “amor” de una prostituta. Muchas personas sienten cierto amor a Cristo, pero sólo porque Él les concedió bienes materiales y buena salud. Jamás se acercaron a Él como pecadores perdidos, que hallan sólo en Él la salvación de sus almas. Nunca se sintieron cautivados por su amor por los perdidos, ni por lo que Él es en realidad. Lo aman por sus valiosos regalos temporales. Y ese es el “amor” de una ramera. Y no nos referimos aquí sólo a gente vil y codiciosa como Judas Iscariote, que siguió a Jesús por amor al dinero (Jn.12:6). Ni a personas como el mago Simón, que quiso comprar el don del Espíritu Santo con la misma intención corrupta (Hch.8:9-24). No, sino que nos referimos aquí al engaño profundo y sutil de nuestra naturaleza, cuando se idolatra a sí misma; engaño éste, que proviene de las fascinantes palabras de la antigua Serpiente: “Seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal” (Gn.3:5). Porque desde el día de la caída en el pecado, la naturaleza humana se contaminó con deseos sensuales impuros y ambiciones egoístas, como en el caso de Adán.

    Todos, incluso los cristianos, tenemos la fuerte tendencia de caer en esos abominables pecados. Por ejemplo, cuando alguien descubre, como en el caso de Simón el mago, que en el Nombre de Jesús se puede obtener poderes espirituales; que en Jesús “están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento” (Col.2:3), entonces, a fin de obtener esos poderes, se hace discípulo de Cristo, lo “ama” y le sigue, lo adora e invoca. Pero todo el tiempo con su mirada fija en esos dones y poderes, y no en lo que Cristo hizo por él ni en la Persona de Jesús.

    El ser humano puede conocer con su mente la vida y obra de Cristo; y puede alabarlo con sus labios, pero al mismo tiempo, seguir codiciando en su corazón los dones especiales de Él, sin amarlo de verdad. Todo el deseo de su alma está concentrado en esos dones, no en el Salvador crucificado. ¡Ah! Ojalá que por amor al Señor y por la salvación de nuestras almas, nos volvamos tan honestos como para prestar atención al objeto del amor de nuestro corazón, para determinar si lo que procuramos es realmente la gracia del perdón, el fruto de la propiciación, la purificación en la sangre de Cristo. No sirve de nada que seamos cristianos sólo de cabeza o de lengua. ¡Detente a pensar qué o quién ocupa el primer y último lugar en tu corazón!

    Publicado por editorial El Sembrador