11.Él no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros.Ro.8:32
Nuestros corazones tendrían que rebosar de gozo, si tenemos el entendimiento espiritual para comprender lo que se nos dice aquí. Porque aquí tenemos una prueba del incomparable amor y misericordia de Dios. Y la prueba de ese amor, dice el apóstol, consiste en que -por nuestra causa- Dios no ha retenido a su propio Hijo, sino que lo ha entregado por todos nosotros.
Este es el gran tema de las Sagradas Escrituras. Es lo que más necesitamos para nuestra vida y nuestra piedad. Pero también es lo que menos solemos recordar. Ésta verdad esta oscurecida por nuestra incredulidad, razonamientos, sentimientos, pecados y por el diablo. Por eso, miremos más detenidamente este texto, para ver lo que contiene.
En primer lugar, el don en sí. El apóstol dice que Dios nos ha dado a su propio Hijo. Al utilizar la palabra: “Propio” el apóstol aclara que Cristo es el Hijo de Dios según su naturaleza, para distinguirlo de quienes son hijos de Dios por gracia y por adopción. Y porque Dios nos ha dado a su propio Hijo -en ese sentido de la palabra- el don demuestra el inmenso amor de Dios. Si Él nos hubiera dado un ángel, o un ser humano altamente calificado, eso no habría probado que Él también quiere darnos “todas las cosas” (Ro.8:32).
Pero, el don de Dios es mayor que todo lo demás. Por eso, el apóstol saca la certera conclusión: “¿Cómo no nos dará también con él todas las cosas?” ¡Alabado sea Dios! Su Palabra es clara y verdadera. Cristo es el unigénito Hijo de Dios, prometido desde el comienzo del tiempo.
Pero, ¿quién es capaz de creer perfectamente algo tan grande? Si fuésemos realmente capaces de creer que Dios nos ha dado a su propio Hijo unigénito a nosotros, seguramente seríamos dominados por el asombro, el gozo y el amor. ¿O puedes tú creer esto y aun dudar de la gracia, la misericordia y el interés de Dios por nosotros? ¿Puedes creer que Dios nos ha dado a su Hijo unigénito como nuestro hermano y Salvador, como nuestro cordero expiatorio, y al mismo tiempo dudar de la suficiencia de Su gracia y Su amor?
Esta prueba del amor de Dios nos resultará aún mayor si entendemos y reflexionamos sobre lo que las palabras: “No ha escatimado” sino que “lo entregó” significan. Ellas nos hablan del propósito que tuvo la entrega del Hijo. Cuando el apóstol dice que Dios no escatimó a su propio Hijo, en primer lugar está diciendo que se trató de un sacrificio. Fue algo doloroso para Dios entregarnos a su propio Hijo para sufrir y morir. Fue como si Dios le negara su amor a su Hijo unigénito. Y al hacer esto nos ha dado una prueba inequívoca de su misericordia hacia la humanidad.
Cuando Abraham estaba a punto de sacrificar a su único hijo, el Señor Dios le dijo: “Ya conozco que temes a Dios, por cuanto no me rehusaste tu hijo, tu único” (Gn.22:12). El mismo Dios no consideró a su propio amado Hijo unigénito tan valioso como para no darlo en sacrificio por nosotros. Según lo que le dijo a Abraham, esa era la mayor prueba de amor que uno pudiera llegar a dar. Y en el caso de Cristo lo es mucho más, porque fue dado para ser sacrificado, debiendo padecer amargos sufrimientos, agonía y muerte.
De esto dan también testimonio todos los profetas. Y Él mismo, la noche que fue entregado, dijo: “Esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados” (Mt.26:28). Así declara una gran hueste de evangelistas: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él” (2 Co.5:21). “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición” (Gá.3:13). “Por la gracia de Dios” Él debía “gustar la muerte por todos” (He.2:9).
Y así Él salvó a multitudes, que exclamarán en alta voz ante el trono del Cordero: “Tú has sido inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios” (Ap.5:9). Oh, cuando estas cosas son reales y verdaderas para nuestros corazones, entonces somos benditos. Y no tenemos palabras suficientes para alabar dignamente a Dios por su amor, porque Él, para nuestra redención, no ha escatimado a su propio Hijo, sino que lo ha entregado por todos nosotros.
“Por todos nosotros”. Este es el tercer aspecto en nuestro texto, que nos proclama el amor de Dios. Él ha dado a su propio Hijo por todos nosotros.
Aquí se revelan dos cosas importantes sobre el amor de Dios. Lo primero es que todos, sin excluir a nadie, estamos incluidos en la redención de Cristo; con su sangre el ha pagado los pecados de todos y nos ha rescatado de las garras de la muerte y del diablo. Todos pueden y deberían recibir esta gracia, y ser salvos.
Lo segundo es que Cristo vino para todos, incluyendo al peor de los pecadores. La conclusión es que la gracia de Dios es totalmente independiente de nuestros méritos. Por ello, se trata de un amor incondicional. Pensemos frecuente y profundamente en estas cosas.